Todos los seres humanos estamos sometidos a alguna autoridad. No hay hombre que no tenga por encima a otro hombre o una circunstancia por la que deba obedecer a algún mandato. Incluso los hombres más poderosos del planeta están sometidos a las leyes, e incluso aquellos que se creen por encima de las leyes están en última instancia sometidos a la más inexorable de las autoridades: la autoridad de la propia muerte.

1. ¿Tiene sentido obedecer en un mundo como el nuestro?


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La obediencia es una realidad de la naturaleza humana, y podemos darnos cuenta de que además es lo que nos humaniza: cuando vemos un niño caprichoso que suelta un berrinche en un lugar público, lo más natural es que nos solidaricemos con los padres y no con el berrinchudo. Cuando los niños carecen completamente de autoridad, se pueden convertir en verdaderos monstruos, e incluso enfermarse. Necesitamos la autoridad. Nuestra naturaleza humana está dañada, y es muy frecuente que no sepamos exactamente qué necesitamos. Nadie es buen juez de su propia causa, y el anhelo de “libertad” que tenemos se nos vuelve casi siempre en nuestra contra. Cuando alguien cree ser completamente “libre”, en el sentido de hacer su voluntad siempre, se puede llegar a convertir en un verdadero monstruo.

La obediencia está patente en todos los actos humanos: somos seres en relación y todos aceptamos, de mayor o menor grado, alguna autoridad. Cuando esa autoridad es ejercida responsablemente y de acuerdo a nuestra propia naturaleza, casi no sentimos el peso de esa autoridad. En Argentina tenemos un poema gauchesco emblemático, llamado «Martín Fierro». En él, haciendo un elogio de la autoridad paterna, el autor dice: «Un padre que da consejos, más que padre es un amigo». Cuando la autoridad se ejerce desde cerca, desde el corazón hacia el corazón, cuando el que manda conoce, acepta y ama al que es mandado, la autoridad no tiene casi peso: aceptamos la autoridad con alegría y obedecemos gustosos. Cuando la autoridad se ejerce despóticamente, cuando el que manda solo quiere ser obedecido sin discutir, o manda sin tener en cuenta la capacidad del que obedece, entonces la autoridad se vuelve molesta, y no queremos obedecer. Conocemos cientos de casos en los que déspotas mandaron a hacer cosas terribles a sus súbditos, y los súbditos ejercieron su derecho a la rebelión, algunas veces pacífica y otras veces no tanto.

Pero hay muchas veces que no comprendemos la autoridad, y otras veces que la entendemos perfectamente, pero no la queremos obedecer porque “tenemos otra opinión” que muchas veces coincide con ese vicio concreto, con ese algo que nos hace objetivamente mal, contra el que nos pide la autoridad que luchemos. Doy un ejemplo que me pasó a mí: hace muchos años, cuando recién comenzaba a trabajar, tenía un trabajo muy cómodo, a dos cuadras de donde vivía. Y llegaba tarde. Mis jefes me pedían que llegara temprano, porque al vivir cerca de la oficina yo tenía que abrirla, pero a mí el concepto de puntualidad no me parecía tan relevante. El problema es que esa oficina recibía reportes de emergencias y había que abrir sí o sí a las 8 am. Cuando un mes llegué tarde cuatro veces, me descontaron un porcentaje importante del sueldo. ¡Me pareció un atropello! ¡El reglamento de la oficina no decía nada al respecto, y me estaban castigando por algo que no estaba contemplado! Pero a partir de ese día comencé a llegar todos los días temprano. Y hoy soy sumamente puntual, un poco porque estoy casado con la persona más puntual del universo, y otro poco, porque aprendí mi lección.


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2. ¿A quién obedecemos los cristianos?

La Iglesia siempre entendió la autoridad como “servicio”, de hecho, al Papa se lo llama desde hace muchos siglos “el servidor de los servidores de Dios”, tomando lo que Jesús le dice a los discípulos cuando se peleaban como niños por quién ocuparía los primeros puestos en “el Reino” (que ellos veían como un reino temporal): «para ser primero en el Reino de los Cielos, hay que hacerse esclavo de los demás». ¿Por qué? Porque Nuestro Señor es el modelo de autoridad: como dice san Pablo: «Siendo de origen Divino, (…) se despojó de sí mismo tomando la condición de siervo» (Fil 2, 6-7). Cristo nace obediente (se somete a José y María, a sus cuidados y a su autoridad) y muere obediente, obedeciendo hasta la muerte y muerte de Cruz (Fil 6, 8). Las obras de caridad materiales y espirituales son la comprensión cabal de lo que significa la autoridad: El que sabe, debe enseñar; el que tiene, debe dar; y mediante el servicio es como ejerce la autoridad.

El papa Francisco cuenta cómo Jesús es “testigo de obediencia”:

«El cristiano es testigo de obediencia, como Jesús, que se aniquiló y en el huerto de los olivos dijo al Padre: ‘Que se haga tu voluntad, no la mía».

Puede ser que haya algunas cosas que no comprendamos inmediatamente, o que nos resistamos a hacer, pero es nuestro deber profundizar en el conocimiento, para poder aceptar y obedecer gustosos. Lo dice Jesús: «Conocerán la verdad, y la verdad los hará libres» (Jn 8,32).

3. ¿Dónde queda nuestra libertad?

¿Cómo puede ser que la obediencia, que aparentemente coacta nuestra libertad, nos haga más libres? Porque, como dice el Catecismo, obedecer significa confiar en quien manda. Todos sabemos que Dios quiere que todos seamos felices, y esa felicidad la podremos alcanzar cumpliendo el plan de Dios para nuestras vidas. Cuando este plan se concreta, esa obediencia se convierte en verdadera libertad, porque siguiendo el plan de Dios no nos esclavizamos de ninguna criatura, ni de ningún apetito, sino solamente de lo que nos acerca más a Dios. Cuanto más cerca estemos de Dios, más felices seremos sin lugar a dudas.

Para revisar personalmente:

¿Qué tan obediente soy? ¿Obedezco a las autoridades legítimas o soy rebelde? ¿Entiendo los mandamientos de la Ley de Dios como un plan para mi propio perfeccionamiento o los siento como una carga? ¿Entiendo los mandatos de la Iglesia y profundizo en aquello que no comprendo?