Vivir una vida espiritual fervorosa no es un talento o una capacidad innata, requiere de esfuerzo, de decisión libre y de la gracia de Dios. Muchas veces esta vida de fe tiene momentos muy intensos que la marcan, sobre todo al principio, cuando nos damos esos primeros encuentros con Dios. Son tan sensibles estas experiencias que parece que casi pudiéramos «tocar» a Dios.

Un retiro, una jornada intensa de oración, ejercicios espirituales pueden producirnos una serie de sensaciones y sentimientos que nos hacen hasta sentir con mariposas en el estómago. Así, enamorados, hacemos grandes promesas y asumimos compromisos. La emoción nos gana y la alegría de un corazón que ha descubierto de dónde viene es incontenible.

Desafortunadamente ese sentimiento y ese impulso decaen con el tiempo. Viene el camino cuesta arriba o incluso el camino muchas veces parece ya no tan atractivo y rápidamente nos distraemos y perdemos el paso. A veces el rumbo.

La vida espiritual y los sacramentos

Los sacramentos, especialmente la Eucaristía, son alimento insustituible para nuestra alma. Frecuentarlos no solo ayuda a mantenerse en la lucha, sino que nos llena de gracia y fortaleza. Asistir, además, acompañados de nuestros amigos, de nuestros seres queridos es maravilloso.

Tener una comunidad que nos sostenga, nuestros amigos de la parroquia, de nuestros movimientos, con los que nos fuimos de misiones, permite que esa llama siga viva y no se extinga.

¿Pero qué pasa cuando de pronto los sacramentos y nuestros grandes amigos en Cristo «desaparecen»? Puede suceder por un viaje largo, por irse de la ciudad o incluso por situaciones tan impensables como la que empezamos a vivir a causa de la pandemia.

Situación por la que no podemos reunirnos físicamente en muchos lugares ni mucho menos asistir a misa y recibir los sacramentos. En la que nuestras actividades parroquiales están en una pausa que parece no tener fin.

¿Se puede vivir una espiritualidad sin sacramentos y sin comunidad?

Pareciera que vivir la espiritualidad sin sacramentos y sin la compañía de otros se tornara en algo aburrido. Ya no hay nadie a quien ver, con quien alegrarse, divertirnos y también rezar un rato. Irnos de jornadas, de misiones, de campamentos solidarios.

Cuando se está lejos o impedido de juntarse todo parece una rutina y las «ganas» parecen esfumarse. Es difícil rezar, el pesimismo me gana, hay mil cosas «más entretenidas». Me faltan mis amigos, mi grupo de oración. A través de una pantalla jamás será lo mismo.

Esto podría parecer una tragedia. Sin mi misa y mi comunidad no soy nada. ¿Estará en peligro mi vida espiritual?, ¿es esto cierto? Pensemos un poquito mejor y démonos cuenta de lo que esta ausencia nos está poniendo en evidencia.

1. ¿Tu fe era real?

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Qué pregunta fuerte. No te asustes, seguro que tu fe era real, seguro la intención también. Las jornadas, los retiros, las promesas y conversaciones con Dios. Todo eso era real, fue real, es real. Dios está conmigo, contigo más allá de la tibieza de corazón, de las ganas de no rezar y más allá de los sentimientos llenos de mariposas en el estómago luego de una jornada de misiones o de un retiro.

Dios es mucho más que eso. Tu fe es algo real, y necesita de tu respuesta, de tu libertad. Recuerda esos momentos, no solamente el sentimiento abrazador, sino la llenura de tu alma, el gozo de tu corazón y la paz de tu espíritu. Recuerda y vuelve.

2. El amor a Dios se vive en lo ordinario

Mi madre solía decir «Candil de la calle oscuridad de su casa». Eras el modelo de líder juvenil, de catequista, de servidor y ahora en casa, de pronto no se te ocurre nada. De servir a otro queda casi nada. No puedes ni levantar un plato.

Ni tratar a tu familia con el cariño y delicadeza que trataste a tantos en misiones, donde casi te dejas la vida. Las canciones se han acabado, el gris parece ser el color de moda. En casa no sucede nada extraordinario.

El amor a Dios comienza amando al prójimo, a ese prójimo tan cercano que vive en tu propia casa. Tus padres, tus hermanos, tus abuelos…tus vecinos. Mira en cada uno de ellos ese rostro de Dios que alguna vez reconociste en otros.

Las acciones tediosas del día son tu camino santo…Tal vez la emoción no sea la mismo, he incluso por eso, tu
esfuerzo, tu entrega tiene tanto valor.

3. ¿Te acostumbraste a que te digan lo que tienes que hacer?

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Suele pasar que nos hemos acostumbrado a que nos digan lo que debemos hacer. Los domingos a misa, confesarse una vez por semana, rezar el rosario, tener un grupo de reflexión y acción solidaria, en fin.

Cuando tomamos un poco de distancia de nuestras seguridades y no tenemos quién fije el rumbo nos podemos sentir bastante desorientados. Si hay algo bueno en la distancia y el aislamiento es que nos da perspectiva y vamos tomando conciencia del significado real de lo que hemos aprendido. No solo se trata de hacer sino de ser.

Todas estas exigencias o tareas que hacemos dentro de la iglesia tienen un sentido último en forjar y ayudar a acercarnos más a Cristo, a Dios. Si las desvinculamos de este fin, terminan siendo acciones vacías. Terminamos amando sin criterio, siguiendo reglas que no terminamos de entender o de compartir.

Aprender a tener criterio propio es fundamental para ser libres, y en esa libertad elegir amar. El tener criterio no significa hacer lo primero que me viene al pensamiento, sino formarse y cultivar la razón, el sentido común y la caridad.

4. Dios está siempre contigo

Nos faltan los sacramentos, el camino se ha hecho difícil, pero Dios siempre está cerca y derrama gracias impensables en momentos de tormenta. Aprovecha las ausencias, que aunque duras, nos pueden abrir puertas para descubrirnos y cultivar de una manera más humana nuestra fe, nuestra vida espiritual.

Somos más humanos, mientras más cerca de Cristo estemos.