tribulaciones

En estos días me recomendaron escuchar la canción «Desert Road», que es de una banda cristiana de rock, Casting Crows. Aunque sus integrantes son evangélicos y su vocalista principal, Mark Hall, es un pastor que lidera a jóvenes en su iglesia, la canción me llamó mucho la atención porque expresa lo que todos en algún momento hemos vivido: desesperación, confusión, tribulaciones. En una sola palabra: desierto.

Y aunque no sepamos hacia dónde nos llevará el camino del desierto, confiamos en que en Jesús siempre podemos depositar nuestra esperanza, porque Él nos ayuda a darle un sentido distinto a todo lo que vivimos.

Fuego de las pruebas y tribulaciones

En las primeras frases de la canción, el compositor dice que no quiere escribir esta canción ni que el dolor sea su historia. Y me detenía a reflexionar que muchas veces, aunque disfrutamos lo que hacemos, como este compositor a quien le gusta escribir y cantar sus propias canciones, nosotros creemos erróneamente que nada de lo que hacemos tiene sentido o importa.

Que Dios no nos ve o cuida. Despertamos cada día con zozobra y vacío en el corazón. Cargamos un dolor en el alma, ya sea por algo que estamos atravesando en ese instante o porque llevamos mucho tiempo arrastrando capítulos de sombras en nuestra historia. Sin permitir que el Señor, con su inefable amor, haga suyas nuestras heridas y las cure.

En la primera carta de San Pedro 4,12.13 se nos dice: «No se extrañen al verse sometidos al fuego de la prueba, como si fuera algo extraordinario. Al contrario, alégrense de tener parte en los sufrimientos de Cristo…».

¿Cómo que Dios me invita a la alegría por la prueba? ¿Acaso San Pedro se ha vuelto loco? Los seguidores de Jesús a veces creemos de forma equivocada que, por seguirlo, tenemos una especie de traje blindado donde nada malo nos va a ocurrir. Nos ha costado aceptar que Jesús vino y vivió tal como nosotros lo hacemos.

Él experimentó en su propio cuerpo nuestro dolor y cargó con nuestro pecado. En este proceso jamás dijo que no íbamos a tener tribulaciones. Por el contrario, nos sigue invitando a seguirlo, a vivir como Él, que también sintió en carne propia el dolor y la angustia, con la diferencia de que lo asumió con paz y oración.

Dios nos encuentra en el desierto

¿Has estado alguna vez en el desierto? ¿O has experimentado estar caminando bajo el sol en una ciudad veraniega? Yo vivo en una ciudad tropical, donde el clima tiene un promedio de 30° centígrados durante todo el año. Caminar bajo el sol del mediodía en los meses más calurosos es sofocante y ardiente, genera sensación de cansancio y mucha sed.

El desierto como lugar físico es deshabitado, pedregoso, donde hay poca lluvia y vegetación. El sol es implacable, el calor es fuerte y sofocante, la lluvia escasa y hay poca agua para refrescarse.

La imagen del desierto en nuestra vida se ve reflejada en el momento de conflicto y prueba, cuando nos sentimos resecos por dentro, cansados, sin coraje.

En el desierto, la vida nos aplasta. Las distintas situaciones nos superan, no hay luz ni un norte hacia donde caminar. Estamos convencidos, extrañamente, de que todo empeora en vez de mejorar. No entendemos el propósito de Dios en lo que vivimos y dudamos incluso de nuestra fe, de si Dios está realmente con nosotros.

Aunque sí es un lugar de mucha presión, tentación y duda, recordemos que Jesús también fue atormentado en el desierto.

Sin embargo, el desierto también es el lugar propicio donde el Señor nos encuentra y nos llama a regresar a Él. «Lo encontró en el desierto, en la soledad rugiente, lo cubrió con su manto, lo alimentó y cuidó de él, lo guardó como a la niña de sus ojos» (Deuteronomio 32,10).

Jesús, Pan de Vida

Jesús se ha quedado con nosotros, Él se hace presente en el Santísimo Sacramento del altar para estar también en medio del sufrimiento y nuestras pruebas y tribulaciones.

Aunque el desierto se sienta muy agotador, Él se llamó a sí mismo Pan de Vida. Ha prometido que si acudimos a Él, nunca tendremos hambre ni padeceremos sed (Juan 6, 35).

En ese lugar sagrado, de silencio y de encuentro, puedo derramar con toda confianza y honestidad mis lágrimas, sabiendo que soy consolado.

Puedo hacer mi oración, aunque crea que carece de forma, porque a pesar de todo esto, será respondida. O puedo solo estar ahí frente a Él, sin decir nada, sin aparentemente «esperar nada», entregándole mi corazón quebrantado.

Porque, como escribió santa Teresa de Lisieux (santa Teresita), «hay cosas que el corazón siente, pero ni la palabra ni siquiera el pensamiento, pueden llegar a expresar».