Estamos recién empezando el Triduo Pascual. El Señor Jesús, cuando le dice a sus queridos amigos — los más cercanos, aquellos que caminaron tres años junto a Él, que vieron y fueron testigos de tantas maravillas, milagros, conversiones, así como el maltrato, persecuciones, injusticias, mucho antes de este Viernes de Pasión que vamos a vivir y celebrar mañana — que preparen la Cena, sabía muy bien que esta sería la última vez que compartiría el Pan con sus amigos más íntimos. Tratemos de imaginar los sentimientos que embargaban el corazón de nuestro Señor Jesucristo. Sin embargo, ya, seguramente, pesándole el corazón, por los pecados y traiciones casi infinitos que cargaría desde el Getsemaní,  no quiere antes de eso, dejar de compartir una Cena con sus Apóstoles.

1. Un compartir entre amigos

Imagen tomada de la película La Pasión de Cristo

Todos sabemos que una cena, una comida entre amigos, es una instancia para compartir alegría, júbilo, para charlar y reírse como hermanos. Seguramente así lo ha sido. No puedo dejar de imaginar cuántas anécdotas o pasajes que vivieron todos juntos a lo largo de tres años, deben haber compartido. Es más, seguramente Jesús así lo ha querido, pues era su intención clara, tener ese último momento especial con su comunidad. Repito que sabía lo que se venía, pero la amistad, su amor por los que Él mismo eligió, esa Comunión fraterna que aprendieron en las buenas y malas a vivir, estaba por encima del dolor y el sufrimiento. El mismo que apenas algunas horas más adelante, sufriría en agonía, pasión y muerte en la cruz.



Y es que la fraternidad, la amistad de una comunión arraigada en el amor, no se deja superar por el dolor. Nunca. Es obvio que la tragedia de la que participaron y fueron testigos horas después, les quitó el ánimo y la alegría prácticamente a todos — hablando de los Apóstoles —. Fue un «espectáculo» inenarrable, que solo palabras inspiradas, como las del Profeta Isaías, en los versículos del Siervo Sufriente, podrían expresar.

Sin embargo, como cualquiera de nuestras comidas en familia, hay momentos en los que compartimos cosas más tristes, graves y profundas. Y esta Última Cena no fue la excepción. Jesús les dice que uno de ellos lo va a traicionar. Ya les había dicho tres veces acerca de su Crucifixión. Incluso se había transfigurado ante tres de ellos, para darles razones de esperanza. Pero, cuando leemos los versículos post-mortem, vemos como las advertencias y anticipos de Jesús, cayeron en saco roto. No solo eso, sino que les hace explícito quién lo estaba a punto de traicionar.



2. Les reparte su herencia

Como buen padre de familia… me refiero así a Jesús, porque es como me lo imagino para sus Apóstoles. Era quien los guiaba, amaba con entrañas de misericordia, paciente y acogedor cuando parecía que lo único posible era la impaciencia ante la poquísima comprensión que ellos mismos tenían de las palabras que muchas veces decía Cristo en Parábolas. Los animaba en momentos de tribulación. Les daba paz, cuando parecía que la barca se hundía. Constantemente, manifiesta su divinidad, aunque esperando el momento adecuado para proclamarse así delante de ellos mismos.

Los que son padres, madres y tienen la experiencia de cercanía a la muerte. Abuelos, tíos y tantos que se enfrentan a ese momento decisivo de la vida, al que nadie se escapa… así como Jesús, se preguntan seguramente: ¿Qué le dejo a mis hijos? Para Jesús, la respuesta no me parece difícil de entender. Si durante todo su peregrinar apostólico se pasó predicando el amor, viviendo el amor, perdonando y enseñando a perdonar… ¿cómo no pensar que ese sería el Testamento? Lo que uno — yo por lo menos — se preguntaría es: ¿Cómo?, ¿Cómo manifestar en ese momento su mandato principal, pero de una manera apropiada para ese paso decisivo de su vida? Si es que ya lo había hecho durante tres largos años.

Por doctrina, por el Catecismo y lo que, normalmente, aprendemos desde la primera comunión, tres han sido las manifestaciones de Jesús de ese amor suyo de predilección hacia nosotros en la Última Cena: la Institución de la Eucaristía, junto con la Institución del Sacerdocio, y el Lavatorio de los Pies. Cada uno tiene su particularidad, y manifiesta algún aspecto único de la vida de Cristo, que quiere perpetuar a lo largo de toda la historia de la humanidad. Sin embargo, yo me atrevo a decir, que los tres tienen en común esa vocación que nos hace Cristo a vivir: el amor. Cada uno en su estado de vida, en el puesto de servicio que le toca ejercer, con las capacidades que Dios le ha dado. No obstante, siempre teniendo como horizonte de  realización el amor.

3. El amor es lo único que permanece

Muere Jesús. Pareciera como si junto con Él, hubiesen muerte todas nuestras esperanzas, alegrías. Todos esos momentos íntimos de comunión con Él. ¿Se habrá recordado siquiera uno de ellos la Última Cena, que tan solo pocas horas antes habían compartido con Él? Efectivamente, las reacciones no son para menos. Como dije algunos párrafos atrás, la escena era algo impensable. El horror y la tragedia era tan inmensos, que difícilmente había lugar para la esperanza.

Sin embargo, nosotros, que ya estamos a más de 2000 años después de ese hecho histórico que marcó un antes y después, vemos con claridad que algo permanece. Algo supera la escena que tiene «rasgos de ficción». El Amor nunca pasa. El Amor que compartió Jesús en aquella Cena sigue vigente hasta el día de hoy. Cada vez que vemos un sacerdote, cada vez que celebramos una Eucaristía, cada vez que vemos un acto de misericordia, recordamos aquél testamento del amor.