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Dos semanas atrás tuve la oportunidad de asistir a una conferencia llamada «tatuajes en el corazón: combatiendo la cultura de la violencia». Fue muy impactante poder escuchar de quienes habían padecido historias de vida tan difíciles, cómo el dolor había cambiado totalmente su realidad.

El video completo lo encuentran a continuación, aunque no está totalmente traducido, el testimonio del que hablaré hoy se encuentra en español. Quiero compartir estas historias porque muestran realidades cotidianas, de personas como tú o como yo. Personas que han experimentado situaciones inesperadas y han visto confrontadas su identidad, su fe y sus ganas de vivir. Sin embargo, comentar todas las historias en un solo post lo haría demasiado largo, por eso decidí relatar la primera historia en este post y luego te compartiré las siguientes.


Esta es la primera historia

Tiene apartes en español narradas directamente por su protagonista y comprende los primeros 12 minutos del video. Una madre de familia de origen colombiano abre la conferencia compartiendo los eventos que precedieron al trágico asesinato de su hijo de 23 años en Chicago en 2012. Relata que su ex-esposo decidió terminar su matrimonio luego de 25 años de relación, y la depresión que su hijo de 10 años experimentó luego de este evento, se sumó a su frustración al tratar de buscar ayuda para el en todos los lugares posibles sin éxito alguno. Vio a su hijo involucrado en pandillas durante su juventud y luego ser etiquetado como una «causa perdida» a razón de su vecindario y sus amigos. Rezó con desesperación a Dios cuando sintió que debía prepararse para lo peor, y el dolor de no haber recibido hasta el día de hoy las pertenencias de su hijo la noche en la que fue asesinado, sabiendo que su asesino no pudo ser atrapado.

La decisión de perdonar 

Sin embargo, lo más impactante es escuchar cómo durante la vigilia por la muerte de su hijo, decide expresar en voz alta que había perdonado al agresor, porque entendió el dolor por el que debía estar atravesando y el dolor que experimentaría después de tomar la vida de otra persona. Al ver las miradas rotas entre las personas que asistieron esa noche a la vigilia, reconoció la misma mirada que alguna vez tuvo su hijo, y decidió perdonar a su agresor porque no quería que otras vidas se perdieran a causa de un ciclo de venganza. En ese momento cuenta como dirigió todo el enojo y la rabia que sentía hacia su ex – esposo, lo culpaba en su mente por la muerte de su hijo, sentía en su corazón que él había «apretado el gatillo» años atrás cuando decidió  abandonarla a ella y a sus hijos.

Recuerda que en esa noche decía en oración a Dios: «estos jóvenes que están en esta vigilia necesitan más consuelo que yo. Señor, yo te tengo a ti pero ellos tienen un corazón roto». Esta madre decidió perdonar a quien le había causado tanto daño no porque él lo mereciera, sino y porque su propio corazón necesitaba paz. Y sintió en oración que la única forma de encontrarla en su corazón, sería a través del perdón. Cuenta que la necesidad de encontrar paz le permitió tomar esa decisión en ese momento, y no volver a pensar nunca más en el asesino de su hijo.

El perdón como una gracia de Dios

«El perdón es la gracia de Dios dentro de mi corazón, es capaz de sanar las heridas de la persona que fue agredida, pero también puede milagrosamente transformar el corazón del agresor». La historia de esta madre me recuerda un poco el amor y el perdón de Dios hacia nosotros, no basado en méritos sino derramado de manera infinita y sin condiciones.

Cada ser humano reacciona de una manera distinta frente a aquello que le causa dolor, y muchas veces pareciera que el dolor nunca se irá de nuestro lado. Aun así, esta es una historia de redención, de esperanza, de saber que aunque el dolor pareciera no querer irse de nuestro lado, puede también convertirse en una oportunidad de sanación y transformación para quienes están a mi alrededor. Una oportunidad de ver el sufrimiento de otros y brindar esperanza, recordando el pregón pascual: «Será la noche clara como el día, la noche iluminada por mí gozo».


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