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Todos tenemos días o momentos en los que nos sentimos tristes y vemos las cosas bajo un cielo gris y nublado. Nuestra cabeza va por un lado, y nuestro corazón por otro, y nos cuesta sonreír o mirar con calidez el mundo a nuestro alrededor.

A veces hasta nos esforzamos por hallar argumentos y razones para ahondar nuestra soledad y nuestra amargura. ¡Qué fácil resulta hallar motivos para ensimismarnos y justificar nuestra tristeza!

A veces pienso que hay una solución muy fácil para esos días: mirarnos al espejo. Obvio no para complacernos en nuestro aspecto o hallar más razones para adentrarnos en la tristeza, sino para recordar dos verdades increíbles y que si las pensásemos con profundidad (y las creyéramos) por un minuto seguido cambiarían toda nuestra vida: número uno, soy imagen y semejanza de Dios y número dos, soy hijo de Dios.

Dios no es «como un padre», sino que realmente lo es. Jesús nos invitó a dirigirnos al Padre como hijos, y San Pablo lo escribió de una manera tan profunda y verdadera: «Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! De modo que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero por voluntad de Dios» (Gál 4,6-7).

Quizás nuestros padres no fueron los mejores, y eso a veces nos distorsiona un poco el modo como podemos entender a Dios como Padre. Aun así, incluso si nuestros padres no fueron ejemplares, siempre podemos pensar en cómo debieron haber sido, o quizás cómo quisiéramos ser nosotros como padres.

Se me ocurrió pensar que hacia Dios podemos dirigir muchas frases que con frecuencia hemos dirigido a nuestros padres. Solo que Dios contesta de modo tan distinto.

1. ¡Papá, necesito dinero! (Nunca me va a faltar lo necesario)

¿Quién alguna vez no le ha pedido dinero o la mesada a sus padres? Quizás a veces nuestros padres no nos puedan dar lo que le pedimos, pero con Dios sabemos que nunca nos va a faltar lo necesario.

A veces a nuestros papás —sobre todo a la mamá— les decimos una frase similar: ¡Tengo hambre! Dios se luce con el alimento que pone a nuestra disposición: su propio cuerpo y sangre en la Eucaristía, además de todas las gracias que nos da para alimentar nuestra vida espiritual.

2. ¿Papá, por qué se pone rojo el cielo al atardecer? (Sabe todo)

Aunque no responde a nuestras preguntas de modo tan directo como quisiéramos, sí podemos descubrir la inteligencia y sabiduría de Dios. No solo en la naturaleza, sino obviamente también en la Sagrada Escritura, por medio de su Palabra. Dios, como buen padre, ama compartir su sabiduría con sus hijos.

3. ¡Papá, me siento mal! (Siempre me va a consolar)

En los momentos en que nos sentimos mal, sea por enfermedad o porque la vida se pone dura, sabemos que Dios nos acompaña y nos quiere consolar. No le agrada a Dios el sufrimiento de sus hijos (como a ningún padre le agrada el dolor de los suyos). Él siempre va a estar a una oración de distancia para consolarnos y ofrecernos su ayuda.

4. ¡Espero mis papás no se enteren! (Sabe todo lo que hicimos, y si es necesario nos corrige con amor)

Bueno, Dios sabe siempre todo lo que nos pasa y lo que hemos hecho, así que no hay modo de que no se entere. Sin embargo no es para nada un Dios controlador o una especie de Gran Hermano vigilante para castigarnos al más mínimo error.

Como buen padre lo que más le duele no es el error, sino el daño que nos hacemos a nosotros mismos. Como buen padre también nos quiere corregir, lo que a veces duele, pero siempre sana la herida, no lo hace para atormentarnos con el mal.

5. ¡Papá, mira lo que hice! (Le encanta que le compartamos lo que hacemos)

Quizás de niños con mucho orgullo fuimos a contarle a nuestros padres algo que habíamos hecho o una buena calificación que habíamos obtenido.

Igual podemos hacer con Dios, y seguro que Él disfruta muchísimo escuchar de nuestro propio corazón, con nuestras propias palabras, que le contemos lo bonito de nuestro día. Ya lo sabe, obvio, pero no es lo mismo si se lo contamos. Nuestro modo de contarle las cosas es siempre único.

6. ¿Papá, qué hago? (Siempre quiere el mejor camino para nosotros)

Cuando somos niños imaginamos que nuestros papás siempre saben qué hacer. Ilusión que descubrimos falsa cuando llegamos a ser adultos, y muchas veces no tenemos la más mínima idea de qué hacer.

Dios, sin embargo, siempre nos sabe aconsejar, y nunca se equivoca en su consejo. Feliz, a su modo, nos va indicando por donde caminar.

Bonus

¡Mi familia es increíble y puedo parecerme a mi papá! Una de las verdades más increíbles que podemos vislumbrar si nos sabemos hijos. Pertenezco a la familia de Dios, y tengo derecho a todos sus bienes. Además, puedo parecerme a Él.

De hecho, eso es lo que Dios más quiere, que seamos santos como Él es santo. Que tengamos un corazón lo más semejante al suyo, pues mientras más nos parezcamos a Él, más dichosos seremos en esta vida y en la eterna.


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