La existencia del mal ha sido un debate sumamente profundo a lo largo del tiempo. Sabemos que Dios es bueno, pero muchos escépticos han descartado Su existencia argumentando la presencia del «mal» en el mundo. A la luz de las constantes guerras, el terrorismo extremista, el hambre, la pobreza persistente, el abandono social y la enfermedad recurrente, es natural preguntarnos: ¿Por qué Dios permite el mal?

Estas experiencias del sufrimiento del inocente constituyen un argumento existencialmente muy fuerte sobre la creencia en Dios, basándose en la teoría del conocimiento, las ciencias y algunas ideologías. El mismo Juan Pablo II, en su catequesis sobre el Credo (1986), indicó que la presencia del mal y del sufrimiento en el mundo «constituyen para muchos la dificultad principal para aceptar la verdad, la Providencia Divina». Después de todo, Él, siendo Dios, sería capaz de erradicarlo. Pero, la verdad es que la existencia del mal exhibe, de manera indirecta, la existencia de Dios.

«Si el mal existe entonces Dios no puede existir»

Consideremos real por un minuto, este argumento ateo. Solo por un minuto. Si así fuera, la existencia del ser humano sería un «accidente cósmico». Sin sentido y sin ningún valor más allá que un producto de la materia y el azar. De ser así, ¿Cómo fundamentaríamos nuestros valores morales?, ¿cómo podemos afirmar que algo está mal?, ¿bajo qué fundamento consideramos que el Holocausto fue un evento terrible, o que el tráfico de humanos daña la voluntad personal?, ¿qué rige el bien o el mal?

Entendemos que estas acciones son universalmente degradantes porque agreden el valor mismo del ser humano. Por ende, comprendemos que el ser humano tiene un valor por sí mismo, regido por su voluntad y su libertad. Pero, ¿Cómo justificamos ese valor si somos un mero accidente sin propósito? En la ausencia de Dios, nuestro «valor» carece de sentido, por lo que nuestros principios sociales son meras construcciones que difieren incluso de persona a persona. Lo que es bueno para ti, podría no ser tan bueno para otro. Siendo así, los conceptos del bien y el mal carecerían de mera objetividad. Como mencionó el novelista ruso Fyodor Dostoyevsky: «Si Dios no existe, todo es permitido».

¡Cuánta razón tenía! Muchos podrán decir que el bien y el mal son meras edificaciones sociales, pero nadie vive bajo ese principio. Nadie ve un ataque terrorista y piensa: «Vaya, no importa. Solo es resultado de una construcción social». En el fondo todos reconocemos, a través de nuestra experiencia moral, que el mal existe y es todo aquello que no debe ser (1Jn 3, 4). Pero, si hay algo que no debe ser, entonces tendría que haber un estándar de lo que debe ser. Es decir, irónicamente, el mal solo puede existir si Dios existe, siendo Él el ejemplo máximo del bien.

Si Dios es bueno, ¿Por qué permite el mal?

La respuesta se esconde en dos palabras: Libre albedrío. Dios ha hecho al hombre a su imagen y semejanza, dotado de voluntad e inteligencia. Hemos sido creados con la capacidad de hacer el auténtico bien moral, en semejanza a Dios, que es bueno. No obstante, la libertad de hacer el bien también tiene su contraparte. Todos podemos decidir entre seguir los designios de Dios y atender Su Voluntad, o no hacerlo. Por tanto, el origen del mal moral es el mal uso de nuestra libertad.

Los males físicos, son solo consecuencias de este primer mal. Ahora bien, ¿Por qué Dios no evita el mal? Porque cualquier intervención en nuestras decisiones significaría corromper nuestra libertad, eliminando nuestro individualismo y humanidad. En esencia, Dios permite el mal, aunque no lo desea, porque quiere una relación con nosotros.

Es importante recordar que Dios siempre extrae bienes de los males y, por sobre todo, siempre hará brillar Su justicia. El mismo Catecismo de la Iglesia Católica (272) afirma que «La fe en Dios Padre Todopoderoso puede ser puesta a prueba por la experiencia del mal y del sufrimiento». Entonces, Dios permite el mal, sí, pero su fin siempre será un bien mayor.

Así, la cruel muerte de Cristo fue un terrible sufrimiento a través del cual se consiguió el mayor bien concebible: la salvación de todos. Es posible que, como le sucedió a Job, nos sea difícil comprender el porqué de muchas
situaciones en nuestra vida y en el mundo. Pero, una cosa es segura: el amor de Dios es inmenso y fue garantizado en la Cruz.

Dios no nos ha dejado abandonados en medio de la aflicción, Él nos ha mostrado el camino de la verdad. Un día Dios erradicará todo mal, eso es verdad y en la Biblia está. Pero, en su increíble bondad y paciencia, nos permite volver a Él y ser salvos, en nuestra propia libertad para seguirlo. Aunque, estoy plenamente convencida que espera con ansia que volvamos a casa.

Artículo elaborado por: Myriam Ponce