El pasaje del Evangelio donde Jesús se encuentra con los discípulos de Emaús es uno de mis preferidos. Por eso, me encantó la canción «Si quieres te acompaño en el camino», por Eduardo Meana, interpretada por Berit Live Sessions.

Quiero compartirla contigo, para que luego puedas acompañarme a reflexionar en algunas líneas que resonaron especialmente en mí.

Tú y yo también podemos ser caminantes

Dicen que uno de esos discípulos se llamaba Cleofás y el otro… no sabemos. Ya que permaneció en el anonimato, ¿por qué no ponerle nuestro nombre?

Así podremos meternos en el Evangelio. Caminar junto a Cleofás, antes de que se acerque el Maestro, el desconocido. Vamos andando en silencio, porque cuando un sueño se rompe, algo dentro nuestro también se quiebra.

Además, ¿qué podríamos decirnos? A veces, un silencio respetuoso es consuelo. ¿Recuerdas el libro de Job? Cuando sus amigos se sentaron junto a él, sin decir palabra. Simplemente, acompañaron su sufrimiento.

Así caminan estos discípulos. Así caminamos tú y yo, cuando no nos damos cuenta de que el Señor nos sigue y procura alcanzarnos.

Una tierra de sorpresas

¿Sigues metido en el Evangelio? Bien. Vamos caminando. De pronto, un caminante nos sorprende, con una sonrisa. Hace preguntas sobre aquello que nos duele. Sí, Jesús siempre hace preguntas sorprendentes, que nos dejan perplejos. Pero no para meter el dedo en la llaga, no para jugar con nuestro dolor, sino para sanarlo. Como los medicamentos que pican en una herida antes de poder curarla.

De verdad, este encuentro es toda una sorpresa. Piénsalo: Jesús fue el que más sufrió en la Cruz, sus amigos le abandonaron, quedó solo… pero, apenas puede, se acerca a consolar a los que le contemplaron de lejos.

Como dice la canción «Si quieres te acompaño en el camino», Él ha cargado con la «Cruz que pesaba todas las cruces», desde el inicio hasta el fin del mundo. Pero no se aleja a descansar y atender sus propios dolores. Se acerca a escucharnos, para que podamos descargar lo que necesitábamos desahogar. Él sigue cargando un poco más para hacernos el camino ligero.

Si quieres, te acompaño en el camino

Tal vez recuerdes esto: cuando Jesús se acercaba a algún personaje del Evangelio, antes de proponerle un proyecto, comenzaba diciendo «si quieres». «Si quieres ser perfecto…», «si quieres seguirme…». También a nosotros nos hace invitaciones con este condicionante, «si quieres».

Irónicamente, no es un condicionante «a Su favor», como para impedirnos la entrada. Es un condicionante tácito que nosotros ponemos, pero que Él lo expresa de forma explícita, para que sepamos que no estamos obligados a seguirle. Somos libres de hacer lo que nos pide. Somos libres de abrirle la puerta, somos libres para cerrarla.

Hacia Emaús, los discípulos están desesperanzados. Si nos volvemos poner en el rol de estos personajes, podríamos decir: estamos desesperanzados. La vida, a veces, parece que succiona las gotas de esperanza que a duras penas exprimimos, porque procuramos sacarlas de las fuentes equivocadas.

Compraríamos cualquier ilusión que nos prometa apagar el ruido (o el silencio) del alma dolida. Pero no necesitamos cosas, lo necesitamos a Él. Por eso, Él se acerca. Pero respetuoso, no irrumpe. «Si quieres, te acompaño en el camino», dice. «Si quieres, aquí estoy».

Y, si le escuchamos un poco más atentos, también le oímos decir: «si quieres, puedes tomar mi mano, que te la presento abierta. Abierta con los clavos de la cruz. Abierta y extendida para que deposites en ella todo lo que ya no puedes llevar solo».

No desandes lo andado

«Buscas seguridad retrocediendo», me encantó esta frase de la canción. Porque es muy cierta. Ante un revés, queremos alejarnos. Dar la espalda al sueño. Total, ya está roto.

Pero Jesús nos dice: «No, no, sigue andando. No lo has entendido, déjame acompañarte, vamos de la mano por el camino correcto». Porque lo que parece roto, puede ser que simplemente esté… ¿desarmado?, para construir con las piezas un camino sobre el que pisar. Un hogar en el que habitar. Unos escalones para llegar más alto.

«No te aísles», también escuchamos en la canción. Eso duele más y Jesús tampoco lo quiere (nuestro aislamiento). Desea vernos compartir la esperanza que Él compró – a gran precio – en la Cruz. Desea vernos compartir el Amor que cayó a borbotones de Su llaga abierta, de Su corazón atravesado.

Cuando somos niños y dibujamos corazones, los atravesamos con una flecha. Pero, realmente, no hay flechas que puncen nuestro corazón aunque estemos perdidamente enamorados o apasionados. Pero una lanza sí atravesó, literalmente, el de Jesús. ¡Ay, Jesús! Solo de Él, de verdad, podríamos decir que es un loco enamorado.

Es posible ver de otra manera

«… la trama que se te hizo tan confusa». Jesús, en Emaús – ¿sigues metido en el Evangelio, conmigo? – y en cada momento que no comprendemos, nos repite lo mismo: «Levanta la cabeza». «Soy tu compañero, Yo te explico lo que quieras saber… pero a su debido tiempo».

No soy buena para las matemáticas. Si me presentan un problema algebraico, lo recibiré con ojos abiertos, luego miraré a quien me lo entrega y le diré: «no sé cómo resolverlo».

Si me da indicaciones de cómo se resuelve, quizás no las entienda y vuelva a fruncir el ceño y quejarme: «sigo sin entender». Con paciencia, el Maestro nos dice: «confía en Mí, solo haz esto y esto, y verás cómo encuentras el resultado».

Y el resultado sale, si confiamos, aunque no lo entendamos. Es un ejemplo un poco tonto, porque las matemáticas divinas a veces son más confusas que las ecuaciones de los hombres. Pero los resultados son más gratificantes.

¿Quiénes somos y seremos?

«El hilo de oro de la Pascua» cruza todo. En la Redención encontramos las respuestas incluso a las preguntas que no sabemos formularnos. Mirando a Dios Padre que entrega al Hijo, al Hijo Dios crucificado, al Espíritu que conforta a los que se sumieron en luto y miedo, descubrimos el Amor.

En el Amor vemos reflejada la imagen que Dios pensó cuando nos creó. Vemos nuestro pasado cobrar sentido. O no, no entendemos el sentido, pero lo vemos redimido. Y vemos el futuro con tono de promesa divina: «¡ven conmigo, compañero peregrino, a caminar juntos en la eternidad!».

Algunos recursos apostólicos

Pienso que puedes utilizar la canción «Si quieres te acompaño en el camino» y este pasaje evangélico para meditarlo en una catequesis, charla o retiro. ¿No crees? Tal vez compartir con alguien que desee llevar el tema a la oración… o, ¿por qué no?, hacerlo tú también.

Frases para meditar

«Partir juntos el pan en nuestra mesa descifra quiénes somos y seremos»

«Entenderás que es fiel a sus promesas el Dios que prometió ser compañero»

«Querrás compartir tu aliento nuevo, sin más demora, ponte ya en camino»

«Ya no te escaparás, ni tendrás miedo, verás la historia como historia abierta»

Preguntas para meditar

1. ¿Qué sueños te gustaría conversar con Dios? ¿Qué dolores te gustaría desahogar con Él?

2. ¿Hay alguna pena que cargues en silencio y sientas que hace pesado tu caminar hacia el Cielo?

3. ¿Te has alejado, aislado o dejar de hacer apostolado por desencanto? ¿Ya lo has conversado con Él?

4. ¿Sabes que puedes descubrir quién eres y quién serás cuando mires libremente el plan que Dios te propone? ¿Te animas a preguntarle cuál es ese plan?

si quieres te acompaño en el camino