— ¿En serio le pides permiso a tu esposa para hacer cualquier cosa?

— ¡Naturalmente que sí!



— ¿Y si te niega el permiso no lo haces?

— ¡Es que habitualmente le pido permiso para hacer cosas que de todos modos me dejaría hacer!



— ¡Pero entonces eres un esclavo de tu esposa!

— No, soy más libre, porque ella me ayuda a no hacer tonterías, dos cabezas piensan mejor que una, y yo confío más en su criterio que el mío…

Hace un tiempo, discutiendo con un amigo, soltero empedernido, tuvimos un diálogo similar al que acabo de relatar. Y a mi amigo soltero empedernido no le entraba en la cabeza que yo pudiera ser tan «dominado» por mi esposa, tan «débil de carácter», como para no tener criterios propios de comportamiento. Lo que derivó en una discusión sobre qué tiene más carácter (o un carácter más controlado) quien obedece o quien desobedece, y luego terminamos discutiendo de cosas irrelevantes.

Lo importante que me quedó de esta discusión, es ese concepto raro de autonomía, como de «hacer siempre lo que quiero», y «ser libre» que tienen idealizados muchos solteros. Que muchas veces los convierte en individualistas casi autistas, en el mejor de los casos, o en misántropos encerrados en sí mismos, en el peor.

Esta conversación quedó resonando en mi cabeza y se me ocurrió hacer una galería, que muestre los beneficios de la obediencia al cónyuge y sobre todo cómo y por qué debemos «pedir permiso» para hacer cosas, en lugar de hacerlas y luego pedir perdón. ¿Suena como de locos?

1. «Sométanse los unos a los otros en el temor de Dios» (Ef 5,21)

San Pablo es bastante claro: tenemos que ser «sumisos», y cada vez que se dice esta palabra, mucha gente piensa que alguien sumiso es alguien débil, alguien sin carácter a quien los demás usan a su gusto y criterio, y luego descartan. Pero San Pablo nos da una pista: «sométanse los unos a los otros», dice, pero inmediatamente aclara «en el temor de Dios».

¿Qué quiere decir esto? Quiere decir en el buscar por todos los medios querer cumplir la voluntad de Dios. No es que el que mande pueda mandar cualquier cosa, tiene que mandar cumpliendo la voluntad de Dios, y el que obedece, obedecerá sabiendo que cumple la voluntad de Dios.

El Papa Francisco dijo en su catequesis del 11 de junio de 2014:

«Esto es el temor de Dios: el abandono en la bondad de nuestro Padre que nos quiere mucho. ¡Obedecemos a nuestro cónyuge porque sabemos que quiere lo mejor para nosotros!»

2. Pedir permiso nos ayuda a pensar mejor

Chesterton decía que la condición para que dos cabezas piensen mejor que una, es que esas dos cabezas pertenezcan al mismo cuerpo. ¡Y en el matrimonio pasa eso! ¡Somos una sola carne! ¡Somos dos en uno! Y eso es lo hermoso: yo quiero lo mejor para mi esposa, y ella quiere lo mejor para mí.

Y en esa confianza, de que ambos queremos lo mejor para el otro, cuando «pedimos permiso» para hacer algo, lo que estamos pidiendo, también, es consejo y orientación, porque no siempre tenemos una idea adecuada de si lo que queremos hacer, es lo que debemos hacer. Pedir permiso nos ayuda, porque tenemos una visión «binocular» sobre lo que tenemos que hacer.

3. El que manda, tiene que mandar lo que pueda hacer el que obedece

¿Qué? Como estamos buscando el bien de nuestro cónyuge, y en última instancia el bien de la familia, y por lo tanto también nuestro propio bien, cuando nos pidan permiso de algo, tenemos que ver por qué nos piden permiso, y si es algo lícito, casi nunca negarlo.

Porque el que manda arbitrariamente corre el riesgo de que el que obedece, no siempre quiera obedecer. Hay un capítulo hermoso en el principito, que habla sobre un rey que siempre mandaba órdenes razonables. El diálogo que se entabla entre ellos es precioso:

– «Si ordenara a un general volar de una flor a otra como una mariposa, o escribir una tragedia, o convertirse en ave marina, y si el general no ejecutara la orden recibida, quién estaría en falta, ¿él o yo ?

– Sería usted – dijo con firmeza el principito.

– Exacto. Debe exigirse de cada uno lo que cada uno puede dar – prosiguió el rey. – La autoridad se fundamenta en primer lugar en la razón. Si ordenas a tu pueblo que se tire al mar, hará la revolución. Yo tengo el derecho de exigir obediencia porque mis órdenes son razonables».

4. Obedecer también quiere decir negociar

Obedecer no quiere decir que todo el tiempo tengamos que quedarnos con la primera opinión de nuestro esposo o esposa. Pedir permiso es una invitación a negociar una solución intermedia que pueda satisfacer a ambos.

Si yo me quiero ir todo el fin de semana de pesca, pero hay muchas cosas que hacer durante el fin de semana, mi esposa me puede recordar esas obligaciones, y «permitirme» ir con los niños a pescar viernes y sábado, con la condición de volver el sábado a la tarde, para el domingo hacer todos juntos las cosas necesarias e ir a misa juntos. Este tipo de negociaciones nos ayudan mucho a apoyarnos mutuamente, para que ambos podamos hacer muchas cosas más.

5. La obediencia también nos ayuda a ser más humildes

Muchas veces queremos hacer cosas por capricho. Nos creemos que «nos merecemos» alguna actividad, o que la necesitamos, cuando en realidad lo que queremos es salirnos con la nuestra y no hacer otras cosas más importantes que sí deberíamos estar haciendo.

Esa «libertad y autonomía» que muchas veces reclaman los solteros, son nada más que formas sutiles de disfrazar la pereza o el capricho, y nuestro cónyuge pasa a ser la voz de nuestra conciencia, (y en última instancia la voz de Dios).  Y es entonces cuando la obediencia se convierte en una virtud hermosa, en la que a pesar de que queremos hacer algo placentero, hacemos algo arduo, y el matrimonio toma el sentido sacramental, es decir, el sentido de la santificación personal de los cónyuges.

El matrimonio es una gran fuente de santificación, porque nos obliga a «vivir para otro», y en eso consiste la santidad: no hay mayor amor que dar la vida por el otro. Lo maravilloso del matrimonio es que no es sólo que yo doy la vida por mi esposa: al mismo tiempo ella da la vida por mí. Al donarnos los dos por completo, ambos obtenemos un trato justo, es decir que obtenemos todo. Por eso casarse es la aventura más increíble y maravillosa, porque nos hace dar lo mejor de nosotros mismos en servicio del otro.

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