El día de su resurrección, Jesús apareció en el cenáculo donde estaban los apóstoles escondidos por miedo a la persecución judía. Los saludó y les dijo: «La paz esté con ustedes». Como el Padre me envió a mí, así los envío yo también. Dicho esto, sopló sobre ellos diciendo: «Reciban el Espíritu Santo: a quienes descarguen de sus pecados,
serán liberados, y a quienes se los retengan, les serán retenidos». (Jn 20, 21-23). En ese momento, se instituyó el sacramento de la confesión.

Solo Dios perdona nuestros pecados. Pero, en virtud de su autoridad divina, Jesús confiere este poder a los hombres para que lo ejerzan en Su nombre. Es así que, por sucesión apostólica, fueron los apóstoles quienes confirieron de esa misión a los sacerdotes que hasta hoy la ejercen. El catecismo de la Iglesia Católica considera la confesión como la llamada de Jesús a la conversión, la vuelta al Padre, del que el hombre se había alejado por el pecado (CIC 1424). Muchas veces se teme a este momento de fe porque requiere de un gran esfuerzo por reconocer nuestras faltas; pero quizás, no lo hemos comprendido bien.



Este Sacramento es un regalo de Dios

En el que, además de liberarnos de nuestras cargas, Él mismo manifiesta su misericordia infinita y su máximo amor hacia nosotros, por medio del perdón. Si bien es cierto que el bautismo, como don del Espíritu Santo y sacramento, nos ha hecho santos e inmaculados ante Él, este no suprime nuestra fragilidad humana por naturaleza. Por tanto, nuestras constantes fallas son prueba misma del combate mundano en el que, ayudados por la gracia de Dios, buscamos triunfar para alcanzar la Santidad y la vida eterna a la que Él no cesa de llamarnos (CIC 1426).



La confesión de los pecados, incluso desde un punto de vista humano, nos libera y facilita nuestra reconciliación con los demás. Por la confesión, el hombre se enfrenta a los pecados de los que se siente culpable, asume responsabilidad por ellos, y se abre de nuevo a Dios y a la comunión de la Iglesia con el fin de hacer posible un nuevo futuro. Los efectos del sacramento son muchos. Entre ellos podemos reconocer que:

1. Es una lección de humildad 

El sentirnos imperfectos nos hace reconocer la perfección de Dios. Es bien sabido que dar el paso a la confesión es una gracia y requiere humildad. Quien se confiesa ha tenido el valor de reconocer su pecado y humillarse. Eso es admirable.

2. Nos permite acercarnos a Dios 

¿Recuerdas la Parábola del Hijo pródigo? El Padre recibiendo con gran amor al hijo, aún cuando este se había perdido en las múltiples riquezas que su mismo padre le había dado. El hijo, vuelve con un arrepentimiento profundo y el padre lo  espera, con los brazos abiertos y una gran fiesta. Así es como me imagino a Dios siempre que volvemos a Él.

3. Refuerza nuestra fe

Nuestra fe se pone a prueba en cada confesión. A los sacerdotes se les ha delegado la misión de ayudar a la santificación de los pueblos. No es una tarea fácil. Por tanto, debemos tener fe en que el Sacerdote que está sentado en el confesionario es el eslabón que nos une a Cristo; porque justamente es así. A través de él, es Cristo mismo quien nos está perdonando.

4. La satisfacción de volver 

La confesión es un acto de liberación. Los pecados confesados en pleno razonamiento son olvidados. Borrón y cuenta nueva.

5. Nos ayuda a ser santos 

Por medio de la confesión, Dios nos da la gracia para luchar por las cosas en que nos confesamos: Dios no solo nos perdona, sino que se compromete a ayudarnos a superar las dificultades en nuestra vida. Así, la confesión frecuente se convierte en un «arma» indispensable en el camino de la santidad. Además, recibir la misericordia de Dios, también nos impulsa a ser misericordiosos con los demás.

Esto es importante… El propósito de enmienda es una condicionante fuerte para el sacramento de la confesión. Consiste en tener una firme decisión de no volver a pecar y de evitar todas las ocasiones de pecado. En nuestra búsqueda de la santidad, debemos evitar ponernos en situaciones que nos hagan sentirnos tentados a pecar. Definitivamente, mientras no estemos decididos a abandonar nuestras posiciones de pecado, no debemos confesarnos. No es un juego. El propósito de enmienda no es un mandato por no volver a pecar, se nos exige un deseo verdadero de ser fieles al camino de Dios y ser sinceros en nuestro rechazo al pecado.

Si nuestro arrepentimiento es sincero, entonces el deseo de cambiar también lo será. Recuerda que es por medio de este sacramento que Dios derrama su misericordia en los corazones arrepentidos. Este es, sin duda, el remedio más profundo, más completo y purificador para todo ser humano. San Juan María Vianney decía que «no es el pecador el que vuelve a Dios para pedirle perdón, sino Dios mismo quien va tras el pecador y lo hace volver a Él». Es un abrazo de bienvenida a Su Casa. La necesidad de sentirse en paz con Dios, con uno mismo y con los demás, es innata.

Aprovecha cuanta oportunidad tengas para confesarte. Un corazón puro será plenamente bienvenido en el Reino de Dios, fin último de nuestro destino. Para realizar un buen examen de conciencia, te recomiendo la siguiente seguir los pasos que encontrarás aquí.

Artículo elaborado por Myriam Ponce.