«La tradición consiste en la transmisión del fuego, y no en la adoración de las cenizas». Esta es una frase que frecuentemente se atribuye a G.K Chesterton.

La frase, con la típica agudeza chestertoniana nos pone frente a una pregunta que habitualmente las personas que detestan las «tradiciones» nos hacen cuando nosotros, los que nos aferramos a tradiciones viejísimas, hacemos despliegue y muestra de nuestras queridas tradiciones:

¿Por qué celebramos tradiciones «ajenas» de culturas «foráneas» como si fueran propias?

Por ejemplo, la «tradición» de comer comidas hipercalóricas (aptas para el invierno europeo) en el hemisferio sur, donde a la sombra hacen 35 grados centígrados… no parece una tradición muy razonable, ¿verdad? O poner un pino, y simular que sus hojas están cubiertas de nieve cuando afuera los pájaros se derriten del calor…. tampoco parece tener mucha lógica.

Los católicos estamos plagados de tradiciones que no tienen mucho sentido, como la de los huevos de chocolate para Pascua, o las Roscas de Reyes para la fiesta de Epifanía, etc. ¿De dónde nacen estas tradiciones?

¿Por qué las conservamos aun cuando algunas de ellas no tienen ni el más mínimo sentido y nosotros lo sabemos?, ¿qué tendrá que ver un conejo que esconde huevos con la Gloriosa Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo?

¿Es casualidad esto que sucede con la religión católica?

¿Por qué Jesús es el centro de la Navidad?

No. El catolicismo es una religión «encarnada». Es una religión que no solo no desprecia al cuerpo, sino que lo incorpora como parte crucial de las devociones.

Así, por ejemplo, al entrar a una Iglesia donde el Santísimo está en el tabernáculo, hacemos una genuflexión, a lo que muchos hermanos separados llaman «calistenia católica».

Nos hacemos la señal de la cruz, nos arrodillamos y nos paramos durante partes de la santa misa, y hacemos muchas cosas con nuestro cuerpo que son importantísimas para nuestras devociones.

También hacemos peregrinaciones, ayunos, y todos nuestros Sacramentos tienen una parte «física» que nos hace visibles las realidades espirituales.

Instaurare Omnia in Christo

Nuestra religión parte de un Dios hecho Carne: «Y el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros». ¡Un Dios materializado! ¡Un Dios que, sin dejar de ser verdadero Dios, se hace verdadero hombre!

¿No es esto como para volverse locos? Pues la locura de Dios, ni más ni menos. Nadie iba a poder salvarnos, y Dios eligió esa locura para poder hacerlo. ¡Dios está loco de amor por nosotros!

A lo largo de toda la historia, la Iglesia fue encontrando realidades materiales que se fueron incorporando como «tradiciones». Algunas de ellas, instauradas por Nuestro Señor fueron los Sacramentos, como la Eucaristía.

«Esto es mi cuerpo, esto es mi sangre»… No por nada, los sacramentos son «signos sensibles y eficaces de la gracia». Sensibles, es decir, visibles, palpables, se pueden oler, se pueden gustar, etc.

Cuando la celebración oculta al misterio

Hay fiestas cristianas que «se han vuelto locas» como también decía Chesterton de las herejías. «Las herejías son verdades que se han vuelto locas».

Y algunas fiestas litúrgicas se han comercializado tanto, se ha batido tanto el parche con respecto a la celebración, que hemos perdido de vista la celebración del misterio.

La que más loca se ha vuelto, ha sido la víspera de la solemnidad de todos los fieles difuntos, que de fiesta litúrgica para celebrar a nuestros antepasados difuntos, se convirtió en una celebración pagana.

Totalmente ridícula, llena de brujas, hechiceros, ogros y disfraces que nada tienen que ver con la vieja costumbre cristiana de rezar por los fieles difuntos, y visitar los cementerios para obtener una indulgencia plenaria.

¡Esto mismo pasa con la Navidad! Cuando vemos las locuras de las compras, cuando vemos que el que toma protagonismo es un señor gordo vestido de rojo. Cuando vemos que son más importantes los regalos que los villancicos, tenemos miedo de que esa tradición hermosa de celebrar la Navidad en familia se «vuelva loca» también.

De que el símbolo termine tapando al simbolizado, o para decirlo de un modo más concreto, que la celebración oculte al misterio. ¿Cómo estás viviendo esta Navidad?, ¿con Jesús en el centro o con Jesús en el olvido?

La Navidad es la solemnidad del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo

¿Por qué Jesús es el centro de la Navidad?

¿Qué es lo que hace que la Navidad sea la Navidad? La Navidad es la fiesta de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo. Ni más, ni menos que eso.

Si todas las tradiciones que rodean a la Navidad nos sirven para recordar este hecho central, pues ¡bienvenidas las tradiciones Navideñas!

El papa Francisco dijo en su Audiencia General del 27 de diciembre de 2017: «En nuestros tiempos, especialmente en Europa, asistimos a una especie de «desnaturalización» de la Navidad.

En nombre de un falso respeto que no es cristiano, que a menudo esconde la voluntad de marginar la fe, se elimina de la fiesta toda referencia al nacimiento de Jesús.

Pero en realidad ¡este evento es la única verdadera Navidad! Sin Jesús no hay Navidad; es otra fiesta, pero no la Navidad. Y si en el centro está Él, entonces también todo el entorno, es decir las luces, los sonidos, las distintas tradiciones locales.

Incluidas las comidas características, todo contribuye a crear la atmósfera de la fiesta, pero con Jesús en el centro. Si le quitamos a Él, la luz se apaga y todo se convierte en fingido, aparente».

Que esta Navidad, el centro del festejo sea Jesús

¿Por qué Jesús es el centro de la Navidad?

Tenemos un motivo para celebrar la Navidad: Jesús. Que este Adviento sea un momento propicio para celebrar la Navidad y a aquél por el que la Navidad es celebrada.

Recemos y preparemos el corazón para que el amor de Dios llegue a todos los corazones, especialmente a aquellos que no tienen un motivo para celebrar.

¡Vivamos el Adviento de modo que el Niño Jesús vuelva a nacer en el pesebre, y también en nuestros corazones!