Sentido de vida

¿Alguna vez te has preguntado qué sentido tiene la vida, lo que hacemos, lo que con esfuerzo obtenemos? ¿O has experimentado que, a pesar de tener muchas cosas… aún hay un vacío que nada puede llenar?

Hace poco vi una entrevista a Rosalía, la reconocida cantante española, que me conmovió por su honestidad. En medio del éxito y la fama, confesó: «Me he pasado toda la vida con esta sensación de vacío. A veces te confundes, pensando que con algo material lo puedes llenar… A lo mejor estamos confundiendo este espacio. ¿Será que ese espacio, quizás, es el espacio de Dios?».

¿Qué sentido tiene la vida…?

Sus palabras no vienen de un púlpito, sino del corazón de una artista que, después de alcanzar casi todo lo que el mundo considera éxito, reconoce que sigue buscando algo más profundo.

En otro momento, afirmó: «Dios es el único que puede llenar los espacios si tú tienes la predisposición, la actitud y la manera de abrirte para que eso pueda pasar».

No es frecuente que una figura pública de la música contemporánea hable de Dios con tanta naturalidad. Pero lo que dice Rosalía conecta con algo muy humano: ese eco interior que nos recuerda que no todo se resuelve con tener más, saber más o aparentar más.

Un deseo inscrito en el corazón humano

San Agustín lo expresó hace siglos con una frase que sigue siendo actual: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (Confesiones, I, 1).

Esa inquietud, ese vacío del que habla Rosalía, no es un defecto: es una huella divina. Somos seres deseantes, y nuestro deseo es infinito. Podemos intentar llenarlo con mil cosas —afecto, reconocimiento, placer, poder, consumo—, pero al final siempre habrá una parte de nosotros que sigue diciendo: «no basta».

El papa Francisco, en Christus Vivit, lo expresa con ternura al hablar a los jóvenes:

«Tu corazón está hecho para amar, para recibir y dar amor. Por eso, cuando lo llenas de otras cosas, se vuelve triste y vacío» (n. 120).

¡Qué importante es recordar esto también nosotros, los que acompañamos procesos de fe! Porque a veces el vacío que experimentan los niños, jóvenes o adultos en nuestros grupos no se debe a falta de fe, sino a que aún no han descubierto a Quién pertenece su deseo más profundo.

Del vacío a la búsqueda del sentido de vida

En el nuevo álbum de Rosalía, titulado Lux (que significa «luz» en latín), ella parece seguir explorando este camino interior. La estética del disco evoca lo sagrado: en la portada aparece con un velo blanco y en las entrevistas habla de «humildad» y «predisposición espiritual».

La artista confiesa admirar la vida contemplativa y la sencillez de las monjas, a quienes llama «ciudadanas celestiales».

Esa sensibilidad espiritual no surge del moralismo, sino del asombro. Rosalía parece haber comprendido que no se trata de «llenar el vacío», sino de abrirse al misterio que puede habitarlo.

El psiquiatra y filósofo Viktor Frankl, sobreviviente del Holocausto, con respecto al sentido de vida, decía algo parecido desde otra perspectiva:

«No hay nada en el mundo, creo, que capacite tanto a una persona para sobrevivir, incluso en las peores condiciones, como el saber que la vida tiene un sentido» (El hombre en busca de sentido).

Cuando se descubre el sentido en Dios, el vacío deja de ser ausencia para convertirse en espacio de encuentro.

La espiritualidad de la apertura

Jesús lo dijo con sencillez en el Evangelio: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos» (Mt 5,3).

Ser «pobre de espíritu» no significa carecer de cosas, sino reconocer que solo Dios puede colmar lo que somos.

Rosalía lo intuía al decir: «Si tú haces espacio, quizá Alguien que está por encima de ti puede llegar y pasar a través de ti».

Esa es una clave preciosa para el apostolado: aprender a «hacer espacio». En un mundo que todo lo ocupa —la prisa, la pantalla, el ruido—, necesitamos reaprender el arte del silencio interior, el valor de la humildad, la actitud de quien se sabe necesitado.

Solo cuando dejamos un hueco libre, Dios puede entrar.

Acompañar el vacío en los otros

Como catequistas, profesores o acompañantes, nos toca escuchar muchas veces frases como: «ya no creo en nada», «no le encuentro sentido a la vida», «me siento vacío».

Nuestra tarea no es llenar ese vacío con respuestas rápidas o doctrinas, sino acompañar con ternura ese camino.

Podemos preguntar: «¿Qué cosas has intentado que te llenen el corazón?», «¿Qué sientes que todavía te falta?», «¿Te has permitido pensar que tal vez ese espacio no se llena con cosas, sino con una presencia?».

Dios actúa precisamente ahí: en la hondura del corazón humano, en el silencio donde las palabras ya no bastan.

Cuando la fe y la cultura se encuentran

Es bello ver cómo una artista contemporánea puede convertirse, sin proponérselo, en testimonio de una búsqueda espiritual. Lux, su nuevo disco, puede ser una oportunidad para el diálogo entre fe y cultura.

No se trata de canonizar a Rosalía, sino de reconocer que su experiencia puede abrir una puerta para hablar de Dios en lenguaje comprensible, especialmente con los jóvenes.

Podemos mostrarles que la fe no está reñida con el arte, la belleza o la autenticidad. Que creer no es «llenar un vacío con normas», sino descubrir una relación viva con Alguien que nos habita y nos plenifica.