La sociedad del espectáculo

Estos días, muchos hemos visto circular en redes un clip que se volvió viral durante un concierto de Coldplay. Tal vez tú también lo recibiste por WhatsApp o lo encontraste en Instagram. En medio del show, una cámara enfoca a una pareja abrazada con ternura… lo que ocurrió después todo el mundo ya lo sabe. Comentarios, memes, parodias… todo lo propio de lo que hoy se llama «La sociedad del espectáculo».

Lo que parecía una imagen romántica se convierte en una escena de aparente traición, al estilo de un programa de farándula. El público reacciona. Las redes explotan. Y nosotros… ¿qué hacemos? Siempre queda esta pregunta frente a tantos temas que se hacen «virales» en las redes sociales, ¿no nos damos cuenta de que cada día somos más espectadores y menos actores de nuestras propias vidas?

Este video que te comparto me pareció interesante, porque muestra cómo un clip terminó convirtiéndose (según dice) en un «momento cultural». Creo que da, luego, para reflexionar en ello.

No quiero quedarme en lo anecdótico ni en el chisme. Lo que me interesa es lo que ese clip —como tantos otros virales— nos dice de nuestra cultura y, más aún, de nuestro corazón.

Quiero invitarte a mirar con el Evangelio en la mano lo que muchos miraron solo con morbo. Porque, aunque no lo creas, ese video también puede ser una oportunidad para el anuncio, el diálogo y la reflexión.

En la sociedad del espectáculo, ¿nos olvidamos de los humanos?

Vivimos en una cultura donde todo se ve, se graba, se comparte, aunque parezca increíble ya hasta la muerte es oportunidad de un post y muchos likes… A veces da la impresión de que no vivimos para ser felices, sino para ser vistos y aprobados por personas que ni conocemos en Internet.

Guy Debord, filósofo francés, lo dijo hace décadas en su libro «La sociedad del espectáculo»: «Todo lo que alguna vez fue vivido directamente se ha convertido en una mera representación». Hoy, una reacción espontánea de dolor o de sorpresa ya no es solo personal: es materia prima para que miles comenten, analicen y juzguen.

Y aquí hay una pregunta que me duele: ¿nos estamos olvidando de que detrás de cada video hay personas? ¿Qué pasa con el dolor real de esa joven? ¿Qué derecho tenemos de reírnos, compartir, o etiquetar sin conocer su historia?

A veces el entretenimiento se vuelve deshumanizante, y lo que celebramos con memes en la noche, es la herida abierta de alguien al amanecer.

¿Quién soy yo para juzgar?

«¿Dónde están los que te acusaban?», le dice Jesús a la mujer sorprendida en adulterio (Jn 8,10). Y es que siempre es más fácil tirar la piedra que ponerse en el lugar del otro. Cuando compartimos un video como este sin pensar, estamos eligiendo una postura: la del espectador que se divierte o la del discípulo que mira con compasión.

No sabemos si fue una infidelidad, una coincidencia, un malentendido… Pero más allá de eso, ¿por qué nos cuesta tanto frenar el juicio? ¿Por qué el dedo señalador se mueve tan rápido en nuestras pantallas?

El Papa Francisco lo ha dicho con fuerza: «El chisme es terrorismo, porque tú lanzas una bomba, destruyes al otro y tú te quedas tranquilo»(Homilía, Santa Marta, 2 sept 2016).

A veces, lo que más necesita nuestro mundo no es una opinión más, sino una mirada más humana. Y no se trata de acolitar o ser cómplices de lo que no está bien, sino de tomar una postura humana y sobre todo caritativa.

¿Qué haces tú cuando recibes un video así?

Quiero compartirte lo que intenté hacer yo. Primero, no reenviarlo. Parece poco, pero es mucho. La cadena se rompe cuando alguien decide no seguirla.

Segundo, me detuve a pensar: ¿qué me dice esto sobre mí mismo, sobre mis relaciones, sobre mi forma de reaccionar ante el error ajeno? Y tercero, lo hablé con otros. Porque este tipo de momentos también pueden ser puerta para conversaciones profundas.

Un joven de mi parroquia me decía: «Padre, es que todos mandaban el video, pero nadie hablaba de lo que duele ser traicionado» Ahí me di cuenta: tenemos sed de sentido. Incluso en medio del espectáculo, el alma busca verdad. Y tú, qué haces apostolado, puedes ser quien abra esa puerta.

No todo es morbo: también puede ser un momento para evangelizar

Imagina que usas este video como excusa para hablar en una reunión de catequesis sobre el perdón, la dignidad de la persona, la fragilidad de los vínculos, o la importancia de la fidelidad. No necesitas dar una clase moralista. Solo necesitas hacer buenas preguntas: ¿cómo reaccionamos ante el dolor ajeno? ¿Qué significa hoy ser fiel? ¿Cómo me afecta ver la vida de otros como espectáculo?

Estos momentos virales pueden ser una oportunidad para acercarnos con respeto a temas difíciles. La infidelidad, el desamor, la soledad, el juicio, son realidades que hieren el corazón humano… y también son lugares donde puede brotar la gracia.

San Agustín decía: «Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia, pero no para que el pecado abunde, sino para que el amor se multiplique» (relacionado con Rm 5,20). ¿Y si el amor puede multiplicarse también a partir de un video viral?

Una reflexión última sobre la sociedad del espectáculo

Tal vez no podamos cambiar la cultura de las redes de un día para otro. Pero sí podemos cuidar nuestro corazón. Porque no todo lo que es visible merece ser compartido.

No todo lo que se viraliza es digno de ser celebrado. No todo lo que parece un chisme es solo eso: puede ser un espejo, un llamado, una oportunidad.

Y la próxima vez que recibas un video así, pregúntate: ¿esto me acerca al Evangelio o me aleja de la compasión?