Qué significa Emmanuel

¿Cuántas veces hemos celebrado la Navidad? Dependerá del número de años que cada uno tiene, pero, de ese número, ¿cuántas hemos celebrado, dándonos cuenta lo que realmente significa? ¿Por qué, si es que hay razón, decimos «oh, ven, ven, Emmanuel y rescata a la humanidad»? ¿Qué significa esta invitación que hacemos al Emmanuel?

Hoy quiero ofrecerte una serie de reflexiones que te pueden ayudar para entender mejor el Adviento y prepararte para recibir la Navidad.

¿Qué significa la palabra «Emmanuel»?

Aunque esto sea conocido por la gran mayoría, no sobra empezar recordando qué significa «Emmanuel». Según el significado de la palabra misma, quiere decir, «Dios con nosotros». Y aunque parezca algo tan simple, no lo es.

Que Dios haya escogido estar entre nosotros, en este mundo lleno de dolor y sufrimiento, es la máxima muestra del amor que hay en su corazón que, como afirma el catecismo, busca al hombre incesantemente para hacerlo partícipe de su vida gloriosa. En cierto sentido, es Dios no dándose por vencido y luchando incansablemente para encontrarse con nosotros, personalmente, para llevarnos al gozo eterno en el Cielo.

En un tiempo como el nuestro, en el que, aunque tan interconectados por la tecnología, nos sentimos cada vez más aislados y solos, recordar esta verdad de fe es importante. No solo para tener un poco de esperanza, sino para recordar que tenemos a ese Dios amoroso esperando, con una paciencia inagotable, para que le abramos las puertas de nuestro corazón.

¿Quién es «Emmanuel»?

Qué significa Emmanuel

En el Antiguo Testamento, particularmente en la profecía de Isaías, se hace referencia a este personaje esperado y anhelado por el pueblo judío: «Emmanuel». Emmanuel, Dios con nosotros, era la promesa que había hecho Dios a su pueblo de liberación.

Si recordamos las historias del Antiguo Testamento, sabemos que, justamente, el pueblo judío había sufrido bastante a causa del cautiverio por parte de pueblos que lo oprimían. En ese sentido, Emmanuel era una promesa que todo hijo de Israel esperaba con ansias. Ahora, en el texto de Isaías, capítulo 7, versículo 14, el profeta, por inspiración divina, le enseña la señal que marcará la llegada de Emanuel: «El propio Señor os da un signo. Mirad, la virgen está encinta y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Emmanuel».

En efecto, la Navidad se centra precisamente en el nacimiento de este niño, como dice el Evangelio de san Lucas, nacido de «una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David. La virgen se llamaba María». La Virgen María, según la Sagrada Escritura, es, precisamente, la virgen de la que el profeta Isaías hace mención en su profecía. Y, Jesús, naturalmente, es Emmanuel.

La llegada del Niño Jesús al mundo lleva esta promesa a su plenitud, pero, además, nos muestra hasta qué punto ama Dios al mundo: «tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16).

¿Y qué significa la llegada de «Emmanuel»?

Si eres un poco como yo, seguramente te has preguntado: ¿para qué vino Dios al mundo? En mi caso, de cierta manera, la frase del Evangelio que te acabo de citar siempre me deja con ganas de más. Además, conociendo cómo funciona la Palabra de Dios, es una fuente de sabiduría y riqueza insondable, por lo que siempre podemos descubrir nuevas enseñanzas interesantes. En este caso, vamos a intentar verlo específicamente para entender ese «por qué».

El obispo de Winona-Rochester, Robert Barron, en una homilía publicada en su canal de YouTube, nos ofrece la mejor respuesta que necesitaremos por ahora: Emmanuel ha venido al mundo porque lo necesitábamos con urgencia. Precisamente, lo que todas las historias del Antiguo Testamento nos hacen evidente es que, por sí solos, no podían mantener la alianza pactada con Dios.

Así como ellos, nosotros, por nuestra cuenta, tampoco podemos conseguirlo. Dios se ve en la «necesidad» (porque sabemos que Dios no necesita nada) de acudir a un camino que hiciera posible para la humanidad mantener la alianza de forma permanente. Sin embargo, era necesario alguien totalmente justo y el único justo verdadero era el mismo Dios.

Aquí desentrañamos, en cierto modo, una de las razones más profundas de la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo. Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, es con el que Dios hace posible la salvación del género humano. Ahora, aquí vale la pena enfatizar sobre el hecho de que, en efecto, el pueblo judío no era capaz de salvarse a sí mismo.

De igual manera, nosotros no somos capaces de salvarnos a nosotros mismos. Esto es aplicable, justamente, para cualquier problema interior que tengamos (sea una adicción, un pecado que no podemos dejar de cometer, etc.).

El pelagianismo, señalará el prelado Barron, enseñaba a la sociedad que el ser humano podía y debía resolver sus propios problemas, desarrollándose plenamente en todas sus dimensiones.

Así también el estoicismo clásico romano, enseñaba que el camino del hombre era hacia el absoluto control de sí mismo sobre sus pasiones. Estas dos corrientes, solo para nombrar algunas, concentraban sus fuerzas sobre el hombre mismo como fuente y fin de su propia fuerza. Pero la venida de Emmanuel nos recuerda que esto no es así. Si así lo fuera, ¿qué necesidad tendríamos de un Salvador?

El máximo significado del Adviento

La respuesta a la pregunta anterior nos revela lo más importante de todo el Adviento. Es un momento de preparación, sí. Pero, además, esa preparación implica – si fuera posible sugerírtelo – reconocer nuestra debilidad y la urgencia de decir, como aquel himno, «oh, ven, ven, Emmanuel y rescata a la humanidad».

Para ejemplificarlo de forma sencilla: ¿tienes problemas con el alcohol? «Oh, ven, ven, Emmanuel , a ayudarme con mi problema de alcohol, que solo no puedo».

Este reconocimiento de nuestra propia debilidad, sumado a un sincero deseo de unirnos al Dios de la Vida, es lo que lleva al Señor a que se derrita por nosotros. Así, se derrocha en gracias para sacarnos de nuestro cautiverio.

Este tiempo de Adviento, si me permites, es un momento preciso para examinar tu vida. Busca cada detalle que merezca ser corregido o mejorado. Invocar al que ya llega: «oh, ven, ven, Emmanuel, y rescata a tu pueblo del cautiverio del pecado, que llora y sufre, hasta que el Hijo de Dios aparezca».