Inseguridades

¿Alguna vez te has mirado al espejo y lo primero que has visto no ha sido tu rostro, sino todo aquello que crees que está mal en ti? Tal vez una arruga, unos kilos de más, una cicatriz, el cabello que no te gusta o alguna parte de tu cuerpo que preferirías esconder. Las inseguridades pueden comenzar frente a un espejo, pero no siempre nacen de él. A veces aparecen en una fotografía, en un comentario, en una comparación o incluso en la mirada que imaginamos que los demás tienen sobre nosotros.

Hace algunos meses encontré un mensaje publicitario que me hizo pensar precisamente en esto. El video «Reflejos», de la Liga F, parte de un dato que llama la atención: el 70 % de las adolescentes abandonan el deporte por inseguridades físicas.

La historia muestra a una joven que se mira con dudas antes de ponerse su uniforme y salir a jugar fútbol. Después de compartir el partido con sus compañeras, vuelve a casa y se encuentra nuevamente frente al espejo. Esta vez, sin embargo, algo ha cambiado: sonríe.

El espejo sigue siendo el mismo. La que ha cambiado es su mirada.

Y quizá ahí hay una pregunta que va mucho más allá del deporte: ¿qué hemos aprendido a ver cuando nos miramos a nosotros mismos?

Te invito a ver el video:

No todas las inseguridades nacen frente al espejo

Cuando pensamos en las inseguridades, solemos relacionarlas inmediatamente con la apariencia física. Y es comprensible. Vivimos rodeados de imágenes cuidadosamente seleccionadas: cuerpos perfectos, rostros sin imperfecciones, vidas aparentemente felices, familias que parecen no tener problemas y personas que siempre parecen saber qué hacer con su vida.

Pero hay espejos que no están hechos de vidrio.

Existe el espejo de las redes sociales, en el que comparamos nuestra vida cotidiana con los mejores segundos de la vida de otros. Está el espejo de la opinión ajena, que nos hace preguntarnos constantemente qué estarán pensando de nosotros. Está el de la comparación, que convierte los logros de los demás en una medida de nuestro propio valor. También el espejo del fracaso: ese que nos recuerda una equivocación y termina haciéndonos pensar que no somos capaces.

Y está quizá uno de los más difíciles: el espejo interior con el que nosotros mismos aprendemos a juzgarnos.

Por eso, aunque las adolescentes pueden experimentar estas presiones con especial intensidad, no son las únicas. Un adulto puede sentirse inseguro porque piensa que no ha alcanzado lo que otros ya consiguieron. Una madre puede sentirse insuficiente. Un padre puede creer que ha fracasado. Un joven puede pensar que no es suficientemente atractivo, inteligente o exitoso. Incluso quienes aparentemente tienen una gran seguridad pueden estar librando silenciosamente una batalla con la imagen que tienen de sí mismos.

Las inseguridades no siempre se ven. Y precisamente por eso podemos ser muy duros con personas que están luchando con algo que desconocemos.

¿Quién te enseñó a mirarte así?

Esta pregunta puede incomodar, pero también puede abrir un camino porque muchas veces no nacimos rechazando nuestro cuerpo, nuestras capacidades o nuestra historia, sino que aprendimos a hacerlo.

Quizá alguien se burló de nosotros cuando éramos pequeños. Quizá una comparación repetida terminó convirtiéndose en una convicción. O alguien nos hizo sentir que nunca éramos suficientemente buenos. Tal vez una experiencia de rechazo dejó una marca. O las redes sociales terminaron diciéndonos, poco a poco, cómo deberíamos vernos para sentir que merecemos ser aceptados.

Y sin darnos cuenta, comenzamos a mirarnos con los ojos de otros.

Aquí la fe tiene algo importante que decir. No porque el Evangelio nos ofrezca una fórmula rápida para sentirnos bien con nosotros mismos, sino porque nos propone una mirada diferente sobre la persona humana.

En el relato de la creación encontramos una afirmación sencilla y profunda: el ser humano ha sido creado a imagen de Dios (Gn 1, 27). Esto significa que nuestro valor no comienza en nuestra apariencia, en nuestros resultados, en nuestros seguidores, en nuestro rendimiento o en la aprobación de los demás.

Nuestro valor es anterior a todo eso. Antes de conseguir algo, ya somos dignos. Antes de ser admirados, ya somos dignos. Y antes de ser aceptados por otros, ya somos dignos. E incluso antes de aprender a reconocerlo nosotros mismos, Dios ya nos mira con amor.

Quizá por eso resulta tan significativa aquella escena del Evangelio en la que Jesús mira a las personas de una manera distinta. Jesús no parece quedarse en la superficie. Mira a Zaqueo escondido entre la multitud, mira a Pedro después de su fracaso, mira al joven rico con afecto, mira a la mujer que todos juzgan y mira también a quienes están heridos y cansados.

Jesús mira y, al mirar, devuelve la dignidad.

Cuando Dios se convierte en nuestro espejo

Tal vez necesitamos preguntarnos qué ocurre cuando dejamos que Dios sea el espejo desde el cual aprendemos a mirarnos. No se trata de construir una imagen idealizada de nosotros mismos ni de negar aquello que necesitamos cambiar. La mirada de Dios no es una mirada ingenua. Él conoce nuestras fragilidades, nuestros pecados, nuestras contradicciones y nuestras heridas.

Pero Dios puede mirarnos completamente sin reducirnos a ninguna de ellas. Recuerda siempre que, aunque puedes haber cometido un error, no eres ese error; puedes tener defectos físicos, pero tu cuerpo no determina tu dignidad.

Las inseguridades intentan convencernos de que una parte de nuestra historia es toda nuestra historia. El Evangelio, en cambio, nos recuerda que siempre hay más en nosotros de lo que alcanzamos a ver.

Por eso resulta tan hermoso el mensaje final de aquel video: la joven regresa al espejo después de haber encontrado un nuevo reflejo en sus compañeras, en el juego, en la experiencia de sentirse capaz. El espejo no le dice nada nuevo. Simplemente ella ha descubierto otra manera de mirarse. También nosotros necesitamos encontrar nuevos reflejos.

Necesitamos comunidades donde nadie tenga que demostrar constantemente cuánto vale. Amigos capaces de decirnos la verdad sin humillarnos. Familias donde podamos mostrarnos vulnerables. Iglesias donde una persona pueda llegar con sus heridas sin sentir que primero tiene que aparentar estar bien. Y necesitamos, especialmente con niños y jóvenes, adultos que sepan reconocer su valor antes de señalar sus defectos.

Porque quizá una de las formas más concretas de evangelizar hoy sea ayudar a alguien a descubrir que puede mirarse de otra manera.

Ante las inseguridades, ¿qué reflejo estamos ofreciendo?

Esta pregunta no es solamente personal. También es pastoral. Si somos catequistas, profesores, agentes de pastoral, padres, madres, acompañantes o amigos, vale la pena preguntarnos: ¿qué reflejo encuentran en nosotros las personas que acompañamos?

¿Se sienten juzgadas o acogidas? ¿Sienten que tienen que demostrar algo para ser valiosas? ¿Les hablamos solamente de lo que deberían mejorar o también les ayudamos a reconocer los dones que Dios ya ha sembrado en ellas?

A veces creemos que evangelizar consiste únicamente en transmitir contenidos. Pero también evangelizamos con la manera como miramos.

Una adolescente que se siente escuchada puede descubrir que su voz importa. Un joven que ha fracasado y encuentra una persona que no lo define por su error puede recuperar la esperanza.

Una mujer que ha aprendido a despreciar su cuerpo puede necesitar, antes que un consejo, alguien que le recuerde que su dignidad no depende de cumplir un determinado modelo de belleza. Un hombre que siente que debe aparentar fortaleza todo el tiempo puede necesitar un espacio donde finalmente pueda decir: «No estoy bien».

Quizá el mundo ya tiene demasiados espejos que deforman y crean inseguridades. Nuestra misión podría consistir, en parte, en ofrecer reflejos que devuelvan la verdad.

No una verdad fabricada para hacer sentir bien a cualquiera, sino esa verdad profundamente cristiana que afirma que cada persona es amada por Dios y posee una dignidad que nadie puede quitarle.

Al final, podemos volver a la pregunta del comienzo: ¿qué vemos cuando nos miramos?

Tal vez no podamos evitar todos los espejos que nos rodean. Seguiremos encontrándonos con fotografías, redes sociales, comparaciones, opiniones y miradas ajenas. Pero sí podemos aprender a preguntarnos: «¿Desde dónde estoy mirando?»

Y quizá, poco a poco, podamos aprender a mirarnos con los ojos de Aquel que nos conoce completamente y, aun así, nos ama. Entonces el espejo no necesariamente habrá cambiado; habrá sanado nuestra mirada.