Me sorprendo cada día más de cómo muchas realidades dejan de conmovernos, cuestionarnos y ante las cuales nos volvemos indiferentes o muy duros. Sin embargo, hay una ante la cual difícilmente no puede uno conmoverse: el dolor y el sufrimiento de los niños. Tendríamos que estar muy enfermos del corazón para no sentir pena cuando un niño, inocente y frágil sufre.

Una de las experiencias que he tenido al encontrarme con niños con enfermedades graves e incurables es que ellos “saben” más que los que estamos alrededor, son unos verdaderos maestros que nos enseñan y nos recuerdan qué es lo esencial. Ellos son capaces de mostrarnos un auténtico valor a pesar del sufrimiento, son capaces de conservar la sencillez, la espontaneidad, la alegría, la esperanza, aunque la realidad remita a lo contrario. A veces me sorprendo cómo parecieran que el dolor no es un límite, es realmente confortante verlos jugando, corriendo, saltando en los pasillos del hospital.


El artículo continua después de la publicidad:

Recientemente se ha estrenado un documental que se titula «Ganar al Viento», su directora Anne Dauphine Julliand ha explicado que el título hace alusión a que los niños enfermos, son como capitanes de barco, que pueden usar el viento y gobernarlo. La inspiración que ha tenido y la ha motivado a llevar a cabo este proyecto es que ella ha sufrido en carne propia la enfermedad y muerte de dos hijas cuando eran muy niñas.

Anne decide contar la historia de cinco niños que tienen en común la experiencia de padecer enfermedades graves, que han implicado hospitalizaciones, intervenciones, tratamientos complejos. La idea es que ellos respondieran la siguiente pregunta: ¿qué quieres enseñarnos de tu vida? ellos mostraban sus partidos de fútbol, sus sesiones de teatro, su vida en casa, en el hospital, etc. Los niños son los únicos protagonistas, nadie cuenta su historia, son ellos mismos de manera natural, espontánea, sin “actuaciones” que nos permiten entrar en su cotidianidad. La enfermedad les cambia su rutina diaria, pero el hecho de estar enfermos no les roba su alegría, su capacidad de divertirse, de soñar y las ganas de vivir cada día, disfrutando el presente sin angustiarse por el futuro, sin aferrarse a planes y proyectos, simplemente viviendo el hoy.


El artículo continua después de la publicidad:

Creo que esta es una de las principales enseñanzas de estos pequeños maestros: aprender a vivir el hoy, valorar lo esencial y fundamental de la vida, cosas que a veces se nos pasan sin que nos demos cuenta, por culpa de la rutina, de los ritmos acelerados, por tener mucho que hacer. Se nos olvida la importancia de los pequeños detalles, que a veces contienen lo que realmente importa. Hace pocos días me enviaron una especie de meme, que decía algo que me hizo pensar en esto que menciono: Un par de personajes conversaban entre ellos. Uno le pregunta al otro: –¿qué día es?–, el otro responde: –Es hoy,  mi día favorito–.

Aprendamos de esta sabiduría de los niños, de su inocencia, transparencia, de su capacidad de ver lo esencial. Por algo Jesús nos remitía a ser como ellos, pues el que «es como niño entrará en el reino de los cielos» (Mt 18,3).

Que ninguna circunstancia adversa, que ningún problema o dificultad nos apague el espíritu, a pesar de que las situaciones se vean muy oscuras y confusas, siempre hay espacio para que entre la luz que es capaz de iluminar y encender nuestras vidas. Seamos como niños, vivamos con alegría y esperanza nuestro hoy.

Para terminar quisiera compartirles algo: hace unos días falleció unos de mis pequeños pacientes, fue un gran maestro! Al momento de su muerte una de mis colegas elevó al cielo esta bella oración que reconoce lo que los niños tienen para enseñarnos.

Alas de ángel (por Javier Leoz)

«Dicen que, cuando un niño cierra los ojos en el mundo, un nuevo ángel nace en el cielo. Que cuando sus manos se cierran en la tierra, dos alas se despliegan en la eternidad. Dicen, que cuando un niño deja de palpitar, un corazón limpio y puro late junto al de Dios. Que cuando dos pies virginales dejan de caminar, un gran sendero, con flores y plantas, espera en lo más alto de la cumbre. Dicen, que cuando un niño deja de vivir, Dios lo recoge para que siga viviendo eternamente. Porque, un niño, es promesa e ilusión. Es futuro y es siembra. Es mañana y es sonrisa. Es juego y travesura. Y, por ello mismo, porque es esperanza, un niño nunca deja de existir, sino que vive. Vive porque Dios, como creador, no permite una obra inacabada, no quiere que algo suyo quede injustamente en el olvido, desea, que este mundo nuestro sea adornado por la belleza y la candidez, la alegría y la espontaneidad … de un niño. Por eso, un niño, cuando cierra los ojos prematuramente, un nuevo ángel nace en el cielo, dos alas se despliegan en lo alto, un canto angelical se oye en el firmamento, un susurro celestial sostiene la tristeza del momento. Hoy, un ángel, existe en vuestra familia, en vuestro corazón, en vuestra fe, en vuestra esperanza».