Me atrevo a decir que no, e intentaré explicar por qué. Pero primero hay que aclarar: ¿qué es la felicidad? Y aquí podríamos hundirnos en los profundos y complejos debates que tantos filósofos, teólogos, psicólogos etc., han forjado a lo largo de la historia (donde, por lo demás, todo es posible). Sin embargo, no lo haremos; nuestra pretensión es más humilde, si se quiere. Nosotros nos contentamos con aceptar lo evidente y así simplificar (no banalizar) las cosas. Sí, pedimos como petición de principio (es decir, como punto de partida que no entramos a demostrar) lo que creemos que con un poco de sentido común se puede aceptar (aun cuando sea poco común este sentido hoy por hoy). En ese sentido, con un poco de buena fe podríamos concordar con que la felicidad está vinculada de alguna u otra manera a experiencias de  satisfacción, de gozo, de placer, de alegría, de paz, de esperanza, etc. que se producen gracias a la realización de ciertas actividades beneficiosas o a la posesión de ciertos bienes (amados).  Ahora bien, ¿cuáles son las actividades y los bienes que realmente responden y pueden colmar los deseos más profundos del corazón del hombre, generándole dichas experiencias de manera más duradera y auténtica? He aquí el verdadero dilema.

1. Seamos honestos… ¿qué es la felicidad?


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Antes de ahondar y responder a esta última cuestión y proponer positivamente lo que pensamos, tenemos que asentar algunas bases críticas (o pars destruens como decían los medievales) para entender aquello que la felicidad no es. Esto nos permitirá afrontar el tema sin ingenuidades. Para ello es necesario comenzar desenmascarando un viejo mito que se ha erigido como verdad absoluta; un mito que por el contrario es un peligroso espejismo a la hora de hablar de felicidad, a saber, que el mundo moderno es el mejor y el más feliz de los mundos posibles (soñables). No se me malinterprete, que no se trata de volver al pasado, no señor, pero tampoco de ir a “tontas y a locas” sin cuestionar el presente y el futuro al cual este nos conduce.

En realidad, no pedimos más que un humilde reconocimiento de las ambigüedades que este mundo altamente tecnologizado ha creado, donde entre otras cosas se promueven con cada vez aceleración y voracidad la ley del exitismo (valgo por mis éxitos), la ley del pragmatismo (valgo por mi eficiencia), la ley del utlilitarismo (valgo por cuánto produzco), entre otras. Y es que, hay que decirlo, este “nuevo mundo”, proyectado por la luz de una razón demasiado ensimismada y egocéntrica, contrariamente a lo prometido, está dando a “luz” generaciones enteras de jóvenes mancos o muertos que si una palabra no conocen, o conocen poco, es justamente la palabra “felicidad”. Nuestras sociedades, que Chesterton llamó «una maldición maravillosa, práctica y productiva», se han vuelto en la mayoría de casos lugares ruidosos y asfixiantes, donde el ritmo de la máquina (que no duerme ni respira) ha sustituido y ha aplastado el ritmo del hombre y de la naturaleza. De modo que nuestros “hogares” se han convertido en verdaderos caldos de cultivo de pasiones tristes que con el tiempo han decantado en tristes enfermedades: frustración, estrés, depresión, trastornos  y desordenes alimentarios… solo por nombrar algunos. En la gran mayoría de casos casi se vive exclusivamente para trabajar, y se trabaja para ahorrar, y se ahorra para adquirir un status u objetos que aplaquen nuestro hambre de ser valorados y estimados. Pero como se ve que en esto fracasamos, lo que nos queda de ahorros los gastamos en remedios (o psicólogos, o terapias) y en unos pocos días de vacaciones al año con el fin de que en algo nos permitan sobrellevar, o mejor dicho, sobrevivir a esta maquinaria del frenético ritmo de la sociedad moderna que nos desangra y ya nadie se atreve a frenar.

2. Nuestro derecho a ser auténticamente felices


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Como decía siempre Chesterton, «La humanidad tiene derecho a renegar de la máquina y vivir de la tierra si en realidad le agrada más, como en realidad cualquiera tiene derecho a vender su bicicleta vieja y marchar a pie si le agrada más. Es evidente que la marcha será más lenta, pero no hay obligación de ir más deprisa. […] La felicidad, en cierto sentido, es un maestro duro. Nos dice que no nos compliquemos con demasiadas cosas, a veces mucho más atrayentes que la máquina».

Aunque parezca una propuesta tan idealista, no dejamos de intuir que el pensador inglés tiene razón. Porque en el fondo, creo que todos hemos gustado en algún momento de nuestra vida que se requiere mucho menos de lo que creemos necesitar para ser felices. Además, sabemos también que la felicidad no puede depender de tantas cosas externas como se nos hace creer. Por el contrario, el mundo del consumo nos impone una varilla tan alta, que vivimos angustiados y ansiosos, sometidos a un yugo de altísimas expectativas (nada basta, nada es suficiente); un yugo de tantas cosas externas que como si fuera poco no dependen de nosotros aunque nos convenzan de que las debemos controlar. Esto crea con el paso del tiempo desilusiones tremendas. Incluso si logramos alcanzar un poco de paz, gozo, satisfacción, etc., todo va tan rápido que se nos exige seguir, no contentarnos. Lo más triste es que en el fondo de nuestro corazón sabemos que no estamos hechos para sobrevivir sino para vivir, y plenamente. Sabemos que «no tenemos obligación de ser más ricos, ni de trabajar más, ni de ser más eficientes, o más productivos, o más progresistas, ni en modo alguno más pegados a las cosas del mundo o más poderosos, si ello no nos hace más felices»; porque en realidad «el falso optimismo, la moderna felicidad, nos cansa porque nos dice que somos adecuados a este mundo. La verdadera felicidad consiste en que no lo somos. Venimos de alguna otra parte. Nos hemos extraviado en el camino».

3. Un ritmo más humano

Ante esto cabría preguntarnos, ¿por qué y de qué manera sería mejor volver a un ritmo más humano y buscar esos espacios de más pausa e intimidad, que nos permitan gustar una felicidad más interior y libre? Por un lado la respuesta parece obvia (si aceptamos las premisas de antes), si buscamos una satisfacción, alegría, paz, etc. que no dependan solo de lo externo (tan relativo y cambiante), ni de las altas expectativas del poseer y del aparecer (que ya sabemos desilusionan), se vuelve imperioso aprender a descubrir y cultivar las dimensiones más profundas de nuestro interior. Una tarea fundamental.

Por otro lado, la sociedad de lo efímero no solo no responde a nuestros anhelos más profundos, dejando nuestro corazón frustrado y replegado sobre sí mismo, también nos lleva a una serie de dinámicas que nos hieren y nos llevan a herir a los demás (el descarte, la superficialidad en los juicios, la alta competitividad, etc. no perdonan). Y sabemos bien que no se puede ser feliz en medio de la culpa y de la rabia. Dimensiones por lo demás, que nuestra sociedad ignora y ante la cual no tiene respuestas.  Anhelamos perdonar y ser perdonados, y para ello necesitamos reconocernos heridos e hirientes. Nada de eso aparece en el horizonte de la sociedad de las apariencias y el éxito. Pero es solo cuestión de tiempo para que esta bomba explote. Son muchos los jóvenes que lo saben y lo viven en carne propia aun cuando lo disimulan con tantas distracciones y sucedáneos. En suma, para ser felices se requiere tanto entrar en nosotros mismos, cuanto descubrir aquella realidad capaz de concedernos una auténtica experiencia de perdón, para desde allí perdonarnos y perdonar. Pero, ¿por qué estos dilemas tan obvios no se nos presentan como evidentes en lo cotidiano?

4. Una sociedad distraída

Porque las distracciones tan típicas también de nuestra sociedad del entretenimiento y el espectáculo nos impiden de afrontar nuestra infelicidad con la seriedad que este problema comporta. Lo cual demuestra cuán poco felices somos en verdad, pues «si nuestra condición fuese realmente feliz, no habría que distraernos de pensar en ella» (Pascal). Y si bien es cierto como notaba Latourelle que nos distraemos «a veces con la intención inocente e inofensiva de recrearse, de jugar (desde el deporte físico hasta la diversión social y el trabajo científico), tantas otras lo hacemos como  huida y repulsa: a “entrar dentro de sí” y a “volverse a Dios”. Efectivamente, divertirse (del latín avertere) es apartar la atención de sí mismo, de la condición miserable de cada uno, para no pensar en ello. En este caso, lo que interesa al hombre en la diversión, no es tanto ya su objeto como la búsqueda del mismo como fuga, o sea, la emoción, el ajetreo, que le impiden de pensar en si mismo». Por eso no es de sorprenderse que tantos jóvenes tan llenos de hacer y de parecer, estén (y se experimenten), por el contrario tan vacíos de ser, y a causa de ello se arrojen a buscar un pseudo-gozo en actividades que solo los inducen a un estado de ánimo ficticio, que solo puede otorgarles un placer que nada se parece a la verdadera felicidad.

Un caso evidente de lo que estamos aludiendo es la euforia momentánea que produce el consumo de drogas (lícitas o ilícitas que sean) o ciertos espectáculos  (reales o virtuales que sean) con los que se busca esconder, escapar u olvidar la profundidad del problema. Dicho esto, podemos zanjar un importante punto: hay actividades que aun otorgando un gran placer y gozo no hacen más que alejar al hombre de sí mismo, de los demás y de la realidad, y por este motivo sería injusto declararlas fuentes de auténtica felicidad. Como decía con una casi ingenua sinceridad Robert Spaeman:

«La felicidad es más que estar happy o que encontrarse bien. De lo contrario, el hombre más feliz habría de ser aquel al que se le mantuviese narcotizado durante un par de decenios, dejándole en un estado de euforia artificial a base de suministrarle sustancias estimulantes mediante hilos conectados al cerebro. Pero, ¿quién de nosotros querría cambiarse por él? Nadie. Preferimos la vida real. Pues la felicidad tiene que ver con la realidad y eso es exactamente lo que la ética pone de relieve».

5. Una respuesta concreta: el cristianismo

He aquí una clave fundamental: la felicidad no puede ser negación o fuga ante la realidad, sino más bien su aceptación y transformación hacia lo bueno, partiendo por nosotros mismos, proyectándola hacia los demás.  Pienso que esta fue la intuición que llevó a Aristóteles a identificar la felicidad con la vida buena, es decir, entendida como el buen ejercicio de la voluntad que optando por lo bueno de manera concreta aquí y ahora, realiza la vida virtuosa que plenifica al hombre. Sí, porque la felicidad tiene que ver con la realidad concreta y específicamente con la bondad que brota del hombre concreto, del hombre viviente, aquí y ahora. Todo lo demás se debería subordinar esto.

El cristianismo por su parte no ha hecho más que confirmar estas intuiciones de los sabios filósofos griegos, pero llevándolas a su plenitud. Porque si bien es cierto que la vida virtuosa y bondadosa plenifican el corazón del hombre brindándole una experiencia de realización y felicidad a través de la reconciliación y el amor (también del perdonar y ser perdonado), estas actividades se volvían imposibles y se quedaban cortas, pues al no estar conectadas al amor eterno de Dios se enmarcaban en un horizonte de perfección demasiado humano, donde la incondicionalidad del perdón y del amor eran prácticamente impensables e imposibles. Aun con grandes virtudes ¿se podría ser feliz sin perdón y sin esperanza? No. Pero, ¿cómo se podría perdonar lo imperdonable (nuestros pecados más terribles, o a nuestros enemigos y sus pecados, por ejemplo), o esperar contra toda esperanza (ante las calamidades más atroces)? Así no hay vida buena que aguante. Todo sería absurdo, si no fuese porque Dios entra en lo profundo de nosotros para colmar con su Amor las dimensiones más trágicas e irracionales de nuestra existencia. Solo si existe una fuente de amor eterna en lo más profundo de nuestro corazón se pueden plantear actividades de igual condición. Sí, pues hay una serie de actividades que pueden proyectarse y aguantar en el tiempo solo gracias a una promesa de amor que se proyecta desde lo interno hacia lo eterno. O en otras palabras, el perdón y el amor más profundos, que a su vez son un requisito de la felicidad e impulsan las virtudes más altas, solo son posibles si son sostenidas por un Amor infinito capaz de colmar los espacios de dolor y de espera que estas implican. Y aquí retomamos un punto cardinal del por qué creemos que la felicidad auténtica sin el elemento divino flaquea hasta casi volverse impracticable. Porque nadie ama ni perdona lo que no conoce. Y la única manera de que sea posible amarnos y perdonarnos primero a nosotros mismos para luego amar y perdonar a los demás, es si en el fondo de nuestro corazón Dios nos revela, ama y perdona nuestra más profunda miseria, desvelando así nuestra más alta dignidad. Porque solo Él conoce los abismos y misterios más profundos de nosotros mismos, y puede colmar estos espacios infinitos con su amor. Esto es así, al menos para el cristianismo, porque desde la encarnación, como nos enseñaba el Papa Benedicto, siguiendo pensamiento de san Agustín: «La lejanía de Dios equivale, por tanto, a la lejanía de uno mismo. «Porque tú, reconoce Agustín ( Confesiones , III, 6, 11), estabas dentro de mí, más interior que lo más íntimo mío y más elevado que lo más sumo mío» (interior intimo meo et superior summo meo) hasta el punto de que, en otro pasaje, recordando el tiempo precedente a su conversión, añade: «Tú estabas, ciertamente, delante de mí, mas yo me había apartado de mí mismo y no me encontraba» ( Confesiones , V, 2, 2). […] Él mismo subraya en una afirmación famosísima del inicio de las Confesiones , autobiografía espiritual escrita en alabanza de Dios: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti»(I, 1, 1).

6. Con Dios todo adquiere un nuevo sentido

Por otro lado, en muchas ocasiones para alcanzar un gesto de amor o  de perdón real, sea hacia nosotros mismos que hacia los demás, se requiere un sacrificio de amor, aun cuando no experimentamos de manera inmediata o evidente un gozo, podemos gracias a Dios superar lo que sería una línea de proyección hacia el absurdo, porque en Él todos estos actos adquieren una dimensión eterna, volviéndose actos llenos de significado (y potencialmente capaces de donar profunda felicidad incluso en medio del dolor) porque al ser unidos a su Amor nos permite dinamizarlos y proyectarlos hacia una dimensión eterna, dándoles una consistencia y un sentido que antes no podían tener. Así divinizando nuestra actividad desde su amor, nuestros actos buenos (o vida buena) trascienden el tiempo y el espacio, y nos permiten apuntar más alto hacia un gozo no solo presente, sino futuro, que ahora gustamos solo en parte. Si no fuese tantas actividades “caerían en saco roto” como se dice popularmente y, bajo la prueba del tiempo, se volverían insoportables o absurdas. Solo en el amor de Dios todo se encauza y adquiere sentido; solo entonces se entienden y se puede hablar de una felicidad realista que asume toda la dramaticidad de la vida humana que está siempre entretejida de alegría y dolor. No se trata ni de buscar solo las actividades que nos den placer ni de aceptar estoicamente el dolor, sino de entretejer la complejidad de nuestras acciones con lo eterno, dejándonos colmar por el amor de Dios que nos reconcilia y salva, superando cualquier paradoja de retribución inmediata o de merecimiento. En este caso nuestras actividades, al abrirse y acoger plenamente lo sobrenatural, adquieren otro tipo de consistencia, volviéndose eternas, porque como recordaba con poético celo san Pablo en su famoso himno a la caridad «solo el amor nunca acaba» (Cfr. 1Cor13). Desde el amor divino nuestra actividad se diviniza incluso en sus dimensiones más misteriosas y oscuras. Este es además el fin último y la fuente de plenitud del hombre, porque «Dios creó al hombre para ampliar de ese modo, valga la expresión, el radio de su amor». (Benedicto XVI)

7. La fe y el amor, los auténticos “narcóticos”

En ese sentido, la fe y el amor se convierten en los auténticos narcóticos, que en vez de alejarnos de nosotros mismos, de las cosas y de los demás dejándonos en un estado de irrealidad, nos acercan plenamente a estas dimensiones, dándonos acceso a un contacto más profundo y encarnado que nos desvela el sentido auténtico del universo. La nostalgia por la felicidad en el caso de ser colmada por sucedáneos se torna rápidamente en melancolía que desangra la memoria, porque nos deja ese gusto amargo que nace de la impotencia de no poder traer al presente ni aferrar lo que buscamos, mientras en el caso de ser colmada por Dios, la nostalgia experimenta más bien una dilatación que ilumina la mente y proyecta la memoria hacia un futuro lleno de esperanza; futuro que nos permite vivir el presente incluso en sus más duras oscuridades con gozo y alegría, pues nos permite degustar anteladamente un vestigio real de la fuente eterna que un día calmará definitivamente nuestra sed. Esto atestigua y confirma, como reflexionaba en otro de sus pensamientos Pascal «que hubo antaño en el hombre una verdadera felicidad, de la que no le queda ahora más que la señal la impronta vacía, y que trata inútilmente de llenar con todo lo que le rodea», pero en vano, «porque este abismo infinito solo puede ser llenado por un objeto infinito e inmutable, es decir, por el mismo Dios». Cabría añadir eso sí que no es solo por su condición de infinito que Dios puede colmar el corazón del hombre, como si se tratase de un objeto impersonal que vendría a tapar un hueco vacío, no, nada de eso, se trata más bien de una relación amorosa con Él que le permite a Dios de colmar nuestro corazón con su infinito amor.

Esto que decimos no es nada de nuevo pues «esta experiencia de una vida interior y de un amor vivido en intimidad con Dios ha seguido siendo imprescindible en cualquier época para encontrar la verdadera felicidad» (Cardenal Sarah). Además solo quien alcanza esta profunda felicidad es capaz a su vez de alcanzar la verdadera libertad interior, esa que no depende ya de nada externo donde como decíamos todo es tan mudable  y relativo. La libertad de descubrirse amado por Dios se constituye en la fuente de una felicidad incondicional y plena. Todo hombre de cualquier raza, condición social, característica física, estatus, etc. puede descubrirse amado y perdonado infinitamente. Esto es lo que san Pablo llama la libertad de los hijos de Dios, y en verdad basta y sobra para alcanzar una profunda felicidad. Decía con inflamada pasión un padre del desierto:

«¡Cuán equivocados están aquellos que buscan felicidad afuera de ellos mismos, en tierras extranjeras y viajes, en riquezas y gloria, en grandes posesiones y placeres, en diversiones y en cosas vanas, que tienen un final amargo! Es lo mismo edificar la torre de la felicidad por fuera de nosotros mismos, como lo es construir una casa en un lugar que constantemente es sacudido por terremotos. La felicidad se encuentra dentro de nosotros mismos, y bienaventurado es el hombre que ha comprendido esto. La felicidad es un corazón puro, pues tal corazón se convierte en el trono de Dios. Así dice Cristo de los que tienen un corazón puro: “Habitaré en ellos y caminaré en ellos, y seré su Dios y ellos serán mi pueblo.” (2 Cor 6, 16) ¿Qué podrá faltarles? ¡Nada, nada en absoluto! Pues ellos poseen el más grande bien en sus corazones: ¡Dios mismo!» (San Nectarios de Aegina. Camino a la Felicidad. 1).

8. La gratuidad de un amor infinito

En realidad es bastante obvio, quien vive radicado desde la profundidad de sí mismo y descubre la gratuidad de un amor infinito, accede a una mirada que contempla todo como un gran milagro, como un don recibido, y por ello se convierte un eterno agradecido hasta de las más pequeñas cosas. El amor y la fe nos dan esa mirada plena, llena de gratitud y alegría, que hace renacer este mundo cansino, que tantas veces arriesga de morir de tedio y tristeza. Con hermosas y penetrantes palabras lo describía el sacerdote ermitaño Nicolae Steinhardt en su libro “el diario de la felicidad”, allí decía:

«Las palabras, en el lenguaje cotidiano, se vuelven una rutina, se banalizan, se automatizan. ¿Qué hace el poeta? Singulariza la palabra para infundirle la fuerza de producir una sensación: renueva la percepción desgastada y revitaliza la facultad de la palabra para sacarla de su letargo. La fe actúa de la misma manera. Nos redescubre el mundo, los hombres y la vida y nos saca de la amargura, del tedio y del aburrimiento. Renueva y revigoriza, lo mismo que el arte del poeta o del pintor. Nuestra capacidad de descubrir lo bueno y lo bello se vuelve de repente poderosa. Ahora el amor vence las barreras de la indiferencia y del recelo, derriba los techos y los muros que nos encierran en un egoísmo eternamente herido e irritado. De repente las percepciones —tanto las morales, como las sensibles— se intensifican vertiginosamente. El mundo es otro para el creyente embargado por la felicidad —un mundo rico, nuevo, atractivo, cautivador, eufórico—, lo mismo que para el artista en los momentos de inspiración. Actúa el mismo poder: la gracia santificadora (el drogadicto también tiene acceso a la euforia, pero, como todo se paga, el artificio al que tiene que recurrir hace que la obtención del estado de encantamiento y de redescubrimiento dependa de productos materiales y del concurso de otros hombres que comprometen su tranquilidad y su felicidad para el resto de su vida; la dialéctica no perdona y la ataraxia de los drogadictos pasa por la agitación y la obsesión, que son los pilares del infierno)».

Fotos tomadas de Flick por Mauricio Artieda.