«Tenía tanto que darte» es un video que nos presenta números. De pronto, 88.269. No parece significar mucho. En España, sin embargo, ese es el número oficial de abortos registrados durante el 2020. ¿Sabes cuál es el número real de abortos en tu país?, ¿en tu ciudad?, ¿en tu círculo social?

Como católicos, sabemos que la tragedia de la pérdida de vidas no se reduce a aquellas que han sido truncadas antes de nacer, sino que abarca también a aquellos que son descartados antes de morir.

El video que les traemos hoy es parte de la campaña «Tenía tanto que darte» de la Fundación +Vida. En él, se hace hincapié de las 88.269 personas eliminadas en España antes de nacer.

Y aunque este es un problema muy importante en nuestra sociedad, queremos -en las siguientes líneas- ofrecerles algunos recursos que nos lleven a contemplar esta problemática desde una perspectiva más amplia. Para ello, consideraremos algunos recursos de nuestra fe, incluyendo la Doctrina Social de la Iglesia.

«Tenía tanto que darte». Responder ante la injusticia no solo con la denuncia

La defensa de la vida en todas sus etapas debe ser nuestro estandarte. Por mucho tiempo, esta defensa se ha centrado solamente en la fuerte oposición al aborto, su denuncia pública o en la participación de marchas pro-vida. Todas estas iniciativas son buenas y necesarias, pero no son suficientes.

Hay que tener en cuenta que la tragedia del aborto no es un fenómeno puntual que ocurre en el vacío, sino que es consecuencia y se alimenta de una sociedad individualista, injusta y ciega a las necesidades de los más frágiles. En este contexto, el papa Francisco nos pide «no permanecer indiferentes» como sociedad.

La respuesta a la injusticia y a la explotación «no es sólo la denuncia, sino -sobre todo- la promoción activa del bien» «en todos los ámbitos de la vida social, las relaciones, el trabajo, el compromiso civil, la relación con la creación y la política».

En este punto, vale la pena recordar las palabras de Elie Wiesel, famoso escritor sobreviviente del holocausto: «Lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia». Ya nos mostraba esto mismo nuestro Señor cuando nos hablaba del buen samaritano o cuando el apóstol Santiago escribía:

«Hermanos, si uno dice que tiene fe, pero no viene con obras, ¿de qué le sirve? ¿Acaso lo salvará esa fe? Si un hermano o una hermana no tienen con qué vestirse ni qué comer y ustedes les dicen: «Que les vaya bien, caliéntense y aliméntense», sin darles lo necesario para el cuerpo; ¿de qué les sirve eso? Lo mismo ocurre con la fe: si no produce obras, muere solita. Y sería fácil decirle a uno: «Tú tienes fe, pero yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin obras, y yo te mostraré mi fe a través de las obras. ¿Tú crees que hay un solo Dios? Pues muy bien, pero eso lo creen también los demonios y tiemblan» (Stgo 2, 14-19).

«Tenían tanto que darnos y no hicimos nada»

Cómo dice el apóstol Santiago. «Tenía tanto que darte» dice esta campaña, pero ¿de qué nos sirve condenar el aborto, hacer campañas de concientización (en el mejor de los escenarios) o simplemente juzgar y condenar a las mujeres en esa situación (en el peor de los casos)? ¿De qué nos sirve hacer todo eso si no les ofrecemos una tabla de salvación que puedan utilizar, recursos concretos que las ayuden? Por supuesto, no me refiero solo a dinero; logísticamente, no nos sería posible.

Pensemos en el testimonio de Michelle Ortiz, una joven española que, en el 2017, estaba a punto de abortar. Tenía solo 19 años y recibía la presión de su madre y de su enamorado para hacerlo. No tenía el apoyo de su entorno y vio en el aborto la única salida.

Ya casi en la puerta de la clínica, una desconocida (Marta) se le acerca y le pregunta: «¿qué necesitas para no abortar?». Una pregunta que puede ser tan simple, pero que fue para Michelle tan poderosa. Una pregunta que le abrió la mente a otras posibilidades, le cambió la vida y le salvó la vida a su hija y a ella misma. Hasta hoy, Michelle y Marta continúan en contacto.

Aquí podemos parar un momento y preguntarnos: ¿somos Marta en la vida de alguien? ¿Tenemos el amor suficiente para salir de nosotros mismos, acercarnos a otra persona, darle esperanza y ofrecer acompañamiento?

Esta actitud no se trata de dinero, se trata de apertura a los demás, se trata de forjar a nuestro alrededor la cultura del encuentro.

En el video, utilizaban esta frase: «Tenían tanto que darnos y no hicimos nada». No nos fijemos solamente en esas 88.269 vidas perdidas, veamos a las mujeres que han tenido que padecer esa pérdida, a las familias tocadas por esta tragedia y tratemos de ver qué hay detrás.

Intentemos ver también cómo nuestra propia indiferencia e inacción ha contribuido en la construcción de una sociedad que nos empuja a la cultura de descarte. En nuestra fe y según el numeral 1869 del Catecismo de la Iglesia Católica, esto es conocido también como «pecado social».

La injusticia social atenta contra la vida

Hoy por hoy, vivimos en medio de una cultura utilitarista. Constantemente somos evaluados y valorados por nuestra capacidad de ser productivos. Esto se ha llevado tanto al extremo, que se ha desvirtuado el valor de la vida: el famoso «lo que no se quiere, se mata» que coloquialmente denunciaba Shakira en sus canciones hace ya varios años. Entre las nefastas situaciones que acompañan a esta «cultura de descarte», se encuentra la injusticia social.

La falta de acceso a una educación integral (incluida, educación sexual) en las ciudades y, peor aún, en las zonas rurales, inequidad en el acceso a oportunidades académicas y laborales, falta de atención a la salud física y mental de la población, omnipresencia de la violencia y abuso físico, sexual o psicológico en las relaciones entre parejas a cualquier edad, padres e hijos, jefes y empleados, desbalance entre vida y trabajo, nuevas formas de esclavitud laboral, desempleo, subempleo, misoginia, discriminación ante lo distinto, entre otras, todas estas son formas de injusticia social.

Incluso la corrupción -presente en tantas instituciones públicas y privadas de los distintos países de Latinoamérica- el amiguismo, tráfico de influencias, muerte de la meritocracia, el capitalismo salvaje -que pone el beneficio económico y de poder de algunos pocos, por encima del bienestar de los demás- todos mellan enormemente el progreso de los países y promueven la precariedad.

Estas prácticas aniquilan, además, la esperanza de la población y asesinan en vida a todos aquellos que no se ajustan al ideal del trabajador productivo y generador de utilidades, pues los condenan a ser ciudadanos de segunda clase. Esta es pues la realidad de los pobres, los que padecen de alguna discapacidad física y/o mental y demás minorías.

El papa Francisco señala que es consecuencia también de la cultura del descarte, la mentalidad de que hay que eliminar todo aquello que nos es inconveniente.

Esto se ve reflejado en el aumento de abortos, sicariato, asesinatos por robo, despidos intempestivos, ataques a la democracia, censuras en medios de comunicación, leyes injustas, medios ilícitos para favorecer a ciertos grupos de poder y defenestrar a «personas inconvenientes» que no se alinean a ciertas posturas políticas o económicas.

Colaborar por el bien común: «Retomemos la Doctrina Social de la Iglesia»

La verdadera defensa de la vida será aquella que promueva el bien común y que acoja la Doctrina Social de la Iglesia, pues está anclada en la Palabra de Dios.

Es así que nuestro papa Francisco nos hace el llamado a retomarla, amarla y desarrollarla: «Hagamos que se conozca: ¡es un tesoro de la tradición de la Iglesia!».

La necesidad de hacer conocer la Doctrina Social de la Iglesia es imperiosa no solo para el mundo en general, sino entre los mismos católicos que no nos damos cuenta de que la vida no se reduce al vientre. Esta visión distorsionada de la defensa de la vida se ve reflejada en como se suele definir a la postura pro-vida, según la página web de Planned Parenthood:

«La gente que se opone al aborto se suele auto-denominar pro-vida. Sin embargo, la única vida que a muchos de ellos les preocupa es la del óvulo fertilizado, embrión o feto. No les preocupa tanto la vida de las mujeres que tienen embarazos involuntarios o el bienestar de los niños ya nacidos. Es más, mucha gente que se auto-denomina pro-vida apoyan la pena de muerte y se oponen a legislaciones que velan por el bienestar de los niños.»

Hagamos un poco de autocrítica y démonos cuenta de que nuestra inconsistencia y/o indiferencia ante la injusticia social le da cabida a la imagen que el movimiento pro-vida puede tener ante tantos que no conocen nuestra fe.

El anti-testimonio

Démonos cuenta del anti-testimonio que hemos sido y que esto atenta, específicamente, contra aquello que queremos defender.

 Ante esto, nuestro Papa Francisco nos recuerda: «Necesitamos posibilidades que se conviertan en realidades, realidades que den esperanza. Esto significa traducir a la práctica la doctrina social de la Iglesia.»

«Solidaridad, cooperación, responsabilidad: son tres palabras que recuerdan el misterio de Dios mismo, que es Trinidad. Dios es comunión de personas y nos orienta a realizarnos a través de la apertura generosa a los demás (solidaridad), de la colaboración con los demás (cooperación), del compromiso con los demás (responsabilidad).»

No nos quedemos solamente en el «Tenía tanto que darte». Abramos los ojos a la realidad que nos rodea y que, hoy mismo -ahora- otros seres humanos, nuestros propios hermanos se desperdician ante nuestra indiferencia. Ellos tienen tanto que dar en estos mismos momentos.

El mismo ímpetu, energía e indignación que nos hace marchar y denunciar el aborto debe llevarnos a denunciar y combatir la injusticia social. Nuestro Señor y el papa Francisco nos advierten que «al promocionar estos valores y este estilo de vida con frecuencia significa ir contracorriente, pero, recordémoslo siempre, no estamos solos.

Dios se ha hecho cercano a nosotros. No con palabras, sino con su presencia: “en Jesús, Dios se ha encarnado”. Así pues, colaboremos ‘sin miedo con cada uno por el bien de todos: sin cerrazones, sin visiones excluyentes y sin prejuicios’.

Recordemos que, para un creyente, la construcción de un mundo más solidario, justo e igualitario es una gran misión que no está separado de la doctrina, sino que es dar cuerpo a la fe, a las alabanzas de Dios, amante del hombre, amante de la vida».

Tenía tanto que darte