
Hoy, en el día de san Joaquín y santa Ana, te quiero dejar con una pequeña reflexión sobre la edad y la vejez.
San Joaquín y santa Ana son figuras importantes en la tradición cristiana, reconocidos como los padres de la Virgen María. Y, por lo tanto, los abuelos de Jesús. Aunque no se mencionan en los evangelios canónicos, su historia se encuentra en escritos apócrifos, como el Protoevangelio de Santiago. Según la tradición, Joaquín era un hombre piadoso y de buena posición económica.
Se casó con Ana, pero durante muchos años no tuvieron hijos, lo cual era motivo de gran tristeza para ellos. Joaquín se retiró al desierto para ayunar y orar, pidiendo a Dios un hijo. Ana también era devota y piadosa.
Después de muchos años de esterilidad, recibió la promesa de un hijo por un ángel, similar a otras figuras bíblicas como Sara, la madre de Isaac. Finalmente, dio a luz a María, quien fue concebida sin pecado original según la doctrina de la Inmaculada Concepción.
Ahora bien, ¿qué edad tienes tú? Es una pregunta por la cual todos hemos pasado en algún momento de nuestra vida. Tantísimas veces esta pregunta la hemos contestado nombrando tan solo nuestros años de vida. Pero, ¿y si te dijera que hay más por ver al responder esta pregunta y que tal vez nunca la hemos contestado bien?
En el día de estos dos santos, abuelos de Jesús, quiero que pensemos en la relación que tiene la edad con los límites y las posibilidades que nosotros mismos nos imponemos y la relación que tiene esto con nuestros propios pecados.
Una edad que se muestra en cómo vivimos

«¿Te sientes viejo? Tienes la edad de tus pecados. ¿Te sientes joven? Tienes la edad de las cosas que amas» (Fr. Aníbal E. Fosbery O.P.). Esta frase tiene mucho por profundizar y meditar de nuestra vida espiritual. Siempre mirándonos con la mirada de la misericordia de Dios, es importante abrir nuestro corazón con sinceridad y poder decir algo espiritualmente valioso y fuerte: El pecado nos enferma y nos envejece.
Más allá de la edad, no pocos han conocido personas de edad avanzada, pero que tienen una vitalidad y una libertad en su corazón que les permite amar tanto y verse tan enamorados de la vida, que se ven realmente jóvenes más allá de la edad que tienen.
Decía San Josemaría Escrivá que «lo que se necesita para conseguir la felicidad no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado». Piensa por un instante en la vida de san Joaquín y santa Ana, viendo crecer a la Inmaculada Virgen María. Verla crecer plena de gracia, como se iba encaminando hacia ese «Hágase en mí según tu palabra».
La realidad del pecado

¿Qué hay de grave en el pecado como para estar hablando siempre de eso en la Iglesia? ¿Tan grave es como para que Jesús muriera en el madero de la cruz? ¿No es un poco exagerado?
La respuesta es sencilla. En el pecado, la vida que se oscurece por la ausencia de Dios nos enferma. Necesitamos ser rescatados de esa esclavitud, pues solos no podemos subsanarlo.
El pecado hace que quitemos el verdadero fin de las cosas y de las personas. Así, terminamos amando las cosas y usando a las personas. El pecado vacía de sentido el fin último de las cosas. Confunde a la persona, pues no logra vivir según el plan de Dios, sino con una conciencia distorsionada.
Cuando vemos la realidad distorsionada por el pecado, el engaño no es menor. Se cree ver luz en algo que no tiene luz propia para brillar, y eso es el pecado en última instancia: una mentira disfrazada de satisfacción de nuestros anhelos.
Esto poco a poco va hiriendo y lacerando el corazón de la persona, que cuidadosamente fue pensado y diseñado por Dios para ser libre, para darse a los demás, para el amor y la comunión.
Mira por unos instantes a la pequeña Virgen María. Pídele que te ayude, para poder alejarte de la vida de pecado y entregarte de la misma manera que lo hizo ella. Caminando siempre en la plenitud del amor, para ser el sagrario vivo del Amor de los amores.
San Joaquín, santa Ana y la realidad del amor

En este sentido, si queremos una vida virtuosa, vivir los anhelos que hay en el interior de nuestro corazón y tener una eterna juventud interior aunque pasen los años, necesitamos que nuestro corazón se purifique en el amor. Es importante examinar todo aquello que se ha sembrado en nuestro interior.
Cuando logramos amar genuinamente, nuestra vida será fecunda, dará fruto y seremos felices, porque ese es el grito de Dios para sus hijos: ¡ama y sé feliz amando! Pero las heridas que se anidan en el corazón de la persona y que no se atienden, por la falta de oración, de encuentro con el Señor, por no unirnos sacramentalmente a Él, llevan a que la persona llene su interior de cualquier cosa, que finalmente no será el amor de Dios.
Construyamos buenos hábitos interiores de oración y de examen de conciencia. Nos permitirán examinar nuestra vida a la luz del amor de Dios, para así poder comprender mejor qué se está sembrando ahí. Y, así, poder ser esos eternos jóvenes, revestidos del amor de Dios.
Pidamos hoy la intercesión de san Joaquín y santa Ana para que podamos, de la mano de la Virgen María, caminar hacia el encuentro con Dios. Para que podamos vivir esa vocación esencial a la que todos estamos llamados: la santidad.

A solo 7 meses de los 80 años agradezco al señor sentir la fortaleza a pesar de las enfermedades haber superado tantas cirugías solo pidiendo Que Dios bendiga a las familias del mundo entero principalmente nuestros hijos nuestros nietos que encuentren su camino.
Gracias por el regalo maravilloso de ser abuela de 3 varones, haré una profunda reflexión sobre la vida.. el amor a los nietos es incomparable, pero no me siento satisfecha en otros aspectos .
Buenas tardes. Es una barbaridad utilizar un evangelio apócrifo para justificar un comentario. Crítico la utilización de ese evangelio, no la prédica. Por favor escuchen la homilía de Nelson Medina.