Tu madre cocinó tu platillo favorito, el clásico de cada año. Hay ponche en una gran jarra y chocolate caliente en otra, para después de la cena. La frescura de la noche abraza el calor del hogar, y el olor a Navidad inunda la habitación. Está listo, todos reunidos, la cena servida y el ambiente en espera. Todos ansiosos, esperando comenzar. Pero, aguarda, … ¡falta el invitado principal!

A veces, en medio de la celebración, olvidamos el verdadero significado y propósito de la fecha. Claro, siendo cristianos, celebramos el nacimiento de Jesucristo, pero el trasfondo es mucho mayor. Bajo el brillo de aquella estrella de Oriente, entre un sinfín de carencias, la Palabra de Dios se hizo carne, … repito: La Palabra de Dios se hizo carne. Y habitó entre nosotros (Jn 1, 14), dando inicio a la mayor prueba de amor que ha visto la humanidad. Dios, siendo Señor del Universo, vino a la Tierra en voluntad y razón, en cuerpo y alma, para mostrarnos Su amor infinito dentro de un inmenso misterio.



El Señor vuelve a nacer siempre

De la Navidad, lo más importante no es su aspecto exterior, reflejado en las diferentes tradiciones y costumbres, sino su significado interior, que verdaderamente resulta ser un gran tesoro. El Señor vuelve a nacer siempre gustosamente en el espíritu de quienes así lo desean. Por eso, cada Navidad es una oportunidad para pedir que el Señor venga a renovar nuestro interior: «Crea en mí, oh Dios, un corazón puro, renueva en mi interior un firme espíritu». (Sal 51, 12)



Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre, pero se manifiesta a sí mismo en la medida en que sabe que lo puede acoger quien lo recibe. Para ello, es sensato preparar nuestro corazón confiando que el Señor morará en él y lo transformará: «Les daré un corazón nuevo y pondré en su interior un espíritu nuevo. Quitaré de su carne su corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Así caminarán según mis mandamientos, observarán mis leyes y las pondrán en práctica, entonces serán mi pueblo y yo seré su Dios». (Ez 11, 19-20)

Mi corazón sumergido en tu eterno amor

¡Imagina esto! Debe ser una eterna maravilla. Este es el verdadero sentido de la Navidad. Todo adorno y celebración se funda en la confianza de que nuestra vida es eterna y que el Señor, en su sencillez, ha venido a mostrarnos el camino para alcanzarla.

Cuando ponemos nuestra disposición para desarrollar una relación sincera con un Padre amoroso, Él mismo nos ayuda a valorar cada oportunidad que nos ofrece para comenzar de nuevo, pero ahora de Su Mano, dejando atrás los errores y las culpas. Él, como nuestro Padre, anhela vernos avanzar y confiar en que un día podremos disfrutar de la eternidad que nos promete.

Él cree en nosotros y confía en que seremos nuevas personas y reflejaremos Su Amor en nuestras vidas. Esta Navidad, celebremos el nacimiento de Jesús en nuestros corazones y Su permanencia en nuestras vidas. Celebremos un renacer en humildad y servicio. Celebremos el misterio más preciado de nuestra historia. Celebremos el fortalecimiento de una relación sincera y de amor con Dios. Regocijémonos en el nacimiento de nuestro Salvador, celebremos el nacimiento del Hijo de Dios, el Creador, en la Tierra.

Por mi parte, ruego para que, durante esta época, y siempre, valoremos la pureza del relato del nacimiento de Cristo en nuestros corazones y veamos con gratitud nuestra renovación y determinación a seguirle; que Su nacimiento también sea oportunidad y motivo para acercarnos a nuestra familia, a nuestra Iglesia y a nuestro prójimo, esperando juntos Su pronto regreso. ¡Feliz Navidad!

Artículo elaborado por: Myriam Ponce