
Si les preguntara qué fue lo más importante que ocurrió el día de su boda, probablemente recibiría respuestas muy distintas. Algunos recordarían la emoción de entrar al templo. Otros hablarían de la promesa que hicieron ante Dios, del abrazo de sus padres o de la alegría de celebrar junto a la familia.
Todo eso forma parte de un día inolvidable. Pero me atrevo a decir que aquel día Dios realizó algo todavía más grande en ustedes.
Con el paso de los años llegan las alegrías, nacen los hijos, aparecen las preocupaciones y, cómo no, también las diferencias. Incluso puede haber noches en las que ninguno quiera dar el primer paso para reconciliarse. Entonces, casi sin darse cuenta, ambos terminan sintiendo que en esa discusión está en juego algo más importante que el asunto por el que comenzaron a pelear.
¿Qué es lo que realmente se pone en juego en esos momentos?
Para responder esta pregunta hay que volver al día de la boda. Porque aquel día Dios no solo unió a un hombre y a una mujer: hizo nacer entre ellos un «nosotros». Y ese «nosotros» también está llamado a ser transformado por su gracia.
El día de la boda nació algo nuevo

Traigan por un momento a la memoria el día de su boda. Mientras pronunciaban el consentimiento, seguramente todos estaban pendientes de lo visible: las promesas, los anillos, el beso, las fotografías, la alegría de la familia…
Pero, al mismo tiempo, Dios estaba realizando algo que ningún fotógrafo podía captar.
No solo unía sus vidas ni bendecía un proyecto compartido. Estaba haciendo nacer una realidad nueva: una comunidad de vida y amor, un «nosotros» que hasta ese momento no existía.
Quizá por eso vale la pena preguntarse: ¿qué tiene de propio la espiritualidad matrimonial?
Muchos responderían que consiste en rezar juntos, participar en la Eucaristía, leer la Palabra de Dios o servir en la parroquia. Todo eso forma parte de la vida cristiana y fortalece profundamente el matrimonio, pero también puede hacerlo cualquier bautizado.
La originalidad del matrimonio cristiano está en otra parte.
El sacramento no entrega una gracia para que cada esposo recorra aisladamente su camino de fe. La gracia matrimonial sostiene también la alianza, la entrega y la comunión que han nacido entre ellos. Dios santifica al esposo y a la esposa precisamente en su llamada a amarse, entregarse y recibirse mutuamente.
Por eso, el matrimonio no consiste simplemente en que dos personas caminen una al lado de la otra hacia el cielo. Consiste en aprender a custodiar el don recibido el día de la boda.
Desde aquel día ya no existen solamente un «yo» y un «tú». Existe también un «nosotros» que pertenece a Dios y está llamado a reflejar, en medio de la vida cotidiana, el amor de Cristo por su Iglesia.
La santidad matrimonial tiene forma de vida cotidiana

Si Dios hizo nacer ese «nosotros» el día de la boda, surge una nueva pregunta: ¿cómo se fortalece?
A veces imaginamos que la santidad matrimonial se juega únicamente en los grandes momentos: una peregrinación, un retiro espiritual, una buena confesión o una intensa oración en pareja. Todo eso alimenta la vida cristiana de los esposos y los ayuda a volver la mirada hacia su verdadera meta: Dios.
Pero la santidad matrimonial crece también cuando uno escucha antes de responder. Cuando se pide perdón antes de que el orgullo eche raíces. Cuando se modifica un plan personal por el bien del otro. Cuando se prepara el desayuno, se acompaña una enfermedad, se pasa la noche cuidando a un hijo pequeño o, sencillamente, se pregunta con verdadero interés: «¿Cómo estuvo tu día?».
El papa Francisco lo expresa con una sencillez admirable: «La espiritualidad del amor familiar está hecha de miles de gestos reales y concretos» (Amoris laetitia, 315).
Cristo no espera a los esposos solamente en los momentos extraordinarios. Sale a su encuentro en la vida ordinaria, allí donde el amor se hace visible en detalles que casi nadie aplaude, pero que sostienen silenciosamente un hogar.
Los hijos, obra de Dios

También los hijos forman parte de esta obra de Dios. No son únicamente el fruto del amor de sus padres: ayudan a que ese «nosotros» madure y se abra a la entrega. Cada decisión educativa, cada preocupación compartida y cada alegría familiar recuerdan a los esposos que ya no viven únicamente para sí mismos.
Pero, incluso cuando un matrimonio experimenta el dolor de no poder tener hijos o de perder uno en el camino, ese «nosotros» no deja de estar llamado a crecer en la entrega. La fecundidad del amor cristiano es siempre más grande que sus expresiones biológicas y puede abrirse de muchas maneras al cuidado, al servicio y a la acogida de los demás.
La santidad matrimonial, entonces, no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en permitir que Cristo transforme la rutina en una escuela de amor.
Porque las grandes historias de fidelidad casi nunca se escriben con un único gesto heroico. Se construyen con pequeñas decisiones de amor repetidas, una y otra vez, durante toda la vida.
Cuando el «yo» amenaza al «nosotros»

Sin embargo, ese «nosotros» no crece automáticamente. Como toda historia de amor, necesita ser cuidado. Y comienza a debilitarse cuando el «yo» ocupa todo el espacio y deja de preguntarse por el bien común de los esposos.
Rara vez el deterioro empieza con una gran traición. Con frecuencia comienza con pequeñas renuncias al amor: dejar de escuchar, querer tener siempre la razón, tomar decisiones sin consultar al otro, acostumbrarse a vivir como simples compañeros de casa o permitir que el orgullo dure más que el cariño.
Las crisis forman parte de toda historia de amor. La diferencia no está en evitarlas, sino en aprender a atravesarlas juntos.
El matrimonio cristiano no promete una vida sin dificultades. Ofrece una gracia capaz de sostener a los esposos y su comunión cuando las fuerzas humanas parecen insuficientes.
Por eso, la reconciliación, el diálogo, el perdón y la ayuda mutua no son solamente técnicas para resolver conflictos. Son caminos por los que Cristo continúa fortaleciendo ese «nosotros» que un día hizo nacer y que no deja de sostener.
Como recuerda Amoris laetitia, el matrimonio es un camino dinámico de crecimiento. Los esposos no reflejan perfectamente el amor de Cristo desde el primer día. Aprenden a hacerlo poco a poco, acogiendo los dones de Dios en medio de sus límites y fragilidades.
Cuando un matrimonio aprende a volver a empezar, descubre que incluso sus heridas pueden convertirse en lugares donde Dios continúa obrando.
Cuidar el «nosotros» es caminar hacia el cielo

La próxima vez que recuerden el día de su boda, quizá ya no piensen solamente en las flores, los anillos, las fotografías o la alegría de la celebración.
Tal vez descubran que aquel día Dios hizo mucho más de lo que sus ojos pudieron ver: creó entre ustedes un «nosotros» y lo confió a sus manos para que, sostenido por su gracia, creciera cada día.
Por eso, al terminar la jornada, quizá la pregunta más importante no sea únicamente: «¿Hoy fui un buen esposo?» o «¿Hoy fui una buena esposa?», sino también: «¿Hoy cuidé el “nosotros” que Dios nos regaló?».
Porque el matrimonio no consiste simplemente en que dos personas intenten llegar juntas al cielo. Consiste en permitir que Cristo transforme su comunión en un reflejo vivo de su amor por la Iglesia.
Ese es, quizá, uno de los milagros más hermosos del sacramento: mientras los esposos aprenden a amarse cada día, Dios va santificando sus corazones y haciendo de su comunión un camino hacia Él.
Ese «nosotros» fue uno de los grandes regalos que Dios les hizo el día de su boda. Cuídenlo cada día, porque también puede convertirse en uno de los caminos más hermosos por los que lleguen juntos a su encuentro definitivo.

Gran mensaje, me recuerdo el amor que Dios insertó en lo profundo del corazón
Gracias Padre, es verdad el nosotros nos lleva a ver al otro convertido en un solo cuerpo que tengo que cuidar, pues ya no somos dos sino uno solo, por ejemplo, mi esposo y yo estabamos escribriendo una charla y me dijo me voy a acostar, no me gusto mucho eso, pero regreso y me dijo me duele la cabeza le di medicina y quiso quedarse le dijo no, ve a descansar luego revisaremos lo escrito. al dia siguiente le pregunté cómo te sientes me dijo bien, me dió gusto, pero sobretodo se fortaleció el nosotros.
Excelente reflexión
Gracias por tan bonita reflexión, unirse en matrimonio es siempre un “nosotros” y recordar día con día que es la unión que hemos construido con nuestro padre celestial.
Muchas gracias, qué hermoso recordatorio de que el matrimonio es mucho más que compartir una vida: es construir un “nosotros” de la mano de Dios. La santidad matrimonial se encuentra en los pequeños detalles de cada día, en aprender a escucharnos, perdonarnos, apoyarnos y volver a elegirnos aun en medio de las dificultades. Cuidar ese “nosotros” es, sin duda, una de las formas más bonitas de caminar juntos hacia Dios. 🙏