En la oración descubrimos una fuente de vida. En la oración aprendemos a reconocer la primacía de Dios y la necesidad que tenemos de Él. Lo que experimentamos, lo que vivimos en ella es lo que damos. Dios, que sabe perfectamente de nuestra fragilidad, se acomoda a nuestra humanidad, a nuestros modos de ver la realidad y a las características de nuestra personalidad para hacerse cercano, para hablarnos. Varios autores espirituales hablan de que cada uno de nosotros tiene una “fisionomía espiritual” propia que nos permite acercarnos a Dios de una forma particular y única.

«La oración personal está sometida a determinadas normas, tales normas están ya expresadas en la misma doctrina revelada, tal como está contenido en las Sagradas Escrituras, en las reglas prácticas que ha formulado la experiencia cristiana de largos siglos, en los consejos de la razón y de la sabiduría humana, válidos para toda actividad espiritual, y por lo tanto, también para la oración. A pesar de todo esto la oración personal es fundamentalmente libre y el orden solo debe servir aquí para proteger esta libertad. Cuánto más auténtica es la oración personal tanto menos pueden dictarse normas a las que debe someterse. Más bien debe brotar y desarrollarse según el estado interior de cada persona, según las circunstancias en que viva y según las experiencias que tenga. Por lo tanto una oración que en un determinado período era aconsejable, puede no serlo en otro; así como la misma oración puede no ser apropiada para diversas personas. Cuando la oración no ha alcanzado su propia libertad  interior se hace insegura, monótona y carente de vida. De ahí la necesidad de educar la vida de oración para que sea espontánea y se afiance en la interioridad personal del hombre» (Romano Guardini. Introducción a la vida de oración).

Hemos preparado un quiz que te dará algunas pistas sobre los medios de los que se vale Dios para hablarle a personas como tú 😉

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