«No te preocupes que tus hijos no te escuchen. Preocúpate porque siempre te están viendo» — Robert Fulhum.

Muchas veces los padres creen que educar consiste en dar largos sermones a sus hijos para que aprendan los principios de la moral y las buenas costumbres. Cuando nuestros hijos eran pequeños, algunas veces trataba de inculcarles principios morales mediante la explicación de lo bueno y lo malo, la virtud y el vicio, el cariño y el respeto.

Ellos me miraban como perro al que le han cambiado el plato, y después se iban a jugar, olvidándose a los cinco segundos de absolutamente todo lo que les había dicho. Probablemente hayan conservado algo en su memoria, pero muy nebuloso y confuso. Sus cabecitas de tres, cuatro o cinco años no estaban preparadas para discursos ni abstracciones, tenían cosas importantísimas que hacer, como jugar y divertirse.

1. El ejemplo arrastra

De pronto, de la nada, alguno de ellos hacía algo que nos llenaba de orgullo y nos hacía creer que nuestros largos discursos no caían en saco roto. Que lo habían hecho por las excelentes explicaciones que les habíamos dado. Nada más lejos de la realidad. En realidad, los niños estaban haciendo lo que veían en casa.

Por ejemplo: cada vez que interactúo con un cajero en un supermercado o banco o casilla de peaje, me fijo en el nombre escrito en el cartel identificatorio y me dirijo a la persona con un saludo cordial. Mi primer trabajo, a los 16 años, fue de cajero en un supermercado y tengo una simpatía instantánea por ese trabajo y los trabajos similares.

Entonces, si el nombre de la cajera es Carolina, comienzo con un «Buen día, Carolina». Cuando nuestro hijo más grande comenzó a leer, un día se adelantó en la fila del supermercado y le dijo al cajero: «Buen día, Enzo». No estaba haciendo más que lo que me veía hacer.

No es un milagro. Podemos repetirles mil veces las cosas, pero el ejemplo arrastra, el bueno y el malo. Si yo le digo a mi hijo «te dije un millón de veces que no exageres» el mensaje es confuso al menos. Si le digo que no mienta, pero luego cuando me llaman por teléfono le digo «dile que no estoy», estoy haciendo un trabajo pésimo como educador.

2. La educación bien entendida comienza por nosotros

Por eso, tendremos que tener conciencia de que no hay nada que podamos hacer para educar a nuestros hijos, si no comenzamos por educarnos a nosotros mismos. Si queremos que nuestro hijo salude al levantarse, debemos saludarlo al levantarse. Si queremos que sea generoso, debemos nosotros ser generosos. Si queremos que sea dócil, debemos ser dóciles nosotros, y así con todo. Nada hay que influya más en la conducta de un niño que la conducta de sus propios padres.

El hogar es escuela de vida. Lo que se haga en el hogar se repetirá luego en el mundo, y si queremos tener un mundo pacífico, la paz debe gestarse en las familias. Nuestro ejemplo como esposos va a moldear el modo en el que nuestros hijos tratarán a sus esposas y esposos.

Con cada trato de amor hacia mi esposa, le muestro a mi hija lo que ha de esperar de su futuro esposo, y elevo el estándar de lo que mi hijo debe ser como hombre al tratar a una mujer. Cada expresión de amor es escuela de amor. Cada expresión de respeto es escuela de respeto, cada interacción en la casa forma el carácter de nuestros hijos.

La educación entonces es influencia, y cuando la influencia es benéfica, entonces la educación es buena. Cuando la influencia es mala, tendremos una mala educación. El ambiente educativo es el ámbito en el que los hijos reciben su educación, y ese ambiente debe ser un buen ambiente. En el hogar el niño debe aprender, «por ósmosis» que existe una cosa llamada amor, que se ejerce diariamente para educarlo.

3. No educamos con palabras, educamos con acciones

La mayor parte del esfuerzo educativo es el que no se ve, el que subterráneamente modela las conductas de nuestros hijos con nuestro ejemplo, con nuestro modo de actuar, bueno, regular y malo, y con nuestros silencios más que con nuestras palabras. En la partitura de la paternidad y la maternidad, los silencios son mucho más importantes que las notas.

En los últimos años se viene hablando muchísimo sobre la idea de «empoderar a las mujeres», o de darles herramientas para que sepan defenderse en un mundo hostil. No me parece del todo mala la iniciativa, pero me parece que antes de enseñarle a las mujeres a defenderse, deberíamos enseñar a los varones a no atacar.

Mi abuela, que falleció en 2001 con 103 años a cuestas, decía «a una mujer no se la agrede ni con el pétalo de una rosa». Ella fue criada en los primeros años del siglo XX, y era la tónica general de la civilización: el mundo tenía que ser un lugar seguro para las mujeres, y los hombres eran al mismo tiempo garantes y custodios de esa seguridad.

Una publicidad que pone el dedo en la llaga

La ciudad del Cabo, en Sudáfrica, pide algo similar. Pone en tres anuncios publicitarios, a tres varones recién adolescentes en situaciones tremendamente agresivas con respecto al comportamiento hacia una mujer. En las tres situaciones que hoy te comento, la reacción del entorno es diferente.

En la primera «Mi primer piropo», el niño más pequeño acepta y festeja al piropo del más grande, y le parece divertido, cuando lo que dice es una tremenda grosería. El slogan de la campaña es «Frenemos el ciclo de la violencia basada en género, enseñémosle a enfrentarla».

En el segundo, «mi primer chiste», el varón que es espectador no se ríe del chiste machista y grosero del «chistoso». Y es ahí donde debemos pensar que hay toda una discusión política, académica y moral sobre qué es «violencia basada en género» y cómo erradicarla.

No quiero entrar hoy en esa discusión. Lo que sí me parece genial de esta iniciativa es que busca cortar la violencia donde se genera. Propone cero tolerancia contra el machismo en su origen. Y señala, muy bien señalado, que el origen del machismo no está en los niños, sino en el ámbito donde se desarrollan.

En el tercero, aparentemente no hay espectadores, pero el niño hace una caricia torpe y no consentida a una niña que está jugando tranquila con una amiga.

Si el ámbito es tolerante con los chistes, toques o piropos agresivos, entonces es probable que los niños desarrollen actitudes nocivas en su trato con el otro sexo, y que más temprano que tarde sean acusados (justamente) de violentos y machistas.

4. Lo mejor: educar para el amor, en el amor

Para que eso no suceda, entonces, lo más sencillo es predicar con el ejemplo, y tener «tolerancia cero» con cualquier actitud, gesto, chiste o manifestación de machismo en nuestras casas, comenzando por nosotros mismos. «Buen predicador es don ejemplo».

Le podremos decir a nuestros niños mil veces que no sean machistas, pero si nosotros mismos en nuestro trato cotidiano con nuestra esposa tenemos actitudes machistas, de cualquier tipo que sea, es muy probable que tengamos hijos que sean machistas.

Si festejamos «chistes», «toques», o piropos a nuestros niños, es probable que sigan repitiendo en el futuro esas actitudes. Si no ponemos un límite claro cuando vemos a cualquier persona que tenga este tipo de actitudes, entonces nuestro mensaje es poco claro para los niños.

5. Lo que ven, lo que escuchan, lo que viven

Pero el límite no tiene que ponerse solamente en el comportamiento, o en lo que los niños hacen. También tenemos que tener un ojo sobre lo que ven, las series, las películas, lo que ven y publican en sus redes sociales tiene que ser también controlado. Por supuesto que tenemos que confiar en nuestros hijos, pero eso no quiere decir que los dejemos solos en el mundo tan complejo que les toca vivir.

Un párrafo aparte merece la música. La última fiesta de quinceañera que me tocó ir, el reggaeton parecía una declaración judicial por violación «musicalizada». Niñas y niños de 15 años que hace poco tiempo habían recibido la confirmación en la parroquia bailaban «perreando» en la pista. Si esto es socialmente tolerado, ¿Cómo les pedimos después a los niños que sean respetuosos con las niñas?

Y lo que viven: vivimos en un mundo hipersexualizado, y donde con el afán publicitario, el artístico (para películas y música) y en la llamada «educación sexual» que se imparte casi obligatoriamente en la escuela, todo se tiñe de sexualidad.

Los chicos están bajo bombardeo constante de mensajes contradictorios: por un lado les dicen que experimenten con la sexualidad, que la sexualidad «no tiene nada de malo», y por el otro lado, estas campañas publicitarias, que si bien tienen buena intención, caen en un océano de presión sexual para que los niños «exploren su sexualidad».

¿Cómo se sale de esto?

Pues un poco como dije al principio: tenemos que ser fundamentalmente buenos ejemplos para nuestros hijos. No desgastarnos en sermones inútiles, sino mostrar constantemente un comportamiento impecable en nuestro trato con las mujeres. San Francisco de Sales decía «Predica todo el tiempo, y si es necesario, usa las palabras».

De ese modo, podremos educar a nuestros hijos para que sean respetuosos, y no solo eso, sino que no festejen las actitudes machistas de sus pares o amigos. También tenemos que rezar por y con ellos. Viven en un mundo extraordinariamente más complejo que el que nos tocó vivir a nosotros en nuestra adolescencia, y necesitan de nuestras oraciones además de nuestro ejemplo y educación. Si eres padre te recomiendo el curso online «Formar a nuestros hijos en la fe».

¿Qué dice el papa Francisco sobre este tema?

El papa Francisco dijo en su exhortación apostólica «Amoris Laetitia»: «La tarea de los padres incluye una educación de la voluntad y un desarrollo de hábitos buenos e inclinaciones afectivas a favor del bien. Esto implica que se presenten como deseables comportamientos a aprender e inclinaciones a desarrollar. Pero siempre se trata de un proceso que va de lo imperfecto a lo más pleno.

El deseo de adaptarse a la sociedad, o el hábito de renunciar a una satisfacción inmediata para adaptarse a una norma y asegurarse una buena convivencia, es ya en sí mismo un valor inicial que crea disposiciones para trascender luego hacia valores más altos.

La formación moral debería realizarse siempre con métodos activos y con un diálogo educativo que incorpore la sensibilidad y el lenguaje propio de los hijos. Además, esta formación debe realizarse de modo inductivo, de tal manera que el hijo pueda llegar a descubrir por sí mismo la importancia de determinados valores, principios y normas, en lugar de imponérselos como verdades irrefutables».

Cuidemos entonces la educación que le brindamos a nuestros hijos, pero también cuidemos que nuestras actitudes y comportamientos estén en consonancia con lo que queremos enseñarles, para que viéndonos hacer el bien, quieran imitarnos.