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En mi país, Paraguay, cuando una persona se queja mucho, decimos que «se plaguea» o que es muy «plagueona». Estuve pensando —nunca antes se me había ocurrido— que quizás este término haya nacido de la palabra «plaga». Y, continuando mi meditación al respecto, estuve pensando que verdaderamente hay una gran semejanza entre las quejas y las plagas. 

Por ejemplo, primero vemos una hormiguita paseando por la mesada de la cocina. No nos llama la atención, como tampoco nos parece raro escuchar clamar a alguien «¡Uf, qué calor está haciendo!». Si vemos una pequeña hilera de estos bichitos, ya buscamos el insecticida.

Lo mismo ocurre cuando el «qué calor» se va alargando en un «…y no funciona el aire acondicionado, y el ventilador no da abasto, y el hielo no se formó aún en el congelador…». Y ya empieza a ser un poco molesta esta compañía, buscamos terminar la conversación y alejarnos un poco. Y si somos nosotros los que nos estamos quejando, muchas veces no nos aguantamos ni a nosotros mismos. 


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Continuando con este paralelismo: con el insecticida, logramos eliminar a la fila de hormigas, pero si no buscamos el origen de esta mini invasión, pronto volverá a aparecer en el mismo lugar o en otro. Lo mismo creo que ocurre con las quejas: si no descubrimos por qué tenemos la propensión a buscar lo negativo, esta manera de hablar se hará natural. Resultaremos, en primer lugar, incómodos para los demás y en segundo lugar, sin darnos cuenta estaremos retrocediendo en la vida interior. 

1. Descubrir el origen

quejarse, ¿Qué tiene que ver mi costumbre de andar quejándome con mi oportunidad de ser santo?

Creo que es importante hacer esto, porque dependiendo del porqué somos tan quejumbrosos, podremos aplicar una u otra medicina. Si el problema es ascético o espiritual, podemos ejercitarnos en la oración, para tener una relación más íntima con Dios que nos muestre que podemos confiar en Él. Que vale la pena esperar en Él, que sabe lo que hace (te recomiendo el curso «Crecer en la vida de oración»). 

Pero el origen puede ser humano, simplemente porque adquirimos el mal hábito de hablar quejándonos, quizás sin mala intención. En ese caso, podemos probar «mordernos la lengua» o practicar la virtud de la discreción o la prudencia al hablar. Ejercitándonos de a poco, quizás buscando un aspecto específico (como deporte, clima, tareas de la universidad u oficina, etc.) del cual no quejarnos.

Recordemos que las virtudes humanas son la base para apoyar las virtudes sobrenaturales, por lo cual, adquiriendo buenos hábitos, forjamos virtudes que también nos ayudarán luego en el ámbito espiritual. Como mencioné, la fe, la esperanza o la caridad. 

Sin embargo, puede haber un tercer motivo: el psicológico. Cuando todo lo vemos negro (o gris oscuro), puede deberse a que estemos atravesando algún episodio de ansiedad, depresión u otros. En ese caso, si bien podemos poner también los medios para esforzarnos por encontrar un poco de luz, también es necesario acudir a un terapeuta o al personal formado para darnos una mano. 

2. La excusa de la naturalidad

quejarse, ¿Qué tiene que ver mi costumbre de andar quejándome con mi oportunidad de ser santo?

Hay que admitirlo: ¡también da un poco de gusto quejarse! ¿O no?, ¿nunca te reuniste con un grupo de amigos y comenzó el rosario de «plagueos»?, ¿un momento donde las quejas no son molestas, sino que uno disfruta y se goza en encontrar motivos por los que quejarse?, ¿o incluso llegar a inventarlos?

Creo que en algunos momentos, con algunas personas, se toman las quejas como necesarias para entablar conversaciones, para descargarse, etc. Sin que esto suene a contradicción hay que dejar claro que andar quejándose todo el tiempo puede llegar a ser muy molesto, pero hacerlo de vez en cuando puede brindarnos cierto alivio. 

Pero, debemos recordar que como cristianos, podemos ser del mundo pero sin ser mundanos. Podemos actuar con naturalidad, pero lo natural no tiene por qué estar viciado. Como cristianos coherentes, el fin está en hacer santas todas las cosas, poner a Cristo en todas las realidades cotidianas.

¿Te imaginas a Jesús quejándose y refunfuñando porque el bus se retrasó un poco, o porque se acabó la leche, ganó las elecciones un partido político con el cual no comulgaba, etc.? Yo creo que no, yo me lo imagino, en medio de esas conversaciones, intentando apaciguar los ánimos. Buscando rescatar los motivos por los cuales podríamos adquirir una mejor o mayor visión sobrenatural de los hechos. Así mismo podemos hacer nosotros. 

3. Hay un motivo apostólico

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Fuera del ámbito de la catarsis que podemos hacer con algún amigo, como la que comenté en el punto anterior, hay otro lado de la moneda, totalmente opuesto: no hay nada más molesto que escuchar únicamente quejas y más quejas.

Dije que como cristianos debemos luchar por hacernos santos. Y es nuestro deber de cristianos buscar la santidad haciendo mucho apostolado. Pero, ¿cómo seremos apóstoles, si los demás no quieren estar a nuestro lado?, ¿qué clase de apóstol es aquel que no deja de quejarse, que está refunfuñando, tiene cara de limón, y anda con un discurso aún más agrio?

¡No! Lo que caracterizaba a los primeros cristianos, y lo que tiene que ser hasta hoy día evidencia clara de que queremos imitar a Cristo, tiene que ser la alegría, y la alegría es optimista. No es tonta, no niega que una situación puede ser difícil o molesta. Pero sabe llevarla con entereza, madurez. No solo con resignación, que San Josemaría tomaba como palabra poco generosa, pues a lo que hay que apuntar es a aceptar, luego a querer, y finalmente amar los designios de Dios. 

4. Practicar en lo pequeño

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El ejemplo inicial que puse, del calor, es muy habitual en mi país. Vivimos en un infierno, donde el invierno alcanza una mínima de 20ºC. Quizás haya dos días, en total, en los que la temperatura baje de este número. Entonces, es muy común saludar con un «¡Qué calor está haciendo!», como sorprendiéndonos de nuestro propio clima y «plagueandonos» un poco.

De la misma manera, creo que en todos los países sucede que cuando hace calor, nos quejamos del calor, cuando hace frío, del frío, cuando llueve, de la lluvia, y así. Quejarse se convierte en algo habitual. 

No obstante, hace poco leí en el libro «El Santo Abandono», una referencia al Trium Puerorum, o el cántico de los tres jóvenes: durante esta oración, los jóvenes que fueron llevados a la hoguera, alababan al señor diciendo «Bendecid al Señor, toda la lluvia y el rocío: todos los vientos, bendecid al Señor. Bendecid al Señor el fuego y el calor, frío y calor, bendecid al Señor».

Recordando este canto, podemos pensar… si toda la naturaleza da gloria a Dios y bendice a Dios, ¿por qué no cambiar esta pequeña pero socialmente admitida queja en una oportunidad de agradecer a Dios lo que toca? Y, además, como es innegable el malestar que uno puede pasar con ciertas condiciones climáticas, tomarlo como una pequeña y pasiva mortificación que nos ayude a tener mayor presencia de Dios. 

Aquí uso el ejemplo del tiempo, pero mi sugerencia es utilizar lo más pequeño e insignificante, lo que ni siquiera molesta, para empezar a crecer en la virtud de la paciencia, el abandono, la amorosa resignación con la Providencia. 

5. La libertad de elegir lo que no depende de nosotros

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Luego del pequeño esfuerzo de mortificar la lengua para evitar cualquier mínima queja, como dije, incluso aquella que no llama la atención al otro o la que casi no suena a queja, estaremos preparados para poder aceptar con igual resignación otras circunstancias más pesadas, hasta llegar a amar las mismas por ser capaces de ver en ellas la Mano de Dios.

Él, que viste las margaritas del campo, y no deja que un cabello caiga sin su permiso, ¿no ordena todas las cosas, también las incómodas, y hasta las dolorosas o aquellas que podrían escandalizarnos, para un mayor bien?

La práctica de la aceptación gozosa nos llevará a comprender el mediterráneo de la libertad, que no aparece solo cuando tomamos una decisión, sino también cuando optamos por aquello que nos vino dado, por aquello que no fue opción nuestra. 

Es así como, incluso ante una desgracia, una muerte, el desempleo, un revés económico, podremos sentir que no perdemos ni una pizca de nuestra libertad. Sino todo lo contrario, la ganamos y nos hacemos más libres que nunca. 

6. Como ganamos libertad, ganamos en santidad

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En los inicios del catecismo aprendemos que estamos llamados a la santidad, y que para eso, Dios nos hizo libres. Y que, en la medida en que optamos por el bien, más libres seremos. Por ser más libres, más poseeremos a Dios, nos haremos sus amigos, nos haremos santos. 

Es así como, de aprender a no protestar cuando las cosas no salen como esperábamos que funcionasen, vamos progresando en nuestras luchas interiores. Crecemos en vida interior, nos hacemos más agradecidos y ensanchamos nuestro ánimo, nuestro corazón. 

7. ¡Sin desanimarse!

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Dicho todo esto, antes de concluir, debo admitir que a mí, personalmente, me cuesta y mucho eliminar las quejas del diálogo acostumbrado. Quizás te pase lo mismo a ti. Pero, ¡no pasa nada! Al contrario, creo que es una ocasión oportuna para encontrar un punto en el cual puedas fijar tu examen particular, un propósito en el cual trabajar semanal o mensualmente para adquirir alguna virtud. 

De la misma manera, cuando nos demos cuenta de que hemos estado un poco quejumbrosos, podemos (como siempre podemos hacer en las luchas interiores), reírnos un poco de nosotros mismos, de nuestra debilidad, y agradecer a Dios por estar llenos de miserias. Ya que eso significa que Él tendrá que ayudarnos aún más, Él tendrá que volcarse más en sus hijos más pequeños y necesitados, y estos podrán agradecerle por poder tenerle tan cerca.

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