Nuestra fe cristiana es una virtud sobrenatural por la que creemos firmemente lo que Dios ha revelado y la Iglesia nos enseña como tal. Creemos por la gracia de Dios que actúa en nuestra voluntad e inteligencia, pero respondemos asintiendo mediante un acto libre y consciente. Este don nos mueve a creer en Dios, a Dios y todo lo que Dios ha dicho. En esta afirmación están sintetizados los aspectos esenciales ligados a la fe sobrenatural. Todo lo que creemos, lo creemos porque es Dios mismo quien lo revela y su infinita autoridad personal es la única garantía por la que nos fiamos de Él.

Ahora bien, siempre subordinado a este aspecto sobrenatural que es el motivo de la fe, existen motivos de credibilidad, es decir, razones y argumentos que ayudan a nuestro entendimiento a comprender que Dios ha hablado en la Revelación, que demuestran que es plenamente razonable creer, por ejemplo, en la divinidad de Jesucristo y, por consiguiente, en el catolicismo.


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Si cada uno de estos motivos los consideramos aisladamente quizás puede resultarnos algo más difícil adherirnos a ellos. Sin embargo, como afirmara el beato cardenal John Henry Newman, cuando tales razones se perciben en su conjunto, cada argumento se entrelaza con otro formando una verdadera red que sostiene la fe del cristiano. A este entramado lo llamó las probabilidades de convergencia.

¿Cuáles son algunos de estos motivos de credibilidad que sostienen nuestra fe?

1. La antigüedad de la Iglesia 

La Iglesia fue fundada por Jesucristo, no mediante un acto único y solemne sino por una serie de actos tales como la elección de los doce apóstoles, la institución de la Eucaristía, el poder de atar y desatar, la sucesión apostólica, el llamamiento de Pedro y su primacía sobre los demás, el poder de perdonar los pecados y la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. Desde aquellos primeros tiempos hasta la actualidad han transcurrido 2000 años y la Iglesia sigue incólume. No existe en la historia una institución que haya pervivido veinte siglos (sobre todo si se considera la aceleración histórica desde la Edad Moderna), atravesando crisis, ataques interiores y exteriores, persecuciones, censuras, corrupción ocasional o conductas objetables en algunos de sus miembros. Por debajo de todas estas debilidades humanas, Dios ha mantenido a flote la nave de Pedro.

2. Las luces de las enseñanzas de la fe en nuestra propia vida 


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La extraordinaria sabiduría de nuestra fe que puede abordarse desde diversos ángulos. Considerando unos pocos elementos, podemos darnos cuenta de que son los que mejor explican nuestra realidad antropológica y misterios como el del mal en el mundo. El pecado original y el consecuente desorden introducido en la creación, en las relaciones humanas y en nuestra propia naturaleza (aun reparada por la gracia redentora de Dios) Estos elementos son, de lejos, la explicación más acabada de los numerosos males físicos y morales que caracterizan al mundo. Desde el punto de vista humano, el sufrimiento y la muerte, la ignorancia y el error que dificultan el conocimiento de la verdad, la malicia que debilita nuestra decisión libre e introduce el mal en el mundo, la fragilidad que nos priva de la virtud para perseverar en el bien, y la concupiscencia desordenada que llama a la satisfacción de los sentidos contra las normas de la razón; (todas realidades palpables en nuestra experiencia cotidiana) son consecuencia de nuestra naturaleza herida por el pecado (esto para explicar el problema del mal, pero hay muchos otros que explican otros aspectos de nuestra vida humana).

Esta realidad se agiganta con los fracasos históricos de diversas ideologías que han intentado encontrar respuestas y ejecutar acciones prescindiendo de la Revelación cristiana.

3. La grandeza de la doctrina cristiana (en perspectiva histórica)

Si consideramos el motivo de credibilidad anterior desde la perspectiva actual y comprobamos su grandeza, ¡cuánto más si consideramos el momento histórico en el cual Jesús transmitió la Buena Nueva! La radicalidad del mensaje de Cristo no tiene precedentes históricos y la altura moral encarnada en el propio Cristo es absolutamente extraña a la época.

4. Los milagros Eucarísticos 

Todo milagro es un hecho producido por una intervención especial de Dios, que escapa al orden de las causas naturales por Él establecidas y está destinado a un fin espiritual. Los milagros eucarísticos, como su nombre lo indica, son aquellas acciones extraordinarias de Dios relacionadas con la Eucaristía. Como sabemos, la Eucaristía es el sacramento por el cual toda la sustancia del pan y del vino se convierten respectivamente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, bajo las apariencias del pan y del vino.

A lo largo de la historia han sucedido numerosos milagros de este tipo, pero más allá de los relatos, aquellos que pueden percibirse actualmente son las hostias incorruptas, sangrantes y/o transformadas en carne humana. Varios científicos han realizado análisis sobre las hostias y han podido comprobar, no sin espasmo, la inexplicable conservación de las mismas pese al paso de los siglos o el cambio del pan por sangre y tejidos humanos.

Algunos de los milagros eucarísticos más reconocidos son el de Lanciano, ocurrido alrededor del año 700 o el de Ferrara acontecido en 1171, ambos en Italia.

5. Los cuerpos incorruptos de los santos

Se trata de cuerpos humanos que después de la muerte no presentan signos de descomposición a pesar de no haber sido embalsamados o recibido un tratamiento para su conservación. La omnipotencia de Dios se nos revela de forma sensible a través de la preservación de los restos humanos de hombres y mujeres que han vivido una extraordinaria santidad y que, de seguir su cauce biológico, deberían haber atravesado un proceso de desintegración.

Santa Bernardita de Soubirous, santa Catalina de Labouré o san Juan de la Cruz son unos de los tantos cuerpos que pueden observarse en excepcional estado de conservación.

6. El testimonio de los santos y santas mártires

Los santos mártires son cristianos que han preferido la muerte y el sufrimiento a la renuncia de la fe en Jesucristo. A través de su heroicidad pretenden demostrar la veracidad de las enseñanzas de Cristo y se unen a Él en la Caridad. La virtud de la fortaleza que entraña el martirio nos demuestra la acción de Dios sosteniendo la voluntad humana.

De igual forma, muchísimos otros cristianos no han tenido el don de morir por Cristo, pero han vivido para Él hasta en el más pequeño de los detalles cotidianos. Estos santos brindan igualmente un fuerte testimonio de vida cristiana por las virtudes que encarnan, por su sacrificio y su abnegación. Su coherencia y perseverancia en el bien nos muestran que están en compañía de Cristo y nos invitan a acercarnos a Él.

Santos y santos mártires los ha habido por millares en el pasado y los hay actualmente (piénsese en la guerra de Siria). Son los frutos admirables producidos por el cristianismo.

7. La actuación del demonio

Finalmente, si bien este motivo de credibilidad es contrario a la voluntad de Dios, las diferentes formas de acción demoníaca ponen de manifiesto la veracidad de la Revelación sobrenatural. La Biblia nos previene de los influjos del príncipe de este mundo ya desde el Génesis y su accionar atraviesa toda la historia del hombre. Todo accionar demoníaco es de carácter preternatural, es decir, una actuación que va más allá del obrar de la naturaleza del universo material, pero que no tiene un carácter sobrenatural (rango de acción solo reservada a Dios).

Según el padre José Antonio Fortea, pueden distinguirse tres tipos de actuación. La infestación, que se produce cuando los signos de una presencia demoníaca se manifiestan sólo en un lugar, objeto u animal. La influencia es el fenómeno por el que un demonio ejerce cierta influencia sobre el cuerpo o la mente de una persona, pero sin llegar a poseer su cuerpo. Finalmente, la posesión se da cuando un espíritu maligno reside en una persona y en determinados momentos puede hablar y moverse a través de ella sin que ésta pueda evitarlo. La posesión es el caso más extremo de acción demoníaca y su preternaturalidad se evidencia en el poseso, que habla lenguas desconocidas o muertas, manifiesta una fuerza extraordinaria y/o tiene conocimiento de cosas escondidas u ocultas.