Siempre me ha dado un poco de temor hablar en público. Incluso luego de haber hecho mil presentaciones todavía minutos antes de salir, necesito respirar y contar hasta 10. Cuando voy a un cumpleaños de niños y el animador me invita a salir a bailar con mi hijo siento unos nervios terribles, me vuelvo a sentir una niña y automáticamente busco a mi madre. Sí, es para reírse.

Cuando esta situación se sale de control al punto de paralizar a la persona y prácticamente privarla de eventos hermosos, conocer personas y desarrollar sus propios talentos, en no pocos casos se recurren a sustancias desinhibidoras y estimulantes como el alcohol y las drogas, para poder superar este miedo y relacionarse con los demás. Cuando descubrimos esto es necesario pedir ayuda, e incluso ayuda profesional.


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Normalmente el miedo social responde a un perfeccionismo excesivo, a necesitar hacer todo, y muy bien. Esto en el fondo esconde inseguridad, baja autoestima y cuando nos exponemos a los demás automáticamente sale el juez evaluador que vive en nuestra mente y pensamos que el resto nos debe estar juzgando por las cosas negativas que hacemos o en los errores que comentemos.

Este post no pretende ser un remedio para una fobia social (como trastorno psicológico) sino para aquella ansiedad frecuentemente confundida con timidez que algunas personas tienen (tenemos), y para compartir con ustedes algunas prácticas que pueden ayudar.

1. Aceptar lo que piensas para cambiar lo que piensas


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Producto de esta conducta perfeccionista de siempre querer agradar a los demás para sentirse querido y aceptado, en el minuto en que sentimos que algo hacemos mal, o que algo en nuestra apariencia no es lo “adecuado”, el miedo nos embarga, nos paralizamos y preferimos ocupar el último sitio en la clase o el lugar donde pasar desapercibido en una reunión social. El primer paso para superar esto es aceptar que lo que estamos pensando. Querer hacer todo perfecto y agradar a todos ¡es imposible! Solo una vez que aceptamos que este pensamiento es irreal podemos dar el primer paso para cambiar.

2. Cambiar lo que piensas para cambiar lo que haces

Hay muchas maneras en que se manifiesta este pensamiento que espera que todo salga bien. Los pensamientos van a influir en lo que sentimos y lo que sentimos influirá en cómo actuamos. Así cambiando lo que pensamos podemos cortar este círculo y cambiar nuestra conducta. Entonces es necesario: identificar tus pensamientos para poder confrontarlos y finalmente reemplazarlos con pensamientos realistas.

Los pensamientos irreales pueden ser del siguiente tipo:

Leer la mente: Te crees muy intuitivo y supones lo que piensan los demás. “Seguro cree que mi vestido es horrible”.

Predecir el futuro: Seguro eres familia de algún profeta y crees que puedes ver el futuro. Saliendo de casa piensas: “Hoy seguro algo malo va a pasar”.

Pensamiento catastrófico: Piensas que todo lo que va a suceder es malo. Por ejemplo, suena el teléfono y automáticamente piensas que son malas noticias.

Tomarse todo personal: Cualquier gesto del otro crees que tiene que ver contigo, desde una mirada hasta cualquier gesto con el cuerpo, tiene que ver contigo. Si alguien viene serio en automático piensas que su seriedad tiene que ver con algo que hiciste y tal vez el otro venga de un mal día, simplemente.

3. Buscar los pensamientos realistas

Una vez que identificas el tipo de pensamiento es necesario confrontarlo con la realidad. ¿Cómo podrías saber lo que el otro está pensando?, ¿o cómo estás tan seguro que hoy será un mal día? Tal vez quien llama al teléfono es un amigo para decirte que te extraña y esa persona que viene con la cara seria necesita de una palabra de aliento…

Para confrontar tus pensamientos necesitas preguntarte a ti mismo cómo puedes estar seguro al 100% de que lo que estás pensando es cierto, qué evidencias tienes sobre eso, cuántas veces te ha pasado en la vida. Al confrontar tus pensamientos con la realidad poco a poco te irás dando cuenta que las creencias que tienes en la mente son simplemente eso, creencias y la realidad, la mayoría de la veces, es muy diferente.

4. Cortar el perfeccionismo

Es necesario que sepas de una vez y por todas que no vas a poder hacer todo bien. ¡Es imposible! No es posible tener la casa perfectamente ordenada, cocinar sin ensuciar, que tus niños tengan el cuarto ordenado y con los juguetes ordenadísimos, que tu apariencia personal sea la de catálogo de revista, que todo vaya bien en tu trabajo, que tu conversación sea la más interesante y entretenida de todas… en fin. Nunca vas a poder tener a todos contentos. Empieza por mirarte y descubrir tus fortalezas, tus debilidades y abrazarlas con todo tu corazón.

5. Salir poco a poco

Otro ejercicio que complementa el cambio de pensamiento es exponerse gradualmente a las situaciones que te ponen tenso. Por ejemplo, si te resulta difícil estar en reuniones sociales con mucha gente, empieza primero imaginándote la situación, ensayando algún diálogo corto de saludo y en lugar de ir a reuniones con muchísima gente empieza a ir a reuniones pequeñas con gente que conozcas. Poco a poco anda incrementando tu círculo.

6. Perder el miedo a equivocarse y siempre pedir perdón

Si tu temor es el de cometer un error “imperdonable” recuerda que eso no existe. Siempre puedes pedir perdón, disculparte por haber cometido un error. Verás que los errores (que tu crees que son irremediables a los ojos de los demás) podrían pasar desapercibidos, e incluso como algo sin mucha importancia. Y de seguro que siempre podrás hacer algo para remediarlo.

7. Dejar que el otro sea el que hable. Aprender a preguntar

Si tienes miedo a hablar con extraños, es decir a ser tú el que hables porque te cortas hablando porque no eres muy bueno contando historias, aprende a preguntar. Ensaya preguntas abiertas. Las preguntas abiertas son aquellas que no se pueden responder con un sí o con un no, o con cualquier monosílabo, sino que requieren contar cosas. Por ejemplo, en lugar de preguntar: ¿En qué trabajas? puedes preguntar: ¿Me puedes contar en qué consiste tu trabajo? Ensaya preguntas en que el otro tenga espacio para hablar, verás como los diálogos se van dando cada vez más con mayor naturalidad.

8. Siempre es un buen momento para empezar

Recuerda que nadie sabe todo, ni nadie puede hacer todo a la perfección, el único perfecto es nuestro Padre celestial que con su infinito amor, nos ama como somos, nos perdona siempre y nos ayuda a empezar una y otra vez. Puedes empezar en cualquier momento y cuantas veces sea necesario, la vida se trata de un volver a empezar una y otra vez. Siempre es un buen momento para empezar.

¿Qué otros tips se te ocurre que podrían ser útiles para aprender a relacionarnos con los demás? Compártelos en los comentarios 🙂