
Hay momentos en los que parece que el mundo nos exige demasiado. Como si todo lo simple ya no fuera suficiente. Como si la vida solo valiera la pena si viene con fuegos artificiales, con planes perfectos, con algo «digno de compartir». Pero, ¿y si la verdadera grandeza estuviera justo ahí, donde ya no miramos?
En el comercial que hoy te comparto, vemos a niños entusiasmarse con objetos que, de ordinario… no nos entusiasman mucho que digamos.
En este artículo, quiero invitarte a reconectar con ese don perdido: la capacidad de maravillarte, de imaginar, de mirar la creación —la vida misma— como el mayor de los regalos que Dios nos ha dado.
La imaginación: ese don que nos abre al cielo
La imaginación no es una distracción infantil. Es, en muchos sentidos, una llave para entrar en el misterio. Porque quien imagina puede ver más allá de lo evidente, puede dejarse sorprender, puede soñar con el Reino de Dios y anhelarlo.
Jesús hablaba en parábolas, ¿recuerdas? Porque sabía que el corazón necesita imágenes para despertar. Tal vez necesitamos menos filtros y más juegos. Menos explicaciones y más contemplación. Imaginar significa redescubrir cómo Dios camina con nosotros.
¿Qué significa redescubrir lo extraordinario en lo ordinario?
Una bandeja. Un poco de papel. Un día cualquiera. Todo eso basta para que los niños vivan una aventura. ¿Cuántas veces has necesitado «más» para ser feliz, cuando lo esencial estaba ahí, en lo simple?
Jesús nació en un pesebre. Vivió 30 años de vida oculta. Hizo milagros con barro, con agua, con manos extendidas. Si Dios no le teme a lo pequeño, ¿por qué nosotros sí?
Recuperar la maravilla de lo sencillo es también un acto de fe. Es decir: «esto basta». Este día, esta mesa, este abrazo, este árbol, esta puesta de sol.
Es en ese momento cuando se abre el alma y se enciende la gratitud.
La creación: el regalo que aún no hemos terminado de desenvolver
Cada hoja, cada estrella, cada criatura es un guiño de Dios. Un recordatorio constante de que Él pensó en ti al diseñar el mundo. Pero el ritmo frenético nos vuelve ciegos. La rutina nos anestesia. Dejamos de mirar, de oler, de tocar… y entonces, dejamos de agradecer.
La creación no es solo un escenario. Es Dios hablándonos sin palabras. ¿Cuándo fue la última vez que lo escuchaste?
Tal vez hoy puedas salir a caminar sin apuro. Sentarte a mirar las nubes. Preparar la cena como quien participa en un milagro. Porque, si lo piensas bien, todo es milagro cuando lo ves con ojos nuevos.
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Me encantó muchas veces ,no nos damos cuenta de la grandeza de la creación, porque vivimos en una rutina .
es correcto debemos volver ,al amor primero ,amar como Dios nos ama ,le bastó lo sencillo
Gracias por esta reflexión de maravillatnos siempre, en verdad, es algo que se pierde con los años. La vida es maravilloso porque Dios la creo para nosotros.