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Nos encontramos en un momento especial de la historia en el que se cuestionan los roles dentro y fuera de casa. Los estereotipos muchas veces se satanizan y pareciera que el despliegue personal tiene que ver casi y exclusivamente con el desarrollo y la capacidad de diversión y disfrute individual, es decir «hacer lo que quiera».

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En este contexto voltear la mirada y reconocer el trabajo que hace un ama de casa, no solo no se hace difícil sino que muchas veces es catalogado como una labor inferior. El hogar es visto más como un lugar de encierro y sufrimiento que como un lugar de despliegue y alegría.

Cuidar a los hijos, administrar la casa, limpiar, cuidar a los ancianos, lavar, planchar, cocinar, y tener la casa básicamente en orden y cuidada no es un trabajo menor. Es un trabajo bastante exigente que necesita de una serie de habilidades que, afortunadamente, muchas mujeres descubren naturalmente, pero que no estaría demás que puedan capacitarse y prepararse con anticipación. No solo para poderlo hacer eficientemente sino disfrutando de él y administrando mejor el tiempo.

Millones de mujeres alrededor del mundo se dedican a esta labor, esto influido tanto por la naturaleza como por la cultura. Si es la madre la que lleva al hijo en el vientre y su presencia es de suma importancia durante los primeros años del niño, es necesario que alguien salga a conseguir los medios económicos para sostener (económicamente) al hogar, labor que ha recaído en los varones principalmente.

El valor de una mujer en el hogar

Pareciera que esta distribución del trabajo nos hizo mal entender que quien traía el dinero al hogar gozaría de una posición de privilegio e incluso muchas veces de dominación frente al que no lo hacía. Hoy por hoy creo que tenemos el conocimiento suficiente para entender que si bien hemos incorporado esta distinción en nuestra vida, no es la correcta. 

La labor dentro de casa, que en su mayoría desempeñan las mujeres, es de un valor enorme. Recuerdo cuando mi esposo y yo discutimos la posibilidad de mi renuncia laboral para dedicarme al cuidado cercano de los niños. No fue una decisión fácil, y mucho tenía que ver con la sensación de perder mi «independencia», por no aportar económicamente al hogar.

Mi esposo, astutamente, hizo un ejercicio matemático. Calculó cuánto valía la hora de mi trabajo (según lo que ganaba mensualmente en la oficina), y llegó a la conclusión, que por el número de horas diarias (muchas más que en la oficina), finalmente estaría aportando más de lo que aportaría trabajando en un empresa.

Decisiones que se toman juntos

Agradezco este ejercicio, pues en ese momento sirvió de motivación. Hoy mirando hacia atrás no cambiaría por nada la decisión que juntos tomamos. No solo porque eventualmente mis hijos crecieron y yo tuve espacios para desarrollarme en otras labores intelectuales, sino porque la experiencia de conocer, cuidar y administrar mi hogar, se convirtió en una actividad valiosísima para mí.

Disfruto hacerlo porque a quienes impacta mi labor directamente es a quienes más amo. Porque además mi labor es reconocida por todos los miembros de mi familia. Porque ser ama de casa (mi labor principal) es para mi una alegría y un lugar de despliegue personal.

Reconocer esta labor no solo se hace necesaria por justicia, sino que creo que necesita ser vista con otros ojos. No se trata de un carga, no se trata de un trabajo menor, no se trata de algo de menor categoría y jamás se debería tratar como la responsabilidad única de una sola persona.

Ser ama de casa debería verse como una labor de amor colaborativa, donde todos los miembros colaboran. Sí, tal vez bajo la «gerencia» de la madre, teniendo como objetivo el bien común, movidos por el amor profundo del uno al otro, por el amor de una familia.

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