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Antes de iniciar la tercera guerra mundial, de apresurarnos a juzgar, de fijarnos solo en lo negativo o de escandalizarnos, quiero hacer un pequeño recordatorio. Todos somos seres humanos, todos cometemos errores, todos sentimos dolor, todos sufrimos de distintos modos. Todos nos avergonzamos de algún aspecto de nuestro pasado, todos nos podemos arrepentir, todos podemos pedir perdón. Todos somos frágiles.

René Pérez Joglar, más conocido como «Residente», lanzó hace unos días una canción que lleva su propio nombre. La letra ha conmovido a millones de personas, me incluyo dentro de la lista. Y con este artículo no pretendo decir que ha sido un santo, ni que de ahora en adelante se hagan seguidores de René. Pero sí quiero dejar en claro que a pesar de todas las caídas y errores que pueda cometer una celebridad, esto no lo hace menos humano. Menos digno de perdón, de amor, de compasión o de sed de Dios.

Ojalá pudiera agradecerle a René en persona, por este acto de valentía. ¿Valentía he dicho? Sí, porque se requiere de mucho coraje para abrir el corazón de par en par, no con algunos sino con el mundo entero.


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No cualquiera es capaz de compartir el dolor de esta manera

De plasmar en letras años de dolor y soledad. Cuánto le habrá costado a René escribir esta canción, recordar con pena aquellos actos violentos que cambiaron su vida para siempre. Cuán herido ha de estar su corazón para haber compuesto en siete minutos un resumen de su infancia, su adolescencia, su vida de casado, su carrera como artista y su desesperado grito por encontrar paz.

1. El dolor que se lleva a rastras

«Cuando caigo en depresión, mis problemas se los cuento a la ventana del avión, el estrés me tiene enfermo…». Seguramente las lágrimas que derramó René escribiendo esta canción alcanzarían para un buen aguacero. Qué fácil es para todos lanzarnos a señalar con el dedo, quedarnos aferrados a los errores del pasado. A episodios donde el otro no fue lo que queríamos que fuera.

Qué fácil es ser indiferente, tratar al otro con rencor. Seguro muchos aún siguen pensando ¿qué hace una página católica hablando de un artista como René?, ¿qué hacen dándole espacio a este hombre en vez de hablar de algún santo? Y yo te digo ¿qué clase de corazón tienes?, ¿no tenemos todos el mismo Padre?

¿Qué haría Jesús con el dolor de René?, ¿se negaría a consolarlo, lo miraría indiferente, le reclamaría la letra de la canción «Tango del pecado»?, ¿le diría tú qué vienes a pedirme? Ve y consuélate tú solo, ve y pídele perdón a otro, ve a llorar a otra parte. ¿Será que Jesús le echaría en cara a René esa frase de su conocida canción Muerte en Hawaii que dice «No necesito bendiciones porque siempre tengo buena suerte»?

Pero esto sí es lo que haríamos a nosotros, ¿no? Porque se nos ha endurecido el corazón, porque hemos olvidado que también nosotros podemos cometer errores del tamaño de Jupiter. Porque vamos por el mundo pensando que tenemos derecho a vengarnos del otro. Cuánta compasión nos hace falta, y cuánta valentía para admitir que nos equivocamos pero que en el fondo solo queremos volver a levantarnos.

2. La prueba de que la fama y el dinero no son suficientes para llenar el corazón 

Me siento triste y decepcionada, cuando sé que las aspiraciones y sueños de las personas apuntan solo a lo material. En el fondo pienso qué vacío más grande debes tener en el corazón. Qué solo te debes sentir al final del día, cuando luego de que los eventos, la fiesta y el alboroto se acaban, llegas a tu habitación y te sientes triste, vacío y sin propósito.

René pronuncia una frase respecto a este tema que lo resume muy bien, sobre todo cuando pensamos que a los famosos no les hace falta nada. Cuando decimos «ojalá yo fuera él, ojalá tuviera su dinero, ojalá todos me quisieran, ojalá caminara por la calle y la gente me reconociera».

«Estoy triste y me río, pero yo estoy vacío…»

Dice: «Estoy triste y me río, pero yo estoy vacío. En la industria de la música todo es mentira, mi hijo tiene que comer así que sigo de gira». Las palabras de René son también un fuerte llamado a no callar cuando la tristeza se convierte en depresión. Qué difícil es para cualquiera aceptar que no se siente bien, pero puede llegar a ser incluso más difícil cuando aparentemente lo tienes todo, eres la envidia de medio planeta y aún así, no tienes nada.

Esta es la razón por la que la noticia del suicidio de muchos famosos nos deja fríos, nos toma por sorpresa. Recuerdo que cuando murió Robin Williams todo el mundo decía, ¿Cómo es posible? Se veía tan feliz, hacía reír a todos, le sobraba el dinero, la fama y el prestigio. ¿Por qué lo hizo?, ¿qué lo impulsó a tomar esta cruda decisión?, ¿qué lo llevó a contemplar el suicidio como solución al dolor o la soledad?

Y es ahí cuando pienso que todos necesitamos creer en Dios. Algunos no aceptan la figura de Jesús, y van por la calle diciendo «Yo no creo en Dios, ni en la Iglesia, pero sí creo que debe haber un ser superior, una energía que lo mueve todo». Y resulta que el ser superior es el dinero, el yoga, la meditación, el club de los que quieren ser unicornios un día y caballos al otro. La religión que me permite ciertas cosas o Buda porque ese señor nunca pasa de moda.

3. La dicha que se encuentra solo en lo sencillo

Durante toda la canción René recuerda con nostalgia las pequeñas cosas que le brindaban alegría. «La bici encima del barro con un vaso de plástico en la goma pa’ que suene como un carro». «A veces al horno, a veces a lata y microondas, compartíamos todo, la mesa era redonda». «La cuenta de ahorros vacía, pero mami bailando flamenco nos alegraba el día. Dejó de actuar pa’ cuidarnos a los cuatro y nos convertimos en su obra de teatro».

La tristeza y sinceridad con que René canta esta canción, son la prueba de que las cosas simples son las que al final nos llenan de felicidad. El amor de nuestros padres, el calor de hogar, los juegos en la calle que nos hacían sudar, los amigos, los hermanos, los primos. Las canciones, los abrazos, los besos.

Porque no importa si no hay dinero para una cena en el restaurante más lujoso, o si simplemente esta noche la comida no alcanza para todos y hay que compartir. Todo cobra sentido y nos llena de dicha cuando nos sentimos amados, cuando comemos tocándonos los codos en la mesa y hay que poner sillas de más.

Cuando lo único que nos preocupa es la salida al parque, el beso de buenas noches o el abrazo de papá. Seguramente la infancia de cada uno fue distinta, algunos tienen recuerdos hermosos, a otros nos cuesta recordar sin sentir un nudo en la garganta. Pero todos estamos convencidos de que antes todo era más fácil, se jugaba mejor en la calle y con cajas, que con esos juguetes que cuestan un ojo de la cara. Todos guardamos cálidos recuerdos de esos años, todos tenemos lugares e instantes a los que nos gustaría volver.

4. Nos cansamos de fingir

Llega un punto en que simplemente nos hartamos de fingir. Que todo está bien, que soy feliz, que me resbala todo, que no necesito a nadie, que el dinero me alcanza para comprarme Marte. Llega un punto en el que el aire no parece entrarnos a los pulmones. Es agotador fingir, es agotador sonreír cuando solo hay ganas de llorar, es agotador correr cuando solo hay ganas de parar, es agotador callar cuando solo hay ganas de gritar.

René dice: «Puede que la tristeza la disimule, pero estoy hecho de arroz con gandule’ y me duele, no importa, que el ron de la madrugada me consuele…». «Ya no queda casi nadie aquí, a veces ya no quiero estar aquí, me siento solo aquí. En el medio de la fiesta quiero estar en donde nadie me molesta, quemar mi libreta, solar mis maletas…».

Qué carga más grande cargas René, qué ganas de darte un buen abrazo para llorar sin miedo, hasta que la garganta duela, hasta que el cuerpo tiemble. Qué valiente has sido al escribir esta letra, me gustaría darte las gracias por haber cogido papel, lápiz y corazón para compartir tus heridas, tu pasado, tu soledad y tus miedos. Para decirle al mundo que eres frágil, que te han herido, que has hecho daño, que has pedido perdón, que has tenido que aprender a sanar a los golpes, pero que siempre hay motivos para levantarte.

5. Todos buscamos refugio en medio del dolor

«…y si me contestan, quiero decirle que quiero volver, que quiero salir de este hotel y desaparecer. Y si me contestan, quiero decirle que quiero bajar el telón, que a veces me sube la presión, que tengo miedo que se caiga el avión. Que no me importan las giras, los discos, los grammys…».

«Quiero volver a ver el cometa Halley con mami, quiero volver a cuando mis ventanas eran de sol y me despertaba el calor. A cuando me llamaban pa’ jugar, a cuando rapeaba sin cobrar…». «…en verano, en navidades, limpiar la casa con mis hermanos escuchando a Rubén Blades». «Quiero volver a sentir, cuando no tenía que fingir. Yo, quiero volver a ser yo».

¿A quién recurrimos cuando el dolor arde y nos consume? ¿A quién iremos? como dice Juan 6:68. ¿A quién tengo yo en los cielos, sino a ti? (Salmos 73:25). Qué duras palabras comparte René, sin embargo hay un detalle en el video de la canción que me conmueve bastante. Y es el momento en el que deja caer la botella y llorando se inclina para tomar en brazos a su hijo.

En él René parece encontrar la esperanza, los motivos, la razón para seguir. Es casi como si ese niño (que es su hijo en la vida real), fuera un pedacito de cielo, un regalo que le ha hecho Dios para volver a sus brazos. Ojalá René le entregues tu dolor a Dios y corras aunque el miedo te persiga pisándote los talones, a los brazos del que siempre te ha esperado para amarte y consolarte.

René, Querido René: yo también he sentido ganas de rendirme ante el dolor