¿Cuántos somos en el mundo? Tal vez es una pregunta que todos nos hemos planteado en algún momento. Lo hemos averiguado, bien sea por curiosidad – porque tenemos una inquietud que nos mueve a plantearnos preguntas más de fondo sobre estos temas – o porque nos lo enseñaron en alguna clase en el colegio. En estas cortas líneas quisiéramos comprender por qué a pesar de que la población mundial crezca – aunque se hable de «sobrepoblación»-, jamás seremos muchos.

¿Por qué la «sobrepoblación» parece un problema?

Algo que todos hemos realizado en muchos momentos de nuestra vida es calcular: el tiempo, el gasto de dinero, la duración de una actividad, el plazo de un proyecto, etc. Calcular representa algo que para toda persona es importante: la percepción de «control».

Hoy día, al pensar en este tipo de cifras vinculadas a la densidad poblacional, la percepción que se tiene muchas veces no es «¡qué bueno!, estamos creciendo como humanidad, apostemos por la vida», sino todo lo contrario. Este número nos parece un «exceso». ¿Has escuchado alguna vez de la «sobrepoblación»?

En la actualidad, no es raro notar que, como sociedad, nos cueste abrirnos a la vida. Tal vez este punto representa uno de los temas más sensibles al abordar como católicos, pues ¿cómo entender que la vida no es un problema? Aquí te daré unos argumentos.

1. Toda vida es don y misterio al mismo tiempo

la sobrepoblación

Si estamos aquí es porque nuestros padres han querido abrirse a la vida, siendo generosos con Dios, a veces con mayor o menor conciencia de lo que significa el don de la vida.

Como creyentes sabemos que todo lo que proviene de Dios es un don de Él mismo. Al venir de su voluntad nos indica algo fundamental: fuimos hechos para algo. En consecuencia, necesitamos acoger la vida de cada persona que nos rodea como un don, como un regalo que merece ser amado y acogido en la totalidad de su ser.

Cuando nos salimos de esta verdad fundamental de nosotros mismos, empezamos a observar elementos secundarios y a olvidar las promesas de Dios.

Tomamos el número de personas y pensamos que reduciendo la población se disminuirían ciertas dificultades sociales. Pero, en realidad, las problemáticas de la tierra no tienen su origen en el número de personas que la poblamos, sino en el corazón de cada uno de nosotros y de las opciones que hacemos como sociedad.

2. Hablar de «sobrepoblación» traduce una sociedad en declive

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Hoy nos cuesta abrirnos a la vida. Encontramos cada vez familias menos numerosas y el discurso que se ofrece a los jóvenes y que muchos validan es: tener hijos interrumpe tu proyecto de vida.

Desde esta perspectiva, enfrentamos el reto de comprender que aquello que es dado como un regalo necesita ser aceptado como tal: la paternidad.

Las realidades sociales y los retos que enfrentamos en el mundo actual pueden generar inquietudes, miedo e incertidumbre. Pero la realidad de fondo que estamos perdiendo en medio de estas circunstancias es que Dios es quien nos cuida.

Con esa certeza en el corazón, los esposos están llamados a discernir junto con Dios cuándo tener hijos y cuántos tener.

Pero las realidades que descubrimos en muchas zonas del mundo (como Europa y América) muestra una tendencia de familias cada vez más reducidas en números de hijos. Asimismo, encontramos algunas sociedades envejecidas donde es evidente que se ha desarrollado una mentalidad que no conduce a ampliar el número de hijos, sino a limitarlos cada vez más.

3. Dejemos que la razón sea iluminada por la Verdad

la sobrepoblación, «La sobrepoblación es una emergencia». 4 respuestas sencillas y claras para cuando escuches esto

Es verdad que el mundo actual ofrece unos retos particulares que todos debemos enfrentar. En muchas ocasiones eso nos genera preguntas y preocupación por el futuro. Pero es necesario que nuestra voluntad se deje tocar por la Verdad de Dios.

Es necesario aprender a discernir los argumentos que tenemos de fondo al momento de hacer opciones vocacionales fundamentales.

Como personas de fe sabemos que nuestras dudas más profundas no pueden ser contestadas por nosotros mismos, sino por Otro que nos muestra la Verdad, que nos la enseña y la explica.

Cuando nos encerramos en nuestros propios argumentos, dejamos que el mundo nos llene de sus propias ideas. Necesitamos recordar que Jesús nos ha indicado que (los cristianos) «no son del mundo como yo no soy del mundo» (Jn. 17,16).

Por eso necesitamos aprender a estar atentos a realidades que poco a poco nos inducen a una mentalidad que se encierra sobre sí misma y no se deja iluminar por Dios.

4. El amor siempre nos impulsa a ir más allá

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Algo que continuamente profesamos como cristianos es la realidad del amor. El amor verdadero siempre trae consigo una buena parte de generosidad.

Por eso, no pensaremos en «sobrepoblación» cuando comprendamos que el amor siempre nos lleva a darnos a los demás.

El amor nos hace llenar la vida de otros de sentido y eso nos hace ver la vida no como una carga sino como un regalo que nace de unos corazones generosos con Dios y con el mundo.

 

Los autores Gary e Isabela cuentan con un proyecto, Volver a lo esencial, donde tratan más temas sobre el amor humano.