
¿Es normal pasar el tiempo rodeado de gente, ir corriendo de un lado a otro, trabajar, hablar con distintas personas, salir al gimnasio, comer con tu pareja, amigos o hijos, y aun así sentirse profundamente solo? ¿Te ha pasado?
La música suena, la gente conversa, y tú pareces abstraerte en un instante, como si hubieras sido arrancado de ti mismo. No es tristeza, no es nostalgia; a veces, parece ser miedo.
Dicen que la soledad mata, aunque yo creo que lo que mata es el vacío, no necesariamente la soledad en sí. Tiene sentido que, creados para el encuentro, estar sin el otro nos deje en una situación de vulnerabilidad.
Sin embargo, la soledad también se experimenta estando acompañado. Por lo tanto, no solo se siente soledad frente a la ausencia física.
Estar conectado, pero sentirse solo

En un mundo hiperconectado, la ausencia pareciera desaparecer, pues estamos «en contacto con» todo el día. Resulta incomprensible entonces el incremento de la sensación de soledad, especialmente en adolescentes y adultos mayores.
Aunque no se comprende del todo la causa exacta, hay evidencias que apuntan a que no es solo el uso excesivo de redes sociales o pasar más tiempo en el mundo digital la única razón para esta sensación; hay algo más.
Ese «algo más» está relacionado con la forma en que se busca y se consigue la compañía. Cuando esta compañía es utilitaria o superficial y el gran ausente es el contacto personal, la sensación de soledad se agranda.
Las relaciones se deterioran al punto de desaparecer si su único fin es el uso mutuo (para jugar, para alcanzar algo, para conseguir placer, para sentirse parte de, etc.).
Viviendo en la superficie

Hemos sido creados para el encuentro y no simplemente para estar juntos. Fuimos diseñados para coincidir cara a cara, no solo para admirar superficialmente la belleza del otro, sino para conocer y, finalmente, para amar. Cuando no damos estos pasos, nos ahogamos en la superficie y morimos de soledad.
Esta es la soledad que implica el no ser capaz de conocer al otro y, peor aún, el no ser capaz de entrar en la propia intimidad con el otro; con Él y con el otro.
Por mucha «ley de la atracción», decretación o concentración que se aplique, si las relaciones humanas se quedan en la superficie, no solo no prosperan, sino que nos achican.
Así, aun pudiendo tener miles de seguidores y varios cientos de likes, la sensación de vacío y desolación (más que de soledad) se hace inevitable.
Aprendiendo a conversar la soledad

Uno de los aprendizajes más difíciles de nuestros días es entablar una relación profunda, pues requiere tiempo, ganas de descubrir y de conversar; sin embargo, conversar es difícil. En la era de «todo debe fluir» y debe ser rápido, concreto y pasajero, conquistar el arte de las conversaciones profundas es todo un reto.
Hoy en día existen tantas maneras de comunicarnos y tantas formas de malinterpretarnos: un mensaje, un emoji, un sticker, un meme, una frase… todo es tan visual, rápido y breve.
Las conversaciones largas y profundas, necesarias para conocerse, como las que se tenían con la familia después de un almuerzo, están en peligro de extinción.
Los adultos mayores no encuentran audiencia, y los jóvenes se aburren de historias que no comprenden (o que simplemente sienten que no les son útiles). ¿El resultado? Sentirse solo e incomprendido.
El tiempo y el silencio

Necesitamos volver a aprender a conversar, pero, como para cualquier aprendizaje, esto requiere tiempo, práctica y voluntad. Necesitamos enamorarnos nuevamente, y mucho.
El enamoramiento (de todo lo bello o no) es esa fuerza que nos lleva a querer saberlo todo de aquello que nos atrae. Es esa inyección que te hace prestar atención al más mínimo detalle, a invertir tiempo y espacio, a investigar con rigurosidad.
Es muy cierto que el enamoramiento se agota cuando el descubrimiento no cuesta o se consigue fácil. Y esto aplica no solo a las relaciones personales.
Conversar y aprender a conversar (con uno mismo, con los otros y con Dios) depende de muchos factores, pero lo cierto es que el tiempo y el silencio son necesarios.
Necesitas tiempo para estar y silencio para dejar entrar al otro en tu mundo y atreverte a entrar en el suyo. Conversar no se trata de hablar sin parar, ni tampoco solo de escuchar sin interrumpir. Aunque parezca extraño, conocer al otro también implica aburrimiento, como el que traen las rutinas compartidas.
Entrar en intimidad con el otro

El vacío de la soledad se hace grande cuando no hay un otro a quien decidimos confiarle lo íntimo: los dolores, las alegrías, las luces y también las oscuridades. Esa es una soledad insoportable, distinta a la soledad de la añoranza, que es la que se siente cuando el encuentro con el otro se interrumpe.
La vida, aunque se viva en solitario, se hace más llevadera cuando se ha experimentado (aunque ya no esté) ese encuentro para el que fuimos creados.
Queda ese sabor agridulce de haberse sabido visto, comprendido y amado. Y aunque, por las razones que hayan sido, la separación llegue, el recuerdo sirve de motor para lanzarse a seguir buscando un «tú» que nos ayude a descubrir también, poco a poco, nuestro «yo».
Solos desde siempre, pero no para siempre

A pesar de tener las mejores relaciones del mundo, existe una pequeña herida en el alma, una sensación que muchas veces conduce a sentirse solo.
Nos tortura la pregunta: «¿Cómo puedo sentirme así si lo tengo todo?». Esa es la huella de la soledad originaria, que nos impulsa a mirar el cielo y a preguntar qué es eso que extrañamos tanto aun sin conocerlo, lanzándonos en su búsqueda.
Nuevamente, el silencio y el tiempo aparecen para mostrarnos que aquella compañía plena que anhelamos no se encuentra en este mundo. Sin ella vagamos errantes por esta tierra, dolientes. Esa es la soledad insoportable: el saberse sin origen.
Es una soledad que hasta el mismo Cristo quiso experimentar en los minutos más oscuros previos a su muerte, en su desesperado grito al cielo: «Padre, ¿por qué me has abandonado?». La soledad de sentirse sin Dios, o peor aún, de rechazarlo, es la soledad más cruenta, aquella que nos condena al vacío sin fin.
La soledad («sentirse solo»), por lo tanto, no debería ser solo sinónimo de ausencia, sino una llamada al encuentro. Con otros, con uno mismo y con Dios. No en vano Él nos lo dijo y nos lo sigue diciendo: «Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo» (Mateo 28:20).
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Definitivamente son esos desiertos , que nos hacen sentir esa soledad cuando nos apartamos de Dios , cuando nuestra fe flaquea.
me encantó! gracias! lo comparto!
Muchas gracias, agradezco mucho a Dios nuestro creador qué llegó este artículo a mi vida en este momento, es muy hermoso la manera de abordarlo, estoy en esta etapa de mi vida viviendo sola, y tengo la mejor compañía en el Señor. Me siento plena, ayuda mucho que soy cristiana católica practicante. Vivo mi fe desde la gracia del Señor. Hay mucho más por hacer para seguir compartiendo el evangelio. Muchas bendiciones. A Jesús por María.