¿Cómo es posible que un joven lo deje todo por irse al seminario? ¿Cómo es que esta chica se decidió a dejar su antigua vida para encerrarse en un convento? ¿Cómo es que este hombre dejó su carrera y su buen trabajo para seguir a Dios? Todas estas son preguntas que la gente nos hace en la calle. Miles y miles de palabras no podrán explicar nunca aquel Encuentro con Jesús que marca nuestras vidas y nos anima a dejarlo todo para seguirle a Él: a Jesús en su Iglesia. A pesar de ser un camino pedregoso y de afrontar muchas dificultades, esta forma de vida nos llena. ¿Quién puede ser infeliz estando con Dios? ¡Nadie! Y cuando Dios llama, aparte de la vocación, nos regala muchas cosas más. A continuación les comparto 7 dones que Dios da a quienes llama a la vida consagrada, religiosa y sacerdotal:

1. La Gracia

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Sabemos que sin Dios nada podemos, y mucho más quienes hemos sido llamados a la vida consagrada y sacerdotal. Nuestro camino no es mejor ni peor que los demás, es diferente, es lo que Dios ha querido para nosotros, pero no está excento de sacrificios y dificultades. Necesitamos de la gracia de Dios para decir “Sí” continuamente. Pero, ¿qué es la gracia? El Catecismo de la Iglesia nos enseña que «la gracia es el favor, el auxilio gratuito que Dios nos da para responder a su llamada: llegar a ser hijos de Dios. Además, la gracia es una participación en la vida de Dios» (CIC 1996-1997). ¡Participamos en la vida de Dios! Sí, cada vez que acudimos a los sacramentos se acrecienta en nosotros la gracia, la unión con Dios. “Estar en gracia” significa estar reconciliados con Dios, estar en paz con nosotros mismos, sin pesos ni las cargas agobiantes que el pecado deja en nuestras vidas. Y esto es pura obra y misericordia de Dios para con nosotros, bien hubiese sido que nos dejara a merced de nuestras inclinaciones desordenadas, ¡pero no!, Él quiso dejarnos su auxilio, su gracia.


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«Precisamente para que no me valore más de la cuenta, tengo una espina clavada en mi carne […] He rogado tres veces al Señor para que aparte esto de mí, y otras tantas me ha dicho “Te basta mi gracia, ya que la fuerza se pone de manifiesto en la debilidad”»(2 Corintios 7b-9a).

2. Hombros fuertes

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Dios no nos pide dejar la cruz a un lado y caminar con Él sin pesos ni fatigas, nos pide llevar nuestra propia cruz y además nos da hombros fuertes para ser capaces de cargar con su cruz, la cruz hacia el Calvario. Cada consagrado en el mundo está en misión de ayudar a aligerar el peso de la cruz de Cristo con su oración, sacrificios y sobre todo con la fidelidad al don preciado de la vocación. Estos hombros fuertes pueden ayudar a otros a llevar sus cruces de cada día, a levantar a los caídos, a alentar a los desanimados, a socorrer a los cansados. Es una misión hermosa que Dios ha dejado en su Iglesia. Pero, sin confiar en nuestras capacidades, reconocemos en Dios la fuerza. Sin Él no seríamos capaces de llevar ni una astilla de madera. Él pagó por nuestros pecados, nosotros le ayudamos a cargar la gran cruz de la humanidad.

«Ayúdense mutuamente a llevar las cargas, y así cumplirán la ley de Cristo… Por tanto, siempre que tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos y especialmente a los hermanos en la fe» (Gálatas 6, 2.10).


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3. Dignidad de ser llamado

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Juan escribe en el Apocalipsis: «Digno eres, Señor, y Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder. Tú creaste todas las cosas; y por tu voluntad existían y fueron creadas» (Cap. 3, 11) ¡Sólo Dios es digno de todo! Es Él mismo que en el bautismo nos da la dignidad de ser llamados hijos de Dios y sacerdotes de Cristo. ¡Gran cosa es ésta! Cada religioso y sacerdote lleva una historia de vida como en su mochila, que debe tener siempre consigo. No olvida de dónde viene, porque es justo allí de dónde le ha sacado el Señor para invitarle a un seguimiento más cercano. Esta dignidad no nos es propia, es dada por Dios. Por eso debemos agradecer siempre al Señor por tan gran don que nos ha hecho: sin merecerlo ni ganarlo nos ha llamado y eso es una alegría inmensa.

«Señor, no te molestes. Yo no soy digno de que entres en mi casa, por eso no me he atrevido a presentarme personalmente a tí; pero basta una palabra tuya…» (Lucas 7, 6-7)

4. Fuerza

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Somos débiles y frágiles. Estamos llenos de defectos y dificultades. Sufrimos persecuciones e injurias. Pero bajo toda esta “miseria humana” se esconde el tesoro de nuestra vida, la fuerza que viene del Señor. El salmistas escribe: «Levanto los ojos a los montes, ¿de dónde vendrá mi auxilio? Mi auxilio viene del Señor… El Señor es tu guardián, tu sombra protectora… El Señor te protege de todo mal, él protege tu vida: él te protege cuando sales y cuando regresas, ahora y siempre» (Salmo 115). Creo que este salmo resume en pocas palabras toda una historia junto a Dios. Jesús significa “Dios salva”, él viene a la tierra y se hace semejante a los hombres, excepto en el pecado, para traernos la salvación, para darnos la fuerza. Cuando nos veamos débiles debemos elevar nuestra mirada a Jesús, quién cargó con nuestras faltas llevando una pesada cruz a cuestas y subiendo al monte calvario en medio de insultos y golpes, repitiendo una y otra vez: «Todo lo puedo en Cristo que me da la fuerza»  (Filipenses 4, 13).

«Gustosamente, pues, seguiré enorgulleciéndome de mis debilidades, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Y me complazco en soportar por Cristo debilidades, injurias, necesidades, persecuciones y angustias, porque cuando me siento débil, entonces es cuando soy fuerte» (2 Corintios 9b-10).

5. Carisma

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Dios, al llamarnos, nos regala también una familia espiritual. Carisma viene del griego kerygma, que significa “anuncio” o “proclamación”. El Catecismo nos enseña que «los carismas son gracias del Espíritu Santo, que tienen directa o indirectamente, una utilidad eclesial; los carismas están ordenados a la edificación de la Iglesia, al bien de los hombres y a las necesidades del mundo» (CIC 799). Son dones específicos. Semillas que Dios pone en la tierra para que den fruto según su propia identidad. «Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo». Sabiendo que todos formamos un mismo cuerpo, que es la Iglesia, cada carisma (don) aporta lo suyo. Y esto es verdaderamente hermoso. Algunos sacerdotes han sido llamados a la vida diocesana; otros a la vida religiosa en una congregación u orden; otros han sido llamados a un movimiento de vida. Cada uno recibe una llamada particular, una familia espiritual que le recibe y acoge. Ese es su lugar en la Iglesia, su familia, su carisma.

«Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo. Hay diversidad de servicios, pero el Señor es el mismo. Hay diversidad de actividades, pero uno mismo es el Dios que activa todas las cosas en todos. A cada cual se le concede la manifestación del Espíritu para el bien de todos… Todo esto lo hace el mismo y único Espíritu, que reparte a cada uno sus dones como él quiere» (1 Corintios 12, 47.11).

6. Misión

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Sin confundir carisma con misión, podemos decir que la misión hace referencia a una llamada más particular. La palabra misión deriva del latín mittere que significa enviar. Nuestra primera misión es el amor. Además, Dios a cada uno nos ha dado una misión personal. Esta misión sólo tiene sentido en la Iglesia, para la Iglesia y con la Iglesia que es el Cuerpo Místico de Cristo. Dentro de un mismo carisma hay diversidad de misiones: algunos tienen la misión educar en colegios o universidades, otros se encargan de los jóvenes, otros asisten a enfermos, otros propagan la fe en tierra de persecución, otros se encargan de los ancianos y abandonados, etc. Es un don de Dios inesperado. Cuando Dios llama nos da una misión que (teniendo un corazón abierto y disponible) seremos capaces de acoger con amor y llevarla a cabo a pesar de las dificultades e inconvenientes que puedan venir.

«No me eligieron ustedes a mí; fui yo quien los elegí a ustedes. Y los he destinado para que vayan y den fruto abundante y duradero. Así, el Padre les dará todo lo que le pidan en mi nombre. Lo que yo les mando es esto: que se amen los unos a los otros» (Juan 15, 16-17).

7. Felicidad

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¿Se puede ser feliz en la vida consagrada y sacerdotal? ¡Claro que sí! Es más, para eso nos ha llamado Dios, no para tener «cara de pepinillo en vinagre» como bien dice el Papa Francisco. San Francisco decía: «Un santo triste es un triste santo». Es cierto que la vida sacerdotal y religiosa no está exenta de sacrificios y dificultades, pero también es cierto que siguiendo este camino somos tremendamente felices. Y, ¿cuál es la clave de felicidad consagrada? La fidelidad. La fidelidad trae paz, engendra paciencia. Son dos F que no podemos olvidar: fidelidad y felicidad. Ambas están íntimamente ligadas. Así es como los consagrados y sacerdotes somos inmensamente felices, y a la vez, somos capaces de transmitir esa felicidad a los demás. No es una simple alegría mundana, de esas que se va con cualquier dificultad, es una felicidad que permanece a pesar de las contrariedades, porque esta felicidad tiene como base y fundamento al mismo Jesús.

«Feliz el hombre que no sigue el consejo de los malvados, ni se entretiene en el camino de los pecadores… sino que pone su alegría en la ley del Señor, meditándola día y noche. Es como un árbol plantado junto al río: da fruto a su tiempo y sus hojas no se marchitan; todo lo que hace le sale bien» (Salmo 1, 1-3).

Para nadie es fácil vivir la vida, todos tenemos problemas, pero cuando somos conscientes de los regalos que Dios nos da cambia completamente nuestra visión pesimista de las cosas. Y es que, ¡tenemos tanto, tanto, tanto para estar agradecidos! que no verlo sería casi estar ciegos. Esto es lo que queremos comunicar: que el camino de la vocación consagrada a Dios es un camino pedregoso, de dificultad; pero también es un camino de amor, de perdón, de fidelidad. Viviendo así seremos capaces de contagiar a los demás con nuestra forma de vivir y ser verdaderos testimonios vivientes de Jesucristo. Eso es ser cristiano, ser católico, ser un consagrado a Dios. Ojalá podamos decir junto con San Pablo: «Por gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Al contrario, he trabajado más que todos los demás; bueno, no yo, sino la gracia de Dios conmigo» (1 Corintios 15, 10).


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