¿A quién no le gusta viajar? Siempre es refrescante para la propia vida, darse un espacio en un lugar diferente, conocer gente nueva, interactuar con otras personas que son diferentes a aquellas con quienes convivo en el día a día. Y… ¿si en ese mismo viaje, tengo la oportunidad de ayudar a esas personas, de compartir mi tiempo con ellas, de generar un cambio que impacte positivamente en sus vidas (y en la mía)? ¿No sería realmente genial?

De eso quiero hablarte en este post. De un viaje que realicé hace unos meses a la ciudad ecuatoriana de San Vicente, que había sido afectada por el terremoto de abril de 2016. Allí, me encontré con un grupo de estadounidenses de varias edades, llegados de diferentes ciudades de su país, con quienes comenzamos la gran aventura de un viaje de misiones, con el objetivo de poder ayudar a algunas familias que lo habían perdido todo, con la construcción de nuevas casas para ellos, y también apoyando a la parroquia local en la evangelización en algunos sectores de la ciudad.


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Uno de los trabajos que tengo es ese, el de coordinar viajes de voluntariado o misiones para extranjeros. Y para ser honesto llegué a este viaje con las expectativas justas y necesarias, pues en ese momento estaba en un tiempo de cierta distancia con Dios, y para mí el viaje iba a ser algo rutinario. Sin embargo, ¡Dios siempre nos sorprende! No tengo ninguna duda de ello. Y nos sorprende más cuando las cosas suceden de la forma que menos te lo esperas.

La gente que conocimos, a quienes ayudamos, con quienes compartimos, y hasta el lugar en el que vivíamos todos esos días, generaron un impacto profundo en nuestras vidas. Terminamos experimentando que siempre recibes más de lo que das, y tanto más cuando Dios está de por medio.

En este viaje aprendí muchas cosas nuevas y recordé tantas otras. Te las quiero resumir en cinco ideas que realmente marcaron mi vida:


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1. En el rostro de los más pobres y sencillos, realmente está Dios

Jesús en Mateo 25,40 dice: «En verdad os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos hermanos míos, aun a los más pequeños, a mí lo hicisteis». Suena como un ideal noble, grande. Seguramente lo leemos y procuramos ponernos manos a la obra… pero, ¿cuántas veces la indiferencia nos gana y simplemente pasamos de largo ante aquel que pide nuestra ayuda, tanto más frente al pobre?

Bueno, en un viaje de misiones, ¡no hay cómo “escaparse” de ayudar! Lo cual es una bendición. Las personas sencillas, las que menos tienen materialmente, son muchas veces las que más nos dan testimonio de Dios, con su vida, con su fe, con su esperanza aún en medio de la mayor dificultad. Y es allí, donde realmente descubrimos el rostro de Jesús en el hermano necesitado. De Jesús sufriente, de Jesús que nos pide un vaso de agua, una palabra de aliento; pero también de Jesús que nos predica con su ejemplo de sencillez y de estar centrados en lo esencial de la vida.

2. Amar como Cristo amó a su Iglesia

Y ante el hermano sufriente, con quien me encuentro cara a cara, no queda otra respuesta que el amor. Sí, una entrega generosa y desinteresada que busca su bien, su felicidad, su bienestar. Aún a pesar de cualquier barrera que pueda existir (ni siquiera la barrera del lenguaje, fue capaz de imponerse ante el lenguaje del amor). Sí, un amor como el de Cristo a su Iglesia: hasta el cansancio, hasta darlo todo, hasta poder sufrir con el otro, hasta la Cruz. El Papa Francisco, en su mensaje por la I Jornada Mundial de los Pobres, en septiembre de 2017, lo describe bien:

«El modo de amar del Hijo de Dios lo conocemos bien… Se basa en dos pilares: Dios nos amó primero; y nos amó dando todo, incluso su propia vida. Un amor así no puede quedar sin respuesta. Aunque se dio de manera unilateral, es decir, sin pedir nada a cambio, sin embargo inflama de tal manera el corazón que cualquier persona se siente impulsada a corresponder, a pesar de sus limitaciones y pecados»

3. La alegría más profunda y auténtica, viene del encuentro con Dios

De la experiencia de amar brota necesariamente, una experiencia de auténtica y profunda alegría. Esto te lo puedo explicar con el ejemplo de una señora que conocimos en el viaje: la señora Ramona. Esta señora, ya mayor, vivía en una de las zonas más pobres de San Vicente, y nos conmovió con su maternal cercanía cuando la fuimos a visitar a su casa y nos brindó algunas frutas mientras nos contaba su dura experiencia durante el terremoto. Era impresionante cómo esta señora, a pesar de todo el dolor y sufrimiento experimentado, y con las dificultades por las que aún atravesaba, nos transmitía una alegría intensa, sentida, pero de gran sencillez y profundidad. Su fortaleza venía de Dios, que esa paz y felicidad que transmitía, le venían de buscarlo constantemente.

Esa fue la experiencia del grupo durante las misiones. ¡Estábamos felices de estar ahí a pesar de estar lejos de nuestras familias, de no tener todas las comodidades, de experimentar un fuerte calor, y de cuantas dificultades pudieran presentarse! La alegría que experimentamos venía de ese encuentro con Jesús presente en el necesitado, en la oración cotidiana, de los sacramentos. Estar en permanente contacto con Jesús, como ese amigo que camina con nosotros. Esa era la clave.  

4. Dios cree en nosotros

Toda esta experiencia de descubrirme amando, y de encontrar en eso una profunda felicidad, me hizo poner (por supuesto) la mirada en Dios. En un momento de profunda oración, sonreír mirando al cielo, y pensar “así que todo lo tenías planeado de esta forma”. Y es que como te contaba, estaba en un tiempo de cierta distancia con Dios. Y Él, nunca se deja ganar en generosidad y es inmensamente terco en su amor por nosotros y en la confianza que pone en nuestra respuesta.

No importa qué tanto nos alejemos, Él siempre se las ingenia para buscarnos y encontrarnos (o hacer que nos encontremos con Él). Y por supuesto, cuando uno se aleja de lo realmente importante en su vida, al volver a “casa”, le da un valor especial, y en especial, le das un gran valor a aquellas personas con quienes has recorrido este camino. Es como dice la sierva de Dios Dorothy Day: «Todos hemos conocido la larga soledad y hemos aprendido que la única solución es el amor y que el amor viene con la comunidad».

5. Necesitamos de los demás, para aprender a amar, para aprender a vivir

Estamos hechos para el encuentro “no somos islas”, como decía el monje Thomas Merton. Y en ese encuentro sincero con el hermano, Dios nos habla al corazón. En ese encuentro aprendemos cómo entregarnos por el otro en un esfuerzo cotidiano del día a día. Y esto aplica para un viaje de misiones, pero sobre todo para la realidad diaria de cada uno: en el hogar, con la familia, con la esposa(o), con los amigos, con los hijos, en el trabajo, en la universidad, etc. La persona con quien comparto mi vida, quien está a mi lado, está ahí por un motivo: para ser amada. En el encuentro con el otro aprendemos a vivir en el amor, en la entrega; lugar donde me conozco más, donde me encuentro más con Dios y conmigo mismo.

«Nacemos necesitados; en cuanto somos capaces de darnos cuenta, descubrimos la soledad; necesitamos de los demás física, afectiva e intelectualmente; les necesitamos para cualquier cosa que queramos conocer, incluso a nosotros mismos» (C.S. Lewis, «Los Cuatro Amores»).