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Perdí a mi papá cuando era muy joven. Yo tenía 17 años, seguramente una de las etapas de la vida en que más necesitas sus orientaciones, sus consejos, compartir con él y construir el futuro bajo su amparo.

Aunque no hay etapa mejor que otra para perder a un ser querido. Siempre es demasiado pronto, demasiado inesperado, demasiado doloroso.

No es extraño que el corazón se desborde de tristeza, y no sepas cómo frenar las lágrimas. Quizás no haya que frenarlas.


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La canción que les comparto hoy se titula «Valió la pena», habla de estas vidas imprescindibles que nunca se terminarán.

Es de Mariano Durán, quien escribió la letra pensando en su padre, justo al cumplirse un año de su partida. Les invito a dejarse abrazar por ella, y a orarla en comunión.

Ocurrió algo que me cambió para siempre

Alguien podría pensar que aquello me curtió, me hizo fuerte, me preparó para otros momentos dolorosos. Mi fe se tambaleó.

Fue de las primeras ocasiones en que me dirigí furiosa al cielo, reclamando una justificación, un «por qué». Y recibí silencio. Y ese silencio era ensordecedor.

Permanecí en ese silencio durante un tiempo, hasta que alguien lo rompió y me propuso una misión. Una misión que me llevaría a Honduras, a Marruecos, y de nuevo a mi hogar.

Una misión que me ayudó a percibir a mi papá de una forma nueva, hermosa, liberadora. Una oportunidad que me permitió descubrir una fe que no se anclaba en la necesidad sino en la esperanza.

Es difícil describirlo con palabras, pero entendí que podía vivir celebrando la vida de mi padre y esperando reencontrarme con él.

El dolor de la partida 

La misión ad gentes, inter gentes, la recé y la compartí especialmente con el equipo de Obras Misionales Pontificias de España. Entre sus miembros, Don Anastasio Gil, que acogió y veló mis inquietudes, mis miedos y mi vocación.

Viví su pascua definitiva en la distancia y, de nuevo, el corazón se desbordó. Recientemente, Rosa Lanoix, directora de la Revista Supergesto, también partía a la casa del Padre.

Una mujer llena de entusiasmo evangélico, con gran capacidad para escuchar y aprender de todo cuanto le rodeaba, refugio para muchos, ejemplo y abrazo cálido para su familia y amigos.

Una de esas personas que apenas hace ruido al llegar, pero cuya marcha resuena fuertemente entre quienes tuvimos la suerte de ser alumbrados por su luz.

¡Qué difícil será vivir de nuevo encuentros y reuniones sin su abrazo y su mirada de paz!

Ante la muerte, la experiencia no es un grado

Seguro que, en tu familia, en tu grupo o en tu comunidad han acontecido pérdidas dolorosas, precipitadas, incomprensibles. Posiblemente hayas estado frente a la situación de tener que reconfortar a otros o a ti mismo, y te hayas sentido completamente inútil.

¡Y eso que tenemos fe! Pareciera que lo tenemos más fácil, pero duele igual. Una vez, un buen maestro y amigo me dijo que eso de que «nadie es imprescindible» es una gran mentira para los cristianos.

Todos somos imprescindibles, todos somos piezas clave, todos construimos. Y cuando alguien falta, se nota, se ha de notar, porque perdemos una forma genuina del amor de Dios que se manifiesta a través de esa persona.

Si a la tristeza le sigue la esperanza…

Perdemos una manifestación que deviene en otra. Ahí está la clave. Si a la tristeza le sigue la esperanza y la confianza de nuestra fe, y no nos hundimos en el dolor, seremos capaces de entender, vibrar y unirnos a la común participación de los miembros de la Iglesia, vivos y muertos: la comunión de los santos.

Ángel, Joaquín, Asunción, Serafín, Paquita, Felipe, Cándida, Jacinto, Héctor, Anastasio, Rosa… Estos son algunos de mis nombres, todos ellos se unen a mí en cada Eucaristía, y, gracias a la misión, me abrazan fuertemente cada día.

¿Cuáles son los tuyos? Únete a ellos. Piensa en todos aquellos amigos y familiares que han partido y por los que puedes ofrecer una oración especial o una Eucaristía. 

Artículo elaborado por Blanca Serres.

¿Cómo recordar a un ser querido que ya no está?