«No mato. No robo. No le hago daño a nadie. Soy una buena persona». A veces, incluso nos comparamos y decimos: «¡Mira lo que hace! Por lo menos yo no soy así. Como esos que van a misa, se golpean el pecho, y apenas salen de la Iglesia se comportan como cualquier otra persona». Lo triste y peligroso de pensar así es que «nos la creemos». Esa idea de creernos «perfectos» (1 Juan 1, 8-10), es muy común. ¿Quién no ha pensado o hablado alguna vez de esa manera (seamos sinceros con nosotros mismos)?

No está mal querer ser buenos, e incluso, tener talentos y riquezas, pero hay que saber muy bien, que Dios nos los ha dado. Lo malo de afirmar así las cosas, es que se convierte en una clara desviación espiritual, que nos inclina a mirar solamente lo bueno, sin la humildad de ver también muchas otras cosas que no están bien en nuestra vida.



Debemos estimar los bienes que Dios nos ha concedido. No está mal una recta autoestima. Es parte de una visión sana de nosotros mismos. Sin embargo, una persona madura no solamente reconoce lo bueno, sino también todo lo malo que posee o vive. Todos tenemos virtudes y talentos, así como vicios y defectos. Así somos, debemos aceptar con humildad, y  — como nos enseña San Pablo — «desvestirnos del hombre viejo, y revestirnos del bueno» (Efesios 4, 22).

1. Las diferencias entre nosotros



Naturalmente, unos tienen cosas mejores que otros. Algunos tienen más dificultades que otros. Puedo tener cualidades que el otro ni se imagina, y a la inversa. Negar esas diferencias es fruto de una visión personal distorsionada y negativa de uno mismo y del otro (1 Coríntios 12, 12 – 31).

Lo que tenemos son riquezas, son regalos inmerecidos de Dios. Si tenemos esa conciencia del origen divino de nuestros dones, no hay motivo para ufanarse y creerse la causa o el dueño de esa bondad personal.

2. Nuestros dones están al servicio de los demás

Aunque podamos ser «mejores» y tengamos más dones que los demás (en ciertos aspectos), el Señor mismo nos dice que debemos considerar el prójimo como superior a nosotros mismos (Filipenses 2, 3). Los talentos o riquezas, que nos ha dado son para servir y sacrificarse por los demás. ¿De qué sirve una riqueza que nos da Dios, si la quedamos para nosotros mismos?

Con humildad (a veces incluso la humillación) y generosidad debemos poner esos talentos personales al servicio de los demás. Lo enseña Jesús en el lavatorio de los pies en la última Cena (Juan 13, 4 – 5). La capacidad de amar es el mayor don que Dios nos ha concedido. No podemos fijarnos solo en el propio «yo». Solo nos empobrecemos, y poco a poco se destruye toda posibilidad de una auténtica relación.

3. Mirarnos con los ojos de Dios

Se trata de mirarnos con humildad (desde la verdad). Lo cual es solo posible si aprendemos a mirarnos con los «ojos de Dios». Reconocer que los dones y talentos personales, vienen de Dios y están para dar gloria a Dios (Salmo 86 (85) 11 – 13), manifestado en el servicio a los demás.