therians

Quiero hablarte de un fenómeno que probablemente ya has visto en redes sociales o en el aula: jóvenes que se identifican como therians, es decir, personas que afirman experimentar una identidad parcial o profunda con un animal no humano.

Algunos therians usan máscaras, colas o gestos que expresan esa identificación; otros hablan de una vivencia interior más compleja, ligada a la percepción de sí mismos. Te comparto un short de YouTube con el que me topé, que intenta explicar este fenómeno… luego lo analizamos juntos.

Como padre de familia, catequista, profesor o agente de pastoral, no puedes ignorar este fenómeno ni abordarlo con burla o descalificación. Detrás de cada tendencia cultural hay una pregunta humana auténtica. Este reel en Instagram lo plantea de manera interesante.

Y detrás de cada pregunta humana hay un corazón que busca comprender quién es. Quiero proponerte que veamos esta tendencia no como una excentricidad aislada, sino como un síntoma de una pregunta más profunda: ¿qué significa ser persona?, ¿qué es la identidad?

La identidad no es una sensación: es una realidad recibida

Vivimos en una cultura que ha desplazado la identidad del ámbito ontológico al ámbito emocional. Hoy se suele asumir que «soy aquello que siento ser». Sin embargo, desde la filosofía clásica hasta la antropología contemporánea, la identidad no se entiende como una construcción arbitraria, sino como una realidad que se recibe y se descubre.

Aristóteles afirmaba que cada ser tiene una naturaleza que define su esencia (Metafísica, IV). No somos lo que imaginamos ser, sino lo que somos por naturaleza.

De modo semejante, santo Tomás de Aquino sostiene que la persona humana es una unidad sustancial de cuerpo y alma (Aquinas, Summa Theologiae, I, q. 76). No somos un alma atrapada en un cuerpo, ni un cuerpo sin interioridad: somos una unidad inseparable.

Más recientemente, el filósofo personalista Karol Wojtyła —luego san Juan Pablo II— afirmó que la persona no se autoconstruye desde la nada, sino que se realiza a partir de una naturaleza dada (Wojtyła, 1979). La libertad no inventa el ser; lo despliega. Cuando un joven dice «soy un lobo», «soy un gato» o «no soy completamente humano», lo que escucho no es simplemente una afirmación identitaria alternativa. Escucho una tensión entre experiencia subjetiva y realidad ontológica. Como acompañantes, nuestra tarea no es negar o condenar la experiencia, sino iluminarla.

La antropología: el ser humano es simbólico, pero no intercambiable

Desde la antropología cultural sabemos que el ser humano siempre ha utilizado símbolos animales para expresar rasgos psicológicos o espirituales. Las culturas antiguas hablaban del águila como símbolo de altura espiritual o del león como símbolo de fortaleza.

Pero hay una diferencia esencial entre simbolizar y ontologizar. Identificarse simbólicamente con un animal (por ejemplo, «me siento fuerte como un león») no equivale a afirmar una identidad ontológica no humana.

En un estudio de 1973 (The Interpretation of Cultures), el antropólogo Clifford Geertz describía al ser humano como «un animal suspendido en redes de significado que él mismo ha tejido».

Somos seres simbólicos, pero eso no elimina nuestra naturaleza humana; la presupone. Incluso desde la biología y la psicología evolutiva contemporánea, el ser humano se distingue por su autoconciencia reflexiva, su capacidad moral y su lenguaje simbólico complejo (Tomasello, 2014). La diferencia no es solo de grado, sino cualitativa. Negar esa diferencia no amplía la identidad humana; la diluye.

¿Qué está pasando entonces con los therians?

Quiero invitarte a mirar este fenómeno desde una perspectiva más profunda: muchos jóvenes viven una fragmentación interior. Sienten desconexión entre su cuerpo, su mundo emocional y su sentido de pertenencia.

El sociólogo Zygmunt Bauman hablaba de la «modernidad líquida» como un tiempo donde todo es fluido y provisional (Bauman, 2000). La identidad también se vuelve líquida.

En ese contexto, probar identidades alternativas puede parecer una forma de recuperar control o singularidad. Por su parte, el filósofo Charles Taylor explica que vivimos en una cultura donde el yo moderno se percibe como «cerrado», autosuficiente y desvinculado de un orden trascendente (A Secular Age, 2007). Pero esa clausura genera una profunda fragilidad.

Cuando la identidad se separa del cuerpo, del orden natural y del sentido trascendente, la experiencia del yo se vuelve inestable. En esa inestabilidad, cualquier narrativa que ofrezca pertenencia, comunidad o coherencia puede resultar atractiva.

No es casual que muchas comunidades therians surjan y se fortalezcan en espacios digitales. La identidad contemporánea se negocia públicamente en redes. ¿Dónde ha quedado la importancia de la interacción personal con el otro?

¿Qué tiene que decir la Teología del Cuerpo a los therians?

Aquí es donde quiero hacer un puente con nuestra misión apostólica. La Teología del Cuerpo de san Juan Pablo II ofrece una visión radicalmente integradora: el cuerpo no es un accidente biológico ni una prisión; es expresión visible del misterio invisible de la persona (Juan Pablo II, 1981). Si el cuerpo tiene significado, entonces no es intercambiable. No es un disfraz. No es un accesorio.

La identidad humana no es una autoatribución subjetiva, sino una vocación inscrita en nuestra corporeidad. El cuerpo humano habla un lenguaje propio, y ese lenguaje es relacional: estamos hechos para el don, para el encuentro, para el amor.

La crisis contemporánea de identidad no se resuelve con más opciones identitarias, sino con una antropología más profunda. Como decía san Agustín: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (Confesiones, I, 1). La inquietud identitaria no es un error; es un anhelo de plenitud.

¿Cómo acompañar pastoralmente?

Si llegas a encontrarte con el fenómeno de los therians en tu colegio (u hogar), quiero proponerte algunas claves concretas para el apostolado.

  1. Escuchar antes de corregir. Detrás de una afirmación identitaria hay una historia.
  2. No ridiculizar. La burla cierra puertas.
  3. Formarte en antropología sólida. No basta repetir fórmulas; necesitas argumentos.
  4. Presentar la belleza de lo humano. No solo defender una norma, sino mostrar una visión.

Joseph Ratzinger advertía que la crisis contemporánea no es solo moral, sino antropológica (Ratzinger, 2004). Si no sabemos qué es el hombre, no sabremos cómo acompañarlo.

No se trata de una respuesta ideológica a tendencias culturales. Se trata de redescubrir la grandeza de ser persona. Creo firmemente que cuando un joven descubre que su cuerpo tiene significado, que su identidad es don y no accidente, que su historia no es error sino vocación, entonces ya no necesita buscar versiones alternativas de sí mismo.

Nuestra tarea no es combatir fenómenos culturales, sino ofrecer una antropología luminosa. Porque cuando comprendemos quiénes somos, dejamos de buscar ser otra cosa.

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