Nuestra sociedad moderna (o post-moderna si se prefiere) se caracteriza de manera evidente por su gran aceleración. Entre muchas de las causas que han favorecido este dinamismo sin duda las nuevas tecnologías han jugado, y juegan aún, un rol fundamental, pues han dado paso, entre otras cosas, a una simplificación y agilización de una serie de procesos o mecanismos: de fabricación, de comunicación, de transacción, etc, que a su vez han permitido el nacimiento de una economía globalizante y virtual que muchos, con bastantes motivos, ven como la tercera (o cuarta) revolución industrial.

Esta ágil globalización sin aparentes límites, sin embargo, se convierte con facilidad, en un pesado y limitante yugo cuando se extrapolan sus principios a otras dimensiones de la vida que no responden a las coordenadas o estructuras de lo productivo. Los problemas comienzan, de hecho, cuando una mentalidad pragmática y utilitarista conquista también nuestra manera de percibir o contemplar las estructuras espirituales de la realidad. En estos casos, casi sin darnos cuenta comenzamos a proyectar las mismas expectativas de eficiencia, velocidad, control y prolijidad, sobre ciertas dimensiones de la vida en las que dichas categorías no son ni sinónimo, ni medida, de éxito o de progreso. Estos son algunos consejos sobre los que vale la pena reflexionar para evaluar nuestra relación con Dios:

1.Replantea la velocidad con que esperas obtener los favores de Dios

En el ámbito de las relaciones interpersonales, de la educación familiar o de la vida espiritual, por nombrar solo algunas, las coordenadas del pensamiento técnico se muestran del todo insuficientes, tergiversando y entorpeciendo nuestra percepción del misterio que envuelve dichas realidades. Este es quizá uno de los motivos por el que tantas personas muy competentes y exitosas en el ámbito laboral, fracasan rotundamente en el ámbito espiritual, donde lo que cuenta no es la cantidad ni la velocidad, ni tampoco los resultados inmediatos, sino la calidad y la profundidad de las relaciones.

Con respecto a nuestra apertura y cooperación con la gracia, por ejemplo, que se gesta en la intimidad de las misteriosas estructuras de nuestro corazón, son más bien el recogimiento, la gratuidad y la contemplación las actitudes que acompasan y dictan el éxito y el progreso de los tiempos de Dios. A esto se debe tal vez, que sea tan difícil para los que tienen riquezas, entrar en el Reino de Dios (Lc18, 24).

2. Mi tiempo no es el mismo tiempo de Dios

Un ejemplo claro es pretender tener el poder de resolver y controlar estas dimensiones con facilidad y rapidez, como hacemos tantas veces a través de una nueva aplicación que nos permite comunicar, contactar, pagar, transar, etc, todo con un simple “click”, entonces estamos por el camino equivocado. No es infrecuente que personas bien intencionadas busquen métodos, ejercicios o estrategias para su vida espiritual (o para su apostolado) adoleciendo propio de este vicio. Entran al Santísimo con una pila de libros como quien busca resolver los problemas en pocos minutos y con sus propias fuerzas. Pero con Dios las reglas son otras, incluso tantas veces inversamente proporcionales a las reglas del mercado: aquí las dificultades, los errores, los sufrimientos y los tiempos largos, son más bien la condición, no para resolver, sino para ser «resueltos» por la gracia de Dios.

Estos límites, si son bien aceptados, nos dan acceso al gran misterio de la Cruz de Cristo, es decir, a la profundidad incolmable de su amor. Entonces crecemos de verdad a nivel espiritual y aprendemos en la humildad lo que significa que Dios es el dueño de nuestras vidas (del tiempo y del espacio).  

3. Dejemos que sea Él quien lave nuestras heridas

Si somos totalmente conscientes de que Dios es el capitán de nuestro barco, pueden surgir también auténticas relaciones con los demás, pues nadie da lo que no tiene. Solo podemos amar al prójimo como nos amamos a nosotros mismos, y solo podemos amarnos a nosotros mismos con profundidad si es que, descubriéndonos necesitados, incapaces, frágiles, pecadores y limitados, nos abrimos repetidamente con paciencia, lentitud y fatiga, a la misericordia de Dios.

Esa misericordia que nos salva, perdonándonos, y nos perdona amándonos; esa misericordia que una y otra vez nos lava y sana las heridas en una fragua eterna, permitiéndonos vivir lo que enseñaba el Maestro: “ha amado mucho, porque mucho le ha sido perdonado” (Cfr. Lc7,47). Es en estas dimensiones, espacios o estructuras del Espíritu donde se juega por sobre todo nuestra felicidad y la verdadera transformación, revolución o progreso del mundo, porque otras son las medidas donde nace, germina y crece el pequeño Reino -de noche, de manera casi imperceptible, como una brisa ligera- lo demás se nos dará por añadidura (Cfr. Lc12,31).   

La riqueza de una relación viva con el Espíritu de Dios es un regalo inmenso que no podemos dejar pasar, si quieres profundizar en el tema puedes hacer click en la conferencia. Pídele a Dios en este momento que llene tu corazón de paciencia para esperar desde el amor y no desde la inmediatez.