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Buscar al amor de tu vida, buscar a Dios, buscar tu vocación, buscar el trabajo perfecto… Hace poco, quedé de verme con unos amigos que recién se habían casado. Yo recién había terminado una relación (así es la vida).

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Ella me contaba cómo siempre había tenido novios que no le terminaban de convencer y cuando dejó de buscar lo conoció a él: «No te preocupes, va a llegar, no dejes de buscar» —pero se corrigió de inmediato— «¡No, perdón! No pierdas la esperanza, y deja de buscarlo. Cuando dejes de buscarlo, llegará, te lo prometo».

Este consejo lo había escuchado tal vez en las revistas, algo un poco cliché, pero nunca me hizo tanto sentido. ¡Es que aplica para todo en la vida! Justo este año pude experimentarlo: mi trabajo, un viaje, amigos y hasta esa última relación, se fueron presentando sin haberlo buscado y me hicieron muy feliz.

Dios nos encuentra

«Nosotros amamos a Dios porque Él nos amó primero». Dios nos llama primero y nos ama primero, asegura la Biblia. ¡Es tan real! Nos creemos a veces constructores de nuestra propia conversión y nuestros propios salvadores… pero si recordamos cómo fue que llegamos hasta aquí: familiares, libros, sacerdotes o amigos que nos fueron iluminando hasta donde estamos hoy, cambiamos la narrativa.

Hasta las mismas faltas, dudas y crisis que nos surgieron, Dios las permitió en nuestro corazón para que camináramos hacia Él, hacia nosotros mismos, hacia los demás. A veces queremos ser más esto y más como ese para ganarnos su amor, pero sabernos menos nos lleva simplemente a Él, ser humildes para dejarnos encontrar por Él donde estamos. Él es quien hace el camino, al caminante, a los guías, a los compañeros y las gracias que recibimos.

El amor nos encuentra

¿Cómo a los amigos no los buscamos pero a los novios sí? Los amigos son compañeros que van surgiendo en etapas y lugares distintos de nuestra vida sin planearlos. Compartimos tantas experiencias, proyectos y espacios, somos compañeros de camino y naturalmente terminamos compartiendo el corazón.

Pero con «el amor de nuestras vidas» nos ponemos como locos. Pensemos en que Dios se encarga de todo, de acercar o alejar a las personas y los proyectos. Confiemos en Él que es el todopoderoso y menos en nosotros que somos solo sus criaturas. Las personas que más amamos son las que «llegaron solas», ¿verdad?

Las oportunidades

Cuando salí de la universidad estaba como loca mandando mi curriculum a todo lo que parecía bueno…y también a lo que no. Veía a mis conocidos viajando, saliendo en fotos con tal personaje político o artístico, y yo me miraba con la computadora sentada en una cafetería deseando poder ocupar su lugar.

Empecé a decir «sí» a todo y después de seis meses acepté un trabajo que sabía me iba a aburrir, pero creía que era mi única oportunidad (terrible). Un día se me ocurrió ir a la conferencia de una asociación y me preguntaron: «Estamos buscando jóvenes, ¿quieres entrar?».

Meses después sacaron una convocatoria para un diplomado con todo pago fuera del país, y quedé. Renuncié al trabajo anterior y ahora trabajo con ellos. ¡Todo se dio naturalmente! Esos días me prometí que nunca más me preocuparía por mi futuro. Dios se encarga de encontrarnos donde estamos y con lo que somos, sin que nos matemos forzando nuestros planes o talentos.

La felicidad

Hay una frase que me encanta «la vida es eso que pasa mientras uno hace otros planes». La felicidad se experimenta cuando abrazamos con tanta naturalidad y sencillez «lo que hay».

En nuestras expectativas quisiéramos tener la vida de influencer que parece ser la perfecta (aunque no sepamos nada de ella). Vivimos amargados esperando el día en que llegue un genio —que a veces confundimos con Dios— para que nos regale todo lo que creemos nos hará felices.

Pero otros días nos levantamos con la pijama a comer directo de la alacena. Nos reímos con algún familiar, vislumbramos el sol entrando por la ventana, recibimos un mensaje que nos hace sonreír. Escuchamos una canción que nos pone felices, y en esos momentos estamos contemplando.

Contemplar también es abandonarnos a la realidad, dejar de querer cambiarla a nuestro antojo y aceptar la voluntad de Dios que es la que Él nos tiene preparada, para entonces apreciarla y agradecerla. Parece difícil o muy elevado… pero es tan fácil como disfrutar de los pequeños detalles del día a día que nos encuentran y no los que maquinamos soñando despiertos.

Dejarse amar, dejarse encontrar, dejarse salvar

Dejar de querer controlar todo y empezar a confiar. A Dios nada se le escapa de las manos y mucho menos nosotros de su corazón, no nos pide más que un «sí» y un «gracias». El Salmo 118 habla de que lo que consideramos poco, lo cotidiano y simple, que es lo que nos llena de vida si lo sabemos valorar.

Disfrutemos de este día, enfoquémonos en el ahora, porque soñar no está mal pero vivir preocupados por el futuro no nos permite estar en paz. Dejemos que Dios nos dé la salvación y la victoria. «La piedra rechazada por los maestros pasó a ser la piedra principal; esta fue la obra del Señor, no podían creerlo nuestros ojos. ¡Este es el día que ha hecho el Señor, gocemos y alegrémonos en Él! ¡Danos, oh Señor, la salvación, danos, oh Señor, la victoria!».

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