Hace unas semanas, el Papa Francisco viajó a Canadá en un «viaje penitencial». De esta manera, busca remediar el diálogo con los pueblos indígenas, quienes han visto su cultura y tradiciones heridas.

 ¿Qué tiene que ver el viaje del Papa a Canadá con los indígenas?

Para entender el viaje del Papa a Canadá, iniciemos con un poco de contexto: cuando los colonos europeos llegaron al país, lo hicieron para desarrollar el encuentro entre culturas. Pero, a pesar de que se realizó un fecundo apostolado, este también estuvo salpicado por el sufrimiento. 

Dolores nacientes de la marginación de pueblos indígenas, supresión de sus lenguas, culturas, tradiciones, etc. El Papa Francisco, en este viaje, incluso recordó los abusos físicos, verbales, psicológicos y espirituales.

Hace unos meses, representantes indígenas visitaron al Papa a Roma para hablarle de estas penas. Ahora, el Papa les devolvió la visita para expresar su dolor, buscar la sanación y la reconciliación. «Para rezar con ustedes y por ustedes», dijo a los presentes.

Perdón y reconciliación

No tengamos miedo de pedir perdón. Puede ser que algunas veces nos sintamos vulnerables al pedir disculpas. Pero siempre será un punto de partida para reparar.

Cristo nos ha repetido – diría «hasta el cansancio», pero no se cansa – que el Padre abraza a los que reconocen sus faltas. Entonces, que la Iglesia – Esposa de Cristo – pida perdón, ¡es positivo! 

Tal vez pueda asustarnos pedir perdón, pensando: «de lo malo que hice, salieron cosas buenas… me arrepiento de lo malo, pero si pido perdón, estaría desmeritando lo positivo». Pero estamos equivocados. 

Primero, recordemos que Dios se sirve de todo esfuerzo y buena intención para sacar un bien. Nosotros podemos fallar cuando usamos la forma, las palabras, los medios equivocados. Y aunque Dios se sirva de nuestros esfuerzos para que broten frutos, a nosotros nos toca pedir disculpas por los errores cometidos. 

Lo positivo está en las manos de Dios. Lo malo, nosotros colocamos en Sus manos para que haga de esas manchitas algo nuevo, inmaculado. Algo que nos impulse a mirar el futuro con ojos nuevos, con ganas de recomenzar, con sed de reconciliación.

A algo similar creo que se refería el Papa Francisco cuando dijo:

«Mirando hacia el futuro nunca será poco todo lo que se haga para generar una cultura capaz de evitar que estas situaciones no solo no se repitan, sino que no encuentren espacios» (Carta al Pueblo de Dios, 20 agosto 2018)»

Descubrir la riqueza del otro, en el otro

¿Qué era lo que dijo Jesús? Ah, sí: «vayan a todos los pueblos». Nuestro deseo de compartir la inmensa, arrolladora alegría que sentimos junto a Él, queremos compartir con otros.

Pero para compartir nuestra riqueza, tenemos que estar abiertos a descubrir la riqueza del otro y en el otro. Porque «nuestra riqueza» es Cristo, pero ¿y si la del otro nos muestra un destello de verdad de Él que antes no pillamos?

Se me ocurre que cuando Jesús nos pidió que vayamos «a todas partes», «a todos», era para hablar de Él. Pero también para escuchar a quienes tendrían algo que enseñarnos. Algo que solo encontraríamos un poco más lejos de donde estamos instalados.

Muchos misioneros a lo largo de los siglos lo han hecho. Empezando por los apóstoles, pero luego recordando el ejemplo de san Roque González de Santa Cruz, san Pedro Claver, san Francisco Javier, san Damian de Molokai… y muchos otros.  

Abrir los brazos para que quepan todos

Dios es Padre de toda la humanidad. Eso nos debe mover a ver en el otro a un hermano, como lo señaló el Papa Francisco en su intención de enero de 2021:

«La fraternidad nos lleva a abrirnos al Padre de todos y a ver en el otro un hermano, una hermana para compartir la vida o para sostenerse mutuamente, para amar, para conocer».

Entendemos – ¿pero podemos, realmente, entender? – la misericordia de Dios. Que llega a todos, cuando necesitamos el perdón divino. Pero hay un detalle que solemos pasar por alto: la misericordia de Dios nos debe mover a revisar el amor, dejando que el Amor entre en el alma.

Esto tiene que impulsarnos – por no decir «obligarnos», porque Dios no obliga – a preguntarnos: «¿dejo que el amor entre y llene mi alma?», «¿y cómo lo comparto con otros?», «¿salgo al encuentro de quienes no piensan o viven como yo?», «¿cómo los miro?, ¿con superioridad?».

Recuerdo una frase de san Josemaría, sobre la fraternidad, que creo que calza perfecta aquí:

«Cuanto más cerca está de Dios el apóstol, se siente más universal: se agranda el corazón para que quepan todos y todo en los deseos de poner el universo a los pies de Jesús»

Solos no podemos progresar

En el viaje del Papa a Canadá, él nos recordó que educar es «la aventura de explorar y descubrir juntos el misterio de la vida». Escuchar y ver al otro y sus talentos, para pedirle que, con nosotros, construya el Reino que a Él le gustaría ver instaurado.

Unión no es lo mismo que uniformidad. Antes que «eliminar» las distintas culturas, pensemos en que la riqueza – como mencioné antes – está precisamente en la diferencia y en el respeto a las distintas culturas. 

Podremos poner cimientos, pero necesitamos los ladrillos que aquel o las vigas de aquel otro. ¡Qué bellos puentes se elevarán sobre los abismos, para llegar al otro lado! El otro lado es el Cielo.