El pisco es un licor muy popular en el Perú y Chile. Es el nombre que se le da al agua ardiente de uva, un destilado muy fuerte. En estos países es de consumo masivo.

En Chile hay una marca masiva, con años de historia, que hace unos años gozaba de gran reputación (como nosotros acá en católicolandia), pero en este último tiempo ha bajado sus ventas por su mala reputación (igual que nosotros acá en católicolandia), es el Pisco Capel.

Últimamente, la gente se refería a esta marca de pisco como si fuera de mala calidad, que genera una terrible resaca, que es casi como un producto de limpieza o que cura el Covid. Y en redes sociales lleva tiempo popularizándose esta opinión.

De ser uno de los productos más queridos e icónicos de Chile – al punto que se vendía incluso en los aeropuertos para llevarlo de regalo a otros países – pasó a ser uno de los productos con peor reputación. A los que todo el mundo le hace el quite y se refiere a él con desprecio.

¿Te parece familiar la imagen?

La campaña y la opinión de la gente

Resulta que esto obviamente le afectó a la marca y hace unas semanas lanzaron una campaña de neuro marketing, en donde crearon una nueva marca de pisco llamada «Le-pac» (que es Capel pero al revés, jajaja), con etiquetas, aspecto y atributos visuales nuevos, pero el contenido de la botella era el mismo.

Y dieron de probar a mucha gente – en especial a los más críticos de la marca – este nuevo producto. Nuevo en su envase, pero el mismo en su interior. Obviamente, no le contaron a estas personas sobre eso.

Contactaron influencers, hicieron eventos de cata, regalaron el producto a personas relevantes y este fue el resultado del experimento:

Compartimos un poco de esa historia

La Iglesia, no como la institución presidida desde el Vaticano, sino como la comunidad de fieles congregados en comunidades territoriales (la parroquia del barrio) siempre gozó de gran estima y reputación, sobre todo en Latinoamérica.

Fue un lugar para la educación, la ayuda social, el crecimiento personal, la vida familiar e incluso el esparcimiento y la recreación.

Nuestros pastores eran queridos y respetados, las obras de inspiración católica o dependientes de la Iglesia como colegios, universidades, hogares y todo tipo de obras de caridad siempre fueron bien vistas por la opinión pública y se les tenía gran afecto.

Pero algo pasó. La reputación de la Iglesia cambió: ya no se nos mira con tanta estima como antes. Igual como le pasó al Pisco Capel en Chile.

¿Será solo algo de etiqueta o se estropeó también el contenido?

Es natural pensar que realmente la calidad del producto bajó con los años y que al mismo tiempo aparecieron otras marcas ofreciendo productos superiores, que hacían ver aún peor al antes querido pisco Capel. Con respecto a nosotros, también es natural pensar y sentir de forma similar.

Que ya no hacemos lo que hacíamos antes de la misma manera, con el mismo esmero y dedicación, que hemos «bajado el nivel de calidad» y que, al mismo tiempo, en la sociedad aparecieron otras instituciones, personas, corrientes de pensamiento y estilos de vida que ofrecen soluciones que compiten con nuestra «oferta espiritual» y nos hacen ver como un servicio de no tan buena calidad.

Cuando digo «compiten» y digo «servicios» no me refiero a otras iglesias necesariamente, sino a esos espacios de la vida en donde nosotros históricamente hemos sido buenos y quizá hoy no lo somos tanto.

Amar al prójimo, acompañar al que sufre, educar al que necesita crecer humana e intelectualmente, dar consuelo al alma, comunicar esperanza, defender lo que es justo y verdadero; y por sobre todo compartir la fe y la experiencia de Jesús.

Eso que hacemos, lo hacen también otras «marcas». Y siendo sinceros, a veces lo hacen mejor. Entonces, quizás sea buena idea revisar si seguimos siendo esa bebida que refresca el alma y alegra el corazón, o nos convertimos en un brebaje nauseabundo que en ocasiones genera malestar.

Pero seguimos siendo buenos por dentro

Una de las cosas que nos enseña el experimento y la campaña del pisco Capel es que muchas veces las personas opinan sin conocer realmente, sin haberse dado la oportunidad de probar y de hacerse un juicio por sí mismos, sino que siguen a la manada y caen en el groupthink, esa forma de pensar colectiva, en donde uno se amolda a lo que dicen los demás con tal de seguir perteneciendo al grupo.

Sinceramente, yo creo que somos buenos, que hacemos un bien a la humanidad que nadie más hace, o que al menos no se hace de forma tan masiva y extensa. A pesar de su reputación, si la Iglesia no existiera seguro se cierran la mayoría de obras de caridad del mundo, centros educativos, universidades, orfanatos y centros de salud. No hay otra institución en el mundo que sostenga tantas obras que hacen el bien.

El problema es que la gente sigue viendo nuestro packaging – la reputación de la Iglesia – y sigue pensando en las cosas que hicimos mal en el pasado (y también en la actualidad), incluso sin darse el tiempo de probar y dejarse encantar.

Tu actitud y testimonio es nuestro mejor re-branding

El pisco Capel cambió de etiqueta y empaque, hizo una campaña con influencers y su éxito se hizo viral en Chile. Pero no solo por este re-branding gráfico, sino porque salieron al encuentro, especialmente de aquellas personas que eran sus detractores y críticos más duros.

Lo que cambió la percepción de esas personas no fue solo el elegante diseño de sus botellas o lo glamoroso de sus eventos, sino que finalmente el sabor en boca luego de un sorbo del licor, fue lo que generó el cambio de percepción, de opinión y finalmente de reputación.

Para mejorar la reputación de la Iglesia, quizá tenemos que re-brandear nuestro testimonio, nuestra actitud y salir a ofrecer una «degustación» a aquellas personas que opinan distinto, especialmente a aquellas que basan su opinión no en una experiencia personal, sino que en lo que otros dicen.

Cuando digo «degustación» no me refiero a una catequesis gratis o a una Eucaristía exprés, sino a probar un poco de esperanza, de consuelo, de fraternidad, de solidaridad, de compañía, de consejo y sobre todo de fe en medio de las dificultades (que tenemos un montón en estos tiempos).

Que este experimento de marketing y re-branding nos llene de esperanza. Si somos buenos por dentro, lo de la etiqueta lo podemos cambiar y actualizar, no solo para que nuestros grupos se llenen de gente, sino porque sabemos sinceramente que una vida con Jesús, es mejor que una vida sin Jesús.