
La Iglesia nos enseña que el Adviento es un tiempo de espera confiada en la venida del Salvador, un periodo donde Jesús nace nuevamente en nuestros corazones para renovar ardientemente el deseo de su segunda venida. Esta alegría profunda motiva a las familias a celebrar el nacimiento con reuniones y el tradicional intercambio de regalos de Navidad, una bella costumbre que no debería traducirse en deudas ni en competencias por objetos de lujo.
Como se menciona en un estudio sobre espiritualidad cotidiana, el sentido auténtico de regalar es la donación personal, convirtiéndose en nuestra manera de compartir el gozo por la llegada de Cristo y hacerlo tangible para los demás.
Para resignificar esta tradición, es valioso observar ejemplos que nos invitan a ver los obsequios desde otra perspectiva. En una campaña de Claro Colombia («Hacer una Navidad hecha a mano es el mejor regalo para el planeta»), se reflexiona sobre cómo los mejores regalos de Navidad no siempre son los más costosos, destacando que existen gestos mucho más valiosos.
Resignificando los regalos de Navidad
La narrativa del comercial presenta a una niña con una idea creativa y a un auxiliar de reciclaje que, a pesar del cansancio, dedica su tiempo para hacer realidad esos sueños para todo el barrio.
¡Gestos de esta naturaleza son imposibles de comprar! Nos instan a revisar desde dónde regalamos, evitando el riesgo de medir el amor en función del precio o la comparación. Como nos recuerda el pesebre, Dios no eligió lo espectacular, sino lo sencillo para comunicarnos su amor.
Uno de los dones más preciados que podemos ofrecer es nuestro propio tiempo. En una audiencia general del papa Francisco de 2017 («El verdadero don…»), él explicó que el verdadero regalo para nosotros es Jesús y que, al igual que Él, estamos llamados a ser un don para los otros.
Intercambiamos obsequios como una señal de la actitud que nos enseña el Señor. Él, enviado por el Padre, ha sido don para nosotros, y nosotros debemos serlo para los demás.
En un mundo de agendas colapsadas, dedicar momentos a los seres queridos o reconectar con amigos es un acto de amor puro. Regalar desde lo que somos —un abrazo cálido, una mirada dulce o una comida preparada con dedicación— vale mucho más que cualquier objeto buscado a última hora en los comercios.
Siempre agradecidos
La humildad en el acto de dar es otro pilar fundamental de estas fechas. En una homilía de Navidad del papa Benedicto XVI de 2005, resaltó que Dios es tan grande que puede hacerse pequeño. Una muestra de que su forma de dar es siempre humilde.
Al venir como un niño indefenso, Jesús también nos enseña a recibir con gratitud y no con exigencia. A transformar el agradecimiento en una actitud permanente de la vida cristiana.
En definitiva, la Navidad nos enseña que el verdadero don se entrega con humildad y se acoge con el corazón agradecido. Nos recuerda que el valor de un gesto reside únicamente en la intención y el amor que lo inspira.
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