Todos hemos tenido una persona cercana a nuestro entorno que nos carga y nos ha hecho sufrir. Puede ser un amigo, conocido y, en muchos casos, algún miembro de nuestra familia.

Cuando nos cuesta perdonar a alguien o cuando nos cuesta dejar el control de una situación que nos gustaría (con mucha razón) que fuera diferente, es cuando más experimentamos que la relación con otros y con nuestra propia vida se vuelve una carga personal para nosotros.

En esto pensé cuando vi este video «Gucci Valigeria» de Gucci, con Ryan Gosling:

Piensa por un segundo, ¿De cuántas personas te has alejado por una herida ocasionada? Como si fuera poco, todos nos hemos enfrentado a duros pasajes del evangelio que nos invitan a perdonar «hasta 70 veces 7» (Mt 18,21-35), a «mostrar la otra mejilla» (Lc. 6:29-42).

O también a perdonar a los que nos ofenden (Mt. 18, 21-22), cosa que no es para nada fácil.

La sensación de injusticia

Todos hemos atravesado esas circunstancias donde hemos sentido que se ha cometido algún tipo de injusticia contra nosotros. Alguien de quien esperábamos mucho nos ha defraudado o nos hemos enterado de algo no esperado.

Eso, sin duda, causa un dolor infinito que nos rompe por dentro y pensamos «esto no es posible». «Lo perdono, pero prefiero tomar distancia». «No creo en el amor» o peor aún, «no creo en la bondad de las personas».

Muchas de estas situaciones objetivamente hablando son difíciles de asumir para cada persona, pues sentimos que nuestra confianza se ha defraudado.

Armando mi protección

No son pocas las personas que a raíz de estas vivencias empiezan a establecer barreras interiormente frente a los demás o frente a las situaciones que atraviesan. Muchas veces, nuestras cargas son por no sentirnos aceptados por los demás.

Esto nos hace sentir que debemos «exigirnos más» para poder hacer parte del grupo o para ser aprobado por mis padres o determinadas personas.

Muchas veces las palabras que nos dirigen los mayores cuando somos niños nos marcan por el resto de la vida: «eres malo», «no eres tan bueno como deberías», «no te quiero».

Entre otros comentarios, nos llevan a endurecernos contra nosotros mismos para poder ponernos una máscara ante los demás. De modo que obtenga lo que tal vez es lo más importante en la vida de un niño (y de un adulto también): Aprobación. 

Las heridas que nos han marcado de niños es lo que más sufrimos de adultos. Siempre surge la pregunta: ¿cuánto desprecio necesita un niño recibir para luego repetirse a sí mismo «soy malo», «no merezco amor», «todos me abandonan»?

¿Cuántos comentarios sobre su cuerpo necesita una persona que se le hagan para desarrollar trastornos alimenticios? ¿Cuánto necesita una persona que se le invaliden sus emociones y su perspectiva para pensar en quitarse la propia vida o desarrollar enfermedades somáticas?

Todas las personas aprenden, de diferentes maneras, algún modo de comportarse para «estar en el mundo». En consecuencia, podría decirse que lo que usualmente «conocemos» del otro no es su corazón, sino su armadura externa, con la que aprendió a estar en el mundo.

Piensa por un segundo: ¿qué era lo que más te exigías de pequeño para obtener el amor de otros?, ¿tus notas, tu cuerpo, tu físico…?

Permitirnos amar de verdad al otro

Una tarea que creo que todos tenemos como cristianos justamente es aprender a abrazar al otro en su totalidad. ¿Acaso Dios no nos ha amado de esa manera? Cuando nos permitimos amar de verdad al otro, de alguna u otra manera, pasa lo que le pasó a Ryan Gosling en el video comercial de Gucci: logra soltar las «maletas» que lleva y empieza a andar más liviano.

Por supuesto, esto es todo un proceso. Empezando porque muchas veces ni siquiera somos conscientes de tener cargas que nos hieren personalmente. Muchas veces no somos conscientes de las heridas que hemos ocasionado a los demás o las heridas que los demás nos han ocasionado.

Valdría la pena preguntarnos: ¿qué maletas llevo yo hoy?, ¿qué nombre le daría a mi maleta?, ¿abandono, desaprobación, juicio, etiquetas, abusos?

Pedir la luz del Espíritu Santo y buscar ayuda

Para descubrir las maletas que llevamos, el tiempo que hemos estado cargándolas y lo mucho que nos afectan necesitamos dos cosas: gracia y ayuda. Necesitamos la gracia de Dios, que ilumine nuestras conciencias para poder comprender dónde estamos heridos, así como también necesitamos ser humildes para reconocer nuestras heridas y fragilidades.

Asimismo, necesitamos pedir ayuda, bien sea a un director espiritual o psicólogo que nos permita ahondar en nuestra historia y vernos más a profundidad a nosotros mismos para así cooperar con la gracia de Dios. Él es fiel y nos ayudará a dar los pasos necesarios para avanzar en nuestra reconciliación personal.

En conclusión, para poder llevar una vida más libre y en paz será necesario comprender con nuestra inteligencia las cargas que tenemos en el corazón, su origen y la mejor forma de abordarlas, de modo que podamos vivir con un corazón más libre y unas maletas más ligeras.

Creo que me gustaría decir a Ryan Gosling, del comercial de Gucci: nadie está obligado a llevar eternamente cargadas esas maletas, es necesario en cierto punto aprender soltarlas.