vida eterna

Hace unos días estuve compartiendo impresiones con una pastora protestante sobre la Semana Santa. En concreto, le pregunté qué opinaba cuando veía las grandes procesiones católicas con enormes esculturas o todas esas representaciones de la pasión de Cristo que se escenifican en estos días y en tantos lugares.

«Nos parece un verdadero esfuerzo para hacer visible y popular lo que representó aquella semana para el Cristo y para toda la cristiandad. Aunque yo, personalmente, pongo el énfasis en la gracia y en la Resurrección», me respondió.

Ciertamente, a veces perdemos de vista que ese camino de dolor culminó en una vida nueva. Para Él, para todos. Al tiempo de la pasión, le llega el tiempo de la Resurrección. En eso creemos, en eso confiamos. Esta es nuestra fe. ¿Lo saben tus jóvenes? ¿Lo sabes tú?

¿Con qué esperanza enfrentamos nuestra vida terrenal? Hace poco descubrimos este videoclip, que merece ser disfrutado por su belleza y por su capacidad para remover nuestro sentido de la trascendencia y nuestra esperanza. Os invito a verlo juntos, en grupo, y compartir impresiones al acabar.

El tiempo pasa fugaz. Se acaban los días, los meses, los años… nuestra vida cambia y, cada cual, a su momento, se da cuenta de que la vida, tal y como la conocemos, se acabará. Y no queremos que se acabe. Lo único que permanece es Dios, acompañando nuestros pasos, incansable.

Para que «nunca» sea «siempre», para que seamos infinitos

Sí, la muerte existe. No conocemos nada más que esta vida nuestra. No somos capaces de imaginar qué es eso que llamamos la vida eterna. Es normal que muchas cosas se escapen a nuestro entendimiento. Solo el ser creador, original y todopoderoso que permanece conoce qué cabe esperar tras la muerte.

¡Qué suerte que Él sea más grande que nuestro entendimiento, más grande que nuestra existencia! Saber de Él y de su huella en la tierra a través de su Hijo, y de tantos testimonios nos ayuda a comprender que el dolor, el miedo y la tristeza serán vencidos.

La canción nos anima a «vivir sin perdernos nada» y describe muchas cosas bellas de nuestra vida poniendo en el centro de todas ellas el amor. Un AMOR en mayúsculas: es motor, quiere ser compartido y quiere ser infinito. Un AMOR que no nos cabe por su inmensidad. Ese AMOR que Dios mismo pone en nuestro corazón será, si tú quieres, un AMOR-SEMILLA que florecerá para que otras cosas empiecen.

A veces, cuesta reconocer al ser humano en este compromiso. En demasiadas ocasiones parece que no pensamos más allá de nuestro aquí y ahora. Falta solidaridad intergeneracional, falta AMOR por lo que conocemos y por aquello que vendrá más allá de nosotros mismos.

¿Las cosas se acaban?

No queremos que se acabe. Claro, es normal. ¿Y quién sí? Pero recuerda el evangelio de Lucas (24, 5-11):

«¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado. Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea, cuando dijo que el Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de hombres pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar». Y recordaron sus palabras. Habiendo vuelto del sepulcro, anunciaron todo esto a los Once y a todos los demás. Eran María la Magdalena, Juana y María, la de Santiago. También las demás, que estaban con ellas, contaban esto mismo a los apóstoles. Ellos lo tomaron por un delirio y no las creyeron.

Esas mujeres, a las que no creyeron, fueron revolucionarias en un momento clave. Nuestra estrechez de miras frecuentemente nos impide ver algo nuevo y diferente, nos impide comprender que hay cosas que escapan a nuestro entendimiento.

¿Por qué no iba a existir una vida que, simplemente, aún no conocemos y aún no hemos experimentado? ¿Es más razonable creer solo en aquello que puede experimentar el ser humano?

Aun viendo el esplendor de la Creación, la precisión de sus mecanismos, lo extraordinario de la vida que contiene, todas las cosas que aún no hemos descubierto de ella y tantas que quedaran por descubrir… ¿seremos tan orgullosos de pensar, pese a todo, que no existe nada más aparte de lo que percibimos ahora y así?

La vida eterna y el Reino que nos aguarda

Ellas, inspiradas y llenas de humildad, entendieron rápidamente que sí era posible, que el Reino nos aguarda tras el dolor y la muerte. Y que nada se acaba.

Se arriesgaron, sabían que su mensaje podía generar controversia. También ponían en peligro su imagen y su cordura. ¿No es increíble lo que hicieron, pese a todo y pese a todos? ¡No dudaron un segundo! Porque lo que vieron y escucharon no dio lugar a dudas.

Me gustaría ser como esas mujeres, clarividentes, que entendieron desde el primer momento que otra vida, fuera de nuestras coordenadas mentales, es posible, una vida eterna que nos lleva irremediablemente al abrazo con Dios, nuestro Creador. Nada se acaba.

Se me ocurren muchas preguntas para hacer en nuestros grupos de oración o de catequesis alrededor de este tema y con esta bella canción como telón de fondo:

  • ¿Qué me hace infinito?
  • ¿Cómo germina mi vida más allá de mi muerte?
  • ¿Qué semillas dejo tras de mí?
  • ¿Cómo puedo ser feliz pese al dolor y la muerte?
  • ¿Somos capaces de imaginar una vida diferente a la que conocemos?
  • ¿Somos capaces de salir de nuestro centro?
  • ¿Cuál es mi esperanza?