La muerte, ¡qué misterio tan grande y qué realidad tan dura! Personalmente creo, que sin mi fe y sin la ayuda de la gracia de Dios, aceptar la partida de mis seres queridos me sería imposible.

Mientras pasaba el día pensando en los que ya partieron llegó este post de Instagram a mis manos. Es tan bello encontrar estas reflexiones en proyectos que comparten contenido diametralmente opuesto al nuestro. Es casi evidencia de la huella de infinito que llevamos todos dentro.  

Las imágenes que comparto en este post corresponden al proyecto #leftunsaidproject (lo que se dejó sin decir). Recordando a los fieles difuntos, muchos se animaron a escribir aquello que no pudieron decir a los que ya partieron.

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¿Qué fue lo que dejamos sin decir? 

Tantas cosas. Los mil «te quiero» que se quedaron atrapados en la garganta. El perdón que nunca fuimos capaces de pedir. Las gracias que nunca pudimos dar, o las que dimos, pero no expresaron la magnitud de lo que significaron.

Tantas llamadas telefónicas que no hicimos por creer que no teníamos tiempo o peor aún, porque no quisimos molestar. Además de aceptar la muerte, creo que lo más difícil de afrontar cuando alguien parte es el arrepentimiento de no haber sido capaz de amarlo más o mejor.

El amor es tan hondo. El vacío que queda cuando alguien parte, por duro que suene, es permanente. No se puede reemplazar la pérdida de alguien con la llegada de otro. Es increíble cómo el valor de la vida se hace evidente de una manera tan dramática cuando alguien parte. 

Extraño tu presencia

Incluso los silencios. A veces daría lo que fuera por un abrazo más, por una sonrisa más. Por simplemente escuchar decir «aló» al otro lado del teléfono y saber que eres tú. La dimensión física nos jala, queremos «sentir», palpar al otro, quererlo con toda nuestra existencia. 

A veces no hemos hablado en años y de pronto nos enteramos de la muerte de alguien y todo cambia. Es la posibilidad que se esfuma para siempre. La fe, luego del dolor y de las lágrimas que nos parecen interminables, nos permite recordar que nos reuniremos nuevamente y que esa posibilidad de encuentro es real.

Y es esa posibilidad la que nos permite amar incluso a los que no están. Poderles decir en el silencio de nuestra oración todo aquello que no pudimos. Podrán pensar que ya no sirve de nada y que a la gente hay que amarla mientras estén con vida. Recordemos que la vida aún dura una eternidad.

Los que han partido existen, por muy hondo que sea el dolor

Ellos no han desaparecido, ni nos han dejado para siempre. Podemos seguir amándolos, hablando con ellos, pidiendo infinita misericordia a Dios por ellos, rezando incansablemente por ellos.

Diciendo todo aquello que no pudimos decir. La muerte no tiene la última palabra. La última palabra la tuvo esa cruz que nos mostró el horizonte infinito de la resurrección.

«Yo no veo el más allá. Pero la esperanza es el don de Dios que nos atrae hacia la vida, hacia la alegría eterna. La esperanza es un ancla que tenemos del otro lado: nosotros, aferrándonos a la cuerda, nos sujetamos.

«Sé que mi Redentor está vivo y lo veré»: repetir esto en los momentos de alegría y en los malos momentos, en los momentos «de muerte», por decirlo así. (…) El Señor nos recibe allí, donde está el ancla.

La vida en la esperanza es vivir así: aferrándose, con la cuerda en la mano, fuerte, sabiendo que el ancla está ahí. Y esta ancla no decepciona: no defrauda» (Papa Francisco).