La semana pasada abrieron mi coche, rompieron el cristal y se llevaron todo lo que había en el maletero. Por diversos motivos, había dejado allí mi ordenador portátil y la memoria externa donde guardo muchos documentos de trabajo y también recuerdos personales. Al margen de la situación en sí, he pasado unos días tratando de recuperar archivos. Por lo que veo, está claro que he perdido cosas para siempre.

Imaginaros la situación. En el trabajo llevamos unos meses de mucha actividad, casi me vuelvo loca rehaciendo textos y tratando de encontrar todo lo que necesito para llevar a cabo mis tareas. Justo acababa de descargar imágenes de mi teléfono móvil, así que también muchos momentos únicos han desaparecido con este suceso.

Estrés, ansiedad, preocupación, pena, rabia, impotencia… supongo que todos a mi alrededor han notado que estos días yo no era la misma.

Entonces me hicieron llegar el video que les presento a continuación. «Napo» sobre un señor con Alzheimer o algún tipo de trastorno degenerativo que necesita mudarse a casa de su hija ante el avance de su enfermedad.

¿Lo miran y seguimos comentando?

 

 

Salvando las distancias, el abuelito apático me recordó en cierto modo a estos días en que algo inesperado me ha obligado a perder cosas para siempre. Una situación nueva, no deseada, desconcertante y en la que te sientes algo solo.

Miras a tu alrededor y no reconoces nada. Claro está que no es lo mismo perder la memoria que unas fotos, pero el hecho es que cuesta mucho recuperar algo perdido. Algo que se ha borrado, algo que te han quitado de forma inesperada e irreversible.

Llegados a este punto, me parece genial que el nieto del abuelo, lejos de intentar substituir lo perdido, reinterpreta los recuerdos (emocionantes). Casi sin proponérselo, crea otros nuevos cargados de amor.  Ambos pasan de ser «compañeros de piso», unidos por las circunstancias, a quererse de verdad. A mirarse con ternura, de forma auténtica, implicándose el uno con el otro cada día.

Una actitud muy cristiana

Creo que el concepto «recuperar» que nos presenta el vídeo tiene mucho que ver con lo que los cristianos entendemos por resurrección: volver a la vida, dar nuevo ser, levantarse de nuevo.

La vida nos regala momentos únicos para transformarnos y empezar a ser nuevamente. El abuelito del vídeo, desde el desconcierto y la soledad interior, es capaz de dar valor a lo nuevo que le está pasando, a aquello que se presenta ante sus ojos y que le llena el corazón de calidez.

Comienza una vida nueva e ilusionante, gracias al amor y a la ternura, los ingredientes perfectos para recuperar, revivir, resucitar aquello que parecía inerte. Algo hay en el amor y en la ternura que nadie se olvida de lo bien que sienta recibirlas: todos reconocemos esas cualidades y nos ayudan, poco a poco, a reconstruir lo destruido.

Podría pasar lo mismo con la tecnología y así recuperar mis fotos, mis trabajos y mis archivos. Con lo mucho que quería yo a mi ordenador portátil, y lo mucho que cuidaba de él.

Pero esto es justo lo que nos diferencia: es nuestro amar el que todo lo puede.