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Quiero hacer un comentario de este video que me encontré al hacer una búsqueda intencional sobre este hombre, Pier Giorgio Frassati. Justamente estaba investigando más sobre su vida, pues desde un tiempo atrás, con solo saber algunos hitos de su biografía, les confieso que su testimonio me resultó apelante y muy elocuente para mi propia vida. Especialmente me sentí identificado y atraído por una vida tan corta pero tan intensa, además porque siendo un joven y laico ha enriquecido notablemente a muchos en la Iglesia y en el mundo.

Este joven italiano del siglo XX, es un claro ejemplo de santidad para este tiempo y me parece muy propicio mencionar algunos rasgos de su vida y de su espiritualidad que nos pueden resultar muy edificantes en estos días Santos, en los que todos aspiramos conformarnos más con el Señor Jesús.

Hacia la cima 

«Verso L´Alto», solía decir en italiano, que significa «hacia lo alto». Pier Giorgio era un apasionado por los deportes, especialmente por el alpinismo. Su objetivo era escalar grandes alturas y conquistar las diferentes cimas que se proponía, y analógicamente en su vida cristiana aspiraba llegar a la Cima. Su vida no fue exenta de dolores y sufrimiento, sin embargo, su mirada siempre estaba en lo alto, en el cielo; expresando así una profunda confianza en Dios. Quizá por ello también una característica notoria era su alegría y buen humor.

Amor por la Eucaristía

Algo central en su vida espiritual y en su día a día era la Eucaristía, como su principal alimento y sustento. Se podía percibir que, para él, Jesús era un amigo cercano, a quien le consagraba sus sueños, ilusiones y proyectos juveniles. Llama la atención la vitalidad, energía, entusiasmo, que, aunque es propio de la juventud, en él brillaba con algo más de fuerza. ¿No sería la Gracia de Dios que lo guiaba y acompañaba?

Servicio a Cristo pobre

En sus últimos años buscó vivir un amor concreto a través del servicio a los más pobres y enfermos, de hecho lo hacía con admirable caridad y humildad, pues no se ufanaba, no lo mostraba, no era su intención que los demás lo vieran. Incluso mucho de su servicio lo hizo en silencio. Más tarde se pudo notar todo el bien que había hecho a muchas personas, cuentan algunos que en su funeral gran parte de los asistentes eran cientos de pobres a los cuales había atendido. Su abnegación y dedicación también fueron heroicas, pues, aunque se contagió de uno de estos enfermos, enfermedad que lo llevó a la muerte, esto no le impidió llevar a cabo su deseo de servir.

Esta entrega de sus talentos a los más necesitados me remite a la reciente exhortación del Papa Francisco a los jóvenes cuando mencionaba: «Muchas veces, en la vida, perdemos tiempo preguntándonos: «Pero, ¿quién soy yo?» Y tú puedes preguntarte quién eres y pasar toda una vida buscando quién eres. Pero pregúntate: «¿Para quién soy yo?» Eres para Dios, sin duda. Pero Él quiso que seas también para los demás, y puso en ti muchas cualidades, inclinaciones, dones y carismas que no son para ti, sino para otros». Así nuestra existencia será plena y santa cuando como Pier Giorgio nos donemos más para amar a los demás.

La santidad cotidiana

¿Qué hizo de extraordinario este joven en tan poco tiempo que le merezca la fama de santidad? Quizá en términos humanos no necesariamente haya hecho muchas cosas, ni grandes obras. Lo que marca su santidad es el amor cotidiano, la confianza y amistad con Dios, la vida cristiana coherente, pura y sencilla, el haber encarnado como diría San Juan Pablo II sobre él, las bienaventuranzas. Así también decía que Frassati «Testimonia que la santidad es posible para todos y que solo la revolución de la caridad puede encender en el corazón de los hombres la esperanza de un futuro mejor».

Considero por ello que este ejemplo nos puede enseñar que la santidad a la cual Dios nos convoca no es otra que la fidelidad en lo sencillo, en lo cotidiano, no está tanto en las cosas que hagamos, sino en el amor que pongamos a lo que hagamos y recordar que la garantía de una vida santa está en confiarnos en la Gracia y en poner nuestra existencia en las manos de Dios.


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