Fui hija única casi diez años y recuerdo cada Navidad desear con todo mi corazón que, como regalo, pudiera recibir un hermanito.

El deseo fue incansable, sostenido en mi oración de niña año tras año, y finalmente, a los nueve años, recibí la noticia tan esperada. La respuesta a ese deseo fue por partida doble: nació un hermano, y al año siguiente, otro. Y es que Dios no se deja ganar en generosidad. Mis hermanos son el gran regalo de mi vida, aunque no se los diga muy seguido.

«Querido hermanito» es un conmovedor video que me recuerda a esa niña que, año tras año, le escribía una carta al Niño Dios pidiéndole un hermano. Producido por Methos Media, el video se hizo famoso por haber sido generado completamente con IA, pero esconde un detalle importante: la poesía que la niña recita para su hermanito fue escrita a puño y letra por el director, porque ese sentir humano es imposible de imitar. La humanidad es imposible de reemplazar.

La vida que crece y el amor que se multiplica

El mayor de mis hermanos me acaba de hacer tía, tía por primera vez. A los casi 50 años, uno piensa que las primeras veces ya terminaron. Con la edad, uno se olvida de que cada día es una primera y una última vez al mismo tiempo. La llegada de mi sobrina no solo trae una emoción grande, sino una serie de vivencias insospechadas.

La tomo en mis brazos y, mientras duerme, la veo parecida a mi hermanito, y al mismo tiempo recuerdo cuando tuve por primera vez en mis brazos a cada uno de mis hijos. Siento que el tiempo pasó tan rápido como lo que dura un suspiro, y empiezo a entender todas esas frases que usaban mis abuelas, mi madre, mis tías.

La primera vez que cargué a mi hermanito, lo vi como lo más lindo que había visto en mi vida. Para mí, en ese momento, no había un bebé más lindo, hasta que nació mi segundo hermano y, con esos ojos tan abiertos, me robó el corazón. Crecí deseando ser madre, y madre de varones, porque mis hermanos fueron increíbles y la dinámica masculina siempre me pareció fascinante.

Llegó mi primera hija, mujer, y las palabras me faltan para describir la experiencia. Con todo su ser femenino, llegó a pintar de alegría y colores mi vida. Luego llegó el segundo, varón, con esa fuerza que hasta ahora me sorprende… La tercera, con una sensibilidad y ternura como pocas. Y, finalmente, el cuarto embarazo, que decidió tomar un atajo al cielo antes de vernos a los ojos.

Cada uno de ellos produjo en mí algo extraordinario. Hoy, en mi sobrina, la vida de esta familia no solo se agranda, sino que se hace nueva y nos llena de esperanza.

Traer niños a un mundo lleno de caos e injusticias

Sé que el mundo está lejos de ser un paraíso. Es tan sencillo caer en el pesimismo y la desesperanza: guerras, odios, desastres naturales, situaciones que se tornan aún más complicadas, injusticias. Y, aun así, en medio de ese mundo que parece no dar tregua, la hermosura de un atardecer nos sorprende, la transparencia del agua en una playa cualquiera, la calma de una montaña, el acto heroico de un desconocido. El mundo también puede ser tan hermoso.

Sí, puedo entender que, para algunos, traer un niño a este mundo pueda parecer una locura. Yo elijo entenderlo desde una gran responsabilidad, pero también desde un gran regalo, tanto para quien lo ha engendrado como para el mundo entero.

Las heridas desde las que vemos el mundo

Intuyo que ese temor a traer hijos a este mundo puede ser válido. Y también creo que ese temor no solo viene del caos que presenciamos «de lejos». A veces, cosas más «pequeñas», como un corazón roto, pueden causar pavor: el no haber experimentado un amor sano e incondicional. Tal vez es más desde ahí desde donde miramos cuando decidimos no tener hijos, que desde el caos en su conjunto.

La sabiduría de quien espera

Escuchar la voz de esta pequeña niña del video esconde, en sus palabras, una realidad innegable: vivir no solo vale la pena, vivir implica la posibilidad de cambiar la historia.

Y cambiar la historia no necesariamente significa hacer cosas grandiosas, inventos maravillosos o descubrimientos magníficos. Cambiar la historia, a veces, es simplemente reconciliar, sanar una herida, abrirse al encuentro imperfecto con el otro y aprender. Aprender a amar.

Es ese amor del que soy testigo en esta nueva experiencia de ser tía. La entrega que veo hoy en mi hermano y su esposa, en esa generosidad de poner la vida al servicio de un ser indefenso, su serenidad y su apoyo mutuo. En esas madrugadas agotadoras, pero hermosamente profundas. En esos actos cotidianos, sin sospecharlo, una revolución de amor se gesta.

Mientras ella duerme en mis brazos, doy gracias por los miles de niños que aún nacen, por la valentía de sus padres, que, a pesar de cualquier circunstancia, deciden decirle sí a una vida. Una vida que, sin saberlo, ya está cambiando la historia de su familia y del mundo entero.