Esta semana un amigo me compartió un video sobre una palabra que nunca antes había escuchado: Aporofobia. Esta palabra tiene su origen en los términos griegos áporos (pobre, sin recursos) y fobos (temor, rechazo).

Aporofobia define el miedo o rechazo a los pobres o desfavorecidos. Dicha palabra fue incluida oficialmente en el Diccionario de lengua española el año pasado, pero viene siendo empleada desde hace varios años por la filósofa española Adela Cortina quien nos explica mejor el término en el video que compartimos a continuación.



Este video y las noticias recientes sobre crisis migratorias, económicas y conflictos sociales en el mundo me llevaron a preguntarme si hay algo que podamos hacer como cristianos católicos frente a estas situaciones. O si tal vez seguimos actuando como lo hacíamos con los primeros cristianos. La cultura de bienestar y hedonismo que caracteriza nuestros tiempos tal vez esté haciendo que desviemos la mirada cuando el dolor y la pobreza se asoman. Estas son tres situaciones en las que vale la pena reflexionar:



Jesús supo lo que era ser pobre, emigrante y desplazado

Nos cuentan los evangelios que Jesús nació en Belén en una pesebrera, precisamente porque todos los hospedajes del pueblo estaban llenos (Lucas 2, 7). Probablemente a nadie le emocionaba la idea de incomodarse o hacer espacio para una pareja de desconocidos.

Se relata además como José, luego de ser advertido en sueños, llevó al niño Jesús y a María a Egipto, para salvarlos de la persecución de un mandatario local obsesionado con el poder, quien estaba dispuesto a todo con tal de continuar gobernando. También se menciona que vivieron en ese país extranjero hasta la muerte de Herodes, pero aun así no era completamente seguro volver y tuvieron que ir a vivir a otra región del país (Mateo 2, 15. 19-22).

La indiferencia promueve la injusticia

Detengámonos a pensar por un momento en los siguientes interrogantes: ¿Estamos realmente viviendo situaciones tan distintas a la que nos relatan los evangelios de hace dos mil años? ¿Fueron responsables únicamente quienes cerraron las puertas de sus casas a José y María antes del nacimiento de Jesús? ¿Fue Herodes el único culpable al ordenar el sacrificio de todos los niños? ¿No les parece que también tuvieron algo que ver quienes, con su silencio y falta de acción, permitieron de manera indirecta que la injusticia siguiera su rumbo?

La idea no es tomar el papel de jueces o condenar hechos del pasado, sino más bien promover una reflexión personal sobre un tema que cada día tenemos que presenciar pero al que muchas veces decidimos ignorar.

Llamados a reconocer la dignidad de todas las personas, especialmente de los más desfavorecidos

Entonces, ¿cuál es nuestro papel al lado de quienes viven en situación de pobreza o miseria? ¿Dar algo de lo que nos sobra para librarnos de la culpa? (Lucas 21, 3-4). Personalmente creo que tenemos muchísimo por aprender de aquellos hermanos quienes han vivido privados de bienes materiales, de los más humildes, porque nos enseñan a ser desprendidos y a acercarnos a Dios con un corazón más sincero.

Hablo particularmente de la gran mayoría de personas en el mundo que hoy son víctimas de la injusticia, quienes viven en la línea de la pobreza o la miseria, con salarios precarios, quienes escasamente tienen acceso a una educación de dudosa calidad y a servicios de salud deplorables con escasos recursos. Hablo de todos aquellos oprimidos y explotados, quienes pese a todo esto deciden jugársela para hacer lo mejor por sus familias cada día, para dar lo mejor que tienen. Aquellos que como José y María huyen de sus países en busca de ayuda.

Todas estas situaciones favorecen el aumento de las brechas sociales y de las enfermedades físicas y mentales, mientras que una minoría se aferra al poder como instrumento de opresión social y económica usufructuando de la manera más codiciosa el trabajo de sus hermanos. Esto puede ocurrir en cualquier partido político, en cualquier contexto social y en cualquier denominación religiosa. Lamentablemente sigue sucediendo frente a nuestros ojos, que parecen estar cada vez más anestesiados e indiferentes frente al sufrimiento de los demás. Nuestra sociedad tiene cada vez más aversión a los desfavorecidos, olvidando el principio básico de reconocer en el otro la dignidad que tiene como ser humano.

Considerar al otro un verdadero hermano

Nací en un país donde nos acostumbramos a las noticias violentas, donde cada día los titulares están plagados de noticias amarillistas, donde ya ni siquiera las muertes violentas nos sorprenden, porque se han hecho parte de la cotidianidad. Sin embargo, siendo parte también de un mundo más globalizado, veo cada día con profundo dolor noticias horribles sobre millones de desplazados a causa de los conflictos en países como Siria, Afganistán, Sudan del Sur, Somalia o Venezuela. Donde huir se convierte en la alternativa para sobrevivir o buscar un «mejor futuro», aunque esto implique muchas veces hacerlo de manera ilegal o arriesgar sus propias vidas. Todo esto tiene connotaciones muy graves y consecuencias que aún no podemos medir.

El papa Francisco, en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium(199), nos recuerda: «Nuestro compromiso no consiste exclusivamente en acciones o en programas de promoción y asistencia; lo que el Espíritu moviliza no es un desborde activista, sino ante todo una atención puesta en el otro «considerándolo como uno consigo».Esta atención amante es el inicio de una verdadera preocupación por su persona, a partir de la cual deseo buscar efectivamente su bien. Esto implica valorar al pobre en su bondad propia, con su forma de ser, con su cultura, con su modo de vivir la fe»

Volver a lo fundamental: el mandamiento del amor

Sabemos que la invitación de Jesús se resume en una sola palabra: amor. Basta con leer un poco en los evangelios, Jesús no invita a sus discípulos a reclamar lo que es suyo por la fuerza, por el contrario, Jesús nos invita a ser capaces de salir de nosotros mismos y de nuestras seguridades para ir al encuentro del otro, y no tenemos que viajar miles de millas para hacerlo, seguramente cada uno sabe quién en su propia familia está atravesando por una situación difícil (que muchas veces preferimos ignorar), o quién en su vecindario, trabajo o escuela está sufriendo y podría agradecer un interés genuino por ayudar.

Jesús nos invita a jugárnosla por el Reino, de manera sencilla, en la cotidianidad. Quizás el llamado particular de algunas personas ha sido único, como San Francisco de Asís o Santa Teresa de Calcuta, santos que han alcanzado a millones de personas través del servicio desinteresado. Ellos nos motivan a creer que el mundo puede ser un lugar distinto. Aun así, el llamado de Jesús es para todos, en lo ordinario, en nuestra vida, desde nuestra propia realidad, con quien está a nuestro lado, con aquel hermano que sufre.

Cuando escribía este post comprendí que, incluso con un pequeño detalle dado con amor a alguien que lo necesita, podemos hacer viva todos los días las palabras del apóstol Santiago: «Muéstrame tu fe sin obras, que yo por mis obras te mostraré mi fe» (Santiago 2, 18).

Recuerda que Cristo vivió en carne propia el desprecio, la indiferencia y la pobreza, como millones de personas que hoy son víctimas de la aporofobia. Anímate a ayudar a otros en este día con pequeñas obras, siempre habrá alguien al que podamos hacerle más ligera la carga.