Mi mamá disfruta tanto de la jardinería… puede pasarse horas de horas observando sus plantas, podándolas, sembrando nuevas, descubriendo otras… en fin. Un jardín de flores es de lejos su lugar favorito en el mundo entero. Debe tener una habilidad especial para ello, lo que planta florece. Siendo su hija, a mí hasta un cactus se me ha muerto.

Observo a mi madre mientras escoge semillas de frutas, siempre diciendo que el mundo sería distinto si cada uno sembrara para producir los alimentos que necesita. Recoge las semillas y las hace secar –tiene una paciencia infinita para ver cómo pasan los días y no las toca hasta que ve que están en el punto preciso–, luego escoge la tierra, despedaza los trozos apelmazados y la mezcla con algo que “la mejora”, escoge el lugar o el recipiente en que las plantará y cuidadosamente agrega una parte de esta tierra preparada, luego las semillas, las cubre con todo cuidado con más tierra. Les echa agua y espera, espera y sigue esperando por días. Por fin una pequeña hoja verde asoma tímidamente desde la tierra y mi madre sonríe y riega. Ella sabe qué días regar y qué días no, y si la planta necesita del sol o de la sombra. No es algo así de sencillo y rápido, requiere de paciencia y cuidado.


El artículo continua después de la publicidad:

La imagen del sembrador viene a mi mente. Sonrío al relacionar a mi madre con esta imagen, y es que en la pedagogía de Dios las madres tienen un lugar especial, ¿no? Y pensando en Él y su pedagogía es que me he animado a presentarles este post que pretende mostrar el valor simbólico, cristiano y hasta ecológico de tener una plantita y cuidarla.

1. La preparación del terreno

Ciertamente la preparación del terreno inicia con el mismo Creador desde que nos pensó y a su imagen y semejanza nos hizo. Al inicio somos tierra fértil pensados para dar mucho fruto. Desafortunadamente, por la herida del pecado original y nuestra propia libertad, durante el transcurso de nuestra vida ese terreno puede verse endurecido. En una vida donde el amor se ha perdido de vista y la rutina ha ganado alguna batalla, la costra de indiferencia, de insensibilidad y de amor propio desmedido se va haciendo más gruesa. Romper esa costra inevitablemente cuesta trabajo, esfuerzo, sufrimiento y dolor. Pero es necesario romperla para ablandar la tierra y hacerla nuevamente fértil. Ciertamente este trabajo cuesta, así como el arado de un campo.

2. La siembra

Pareciera que el trabajo hubiese terminado con la preparación de la tierra, como cuando el sembrador acaba con el arado de la parcela y se prepara para descansar tomando un vaso de refrescante agua, pero él sabe que aún falta. La tierra está lista, pero ahora necesita de la semilla. La semilla cae cuidadosamente de la mano del sembrador. Esta es la parte en la que la gracia obra. Nosotros somos ese terreno pero será el sembrador el que escoja esa semilla destinada a dar fruto… y en abundancia.


El artículo continua después de la publicidad:

3. La espera

Personalmente esta es la etapa que considero más difícil. La espera. Ese momento en que parece que todo el esfuerzo dado no valió la pena, en el que pasan las horas y los días y nada parece suceder. Y entran unas ganas terribles de echar todo el trabajo realizado por la borda, de abandonar, y de hecho lo hacemos. No pocas veces la impaciencia y la frustración nos ganan y abandonamos todo. El terreno se vuelve a secar, la costra se hace gruesa y la semilla muere.

4. El cuidado paciente

La clave para no abandonar en la espera es cuidar, hacer algo mientras se espera. La espera inactiva lleva a la frustración, pero si ponemos manos a la obra y cuidamos del fruto que aún no vemos, si regamos, la ponemos al sol cuando lo necesita y la cubrimos de la lluvia; pronto veremos que algo sucede. Los sacramentos, la oración, nuestras propias elecciones en lo cotidiano son ese cuidado que nuestra semilla requiere. No nos quedemos sentados mirando sin hacer nada, esperemos activamente, cooperando con el Sembrador.

5. Las épocas difíciles y las malas hierbas

Aunque la tierra sea fértil y los cuidados abundantes, no estamos libres de la tentación. No estamos libres de que la plantita crezca sin las inclemencias del tiempo o sin que las malas hierbas crezcan. Ya nos contaba Jesús en la parábola del trigo y la cizaña que ambos crecen juntos. Debe haber también esfuerzo por retirarlas y esforzarnos porque nuestra plantita viva, a pesar de ellas, y dé fruto. Es en estos tiempos difíciles, la búsqueda de consejo y de formación es necesaria. Consultar cómo podemos cuidar mejor nuestra plantación y de qué manera ir retirando la cizaña sin que el trigo muera…

6. Los frutos

Finalmente la planta crece y casi sin que nos demos cuenta el fruto aparece. Los frutos a veces no son tan evidentes como la manzana que vemos en el árbol o la margarita que revienta del botón. A veces nuestros frutos se evidencian en los demás, en el servicio que prestamos, en lo mucho que amamos y nos entregamos. Y ese fruto puede pasar por invisible a los ojos de los demás e incluso a los nuestros.

7. La nueva siembra

Pareciera que con el fruto la labor hubiera culminado, pero increíblemente el fruto es una gracia, un don recibido de Dios. Ese fruto no puede quedar en el árbol, pues caería a tierra y de pronto terminaría pudriéndose. Es necesario salir, esparcirlo por el mundo y hacerlo florecer nuevamente. Y así la tarea vuelve a empezar: volvemos a buscar y preparar el terreno, sembramos y esperamos por el fruto que llevaremos a todos los que podamos y Dios nos permita alcanzar.

Si no has sembrado nunca una planta, o la próxima vez que siembres una, recuerda este ejercicio como tu vida misma, una vida que incluso tiene un sentido ecológico como el producir nosotros mismos esos frutos que los demás necesitan como alimento y para dar oxígeno al mundo. Pensemos que somos tierra, brotes, frutos y sembradores a la vez que –a imagen del gran Sembrador– llevamos alimento y oxígeno para que otros puedan seguir viviendo.

«Depende de nosotros convertirnos en terreno bueno sin espinas ni piedras, pero formado y cultivado con cuidado, para que pueda dar buenos frutos para nosotros y para nuestros hermanos» (Papa Francisco).