qué es la patria

Te propongo que pienses sobre una cosa muy particular: nadie elige nacer en ningún sitio en particular. De hecho, si consideras esto con detenimiento, te percatarás de que ni siquiera hemos ejercido nuestro libre albedrío en el acto de nacer como tal. Teniendo esto presente, parece entonces paradójico tener el deber de amar a la Patria, algo que no hemos elegido y que nos es impuesto forzosamente, ¿verdad?

Si hemos nacido en una tierra en particular pero bien podría haber sido cualquier otra, ¿por qué le debemos a la nuestra una fidelidad particular, como si fuera excepcional en el mundo? O, caso contrario, ¿por qué no darle a nuestra Patria el derecho de pisotear descaradamente a los otros países para demostrar su grandeza?

¿Te has preguntado alguna vez cualquiera de estos interrogantes? Bueno, pues este tipo de preguntas son las mismas que se hacían muchos autores a lo largo de los siglos XIX y XX. Del inmenso repertorio de debates acerca de la valía o banalidad del concepto de «Patria», de la esencia de la identidad nacional, etcétera, hemos elegido exponer las posturas de dos grandes pensadores: G.K. Chesterton y C.S.Lewis.

¿Quieres conocer la respuesta que dan a estos (y a otros) interrogantes? Entonces te invito a que leas el siguiente artículo.

El exilio cósmico del hombre

Una premisa fundamental: somos seres desterrados. De este punto parten tanto Lewis como Chesterton, pues algo propio de la creencia cristiana es que no tenemos hogar en el mundo, ya que estamos en él sin pertenecer a él (cfr. Juan 17, 16).

De esta premisa nació el concepto medieval del homo viator (hombre viajero): la vida es tan solo una peregrinación, un breve viaje hacia la Ciudad Eterna. Como lo formula Chesterton:

«El hombre siempre ha tendido a perderse. Ha sido un vagabundo desde tiempos del Edén, pero siempre supo, o creyó que sabía, lo que estaba buscando. Todo hombre tiene una casa en alguna parte del elaborado cosmos» (Lo que está mal en el mundo).

Este viaje (¡y vaya viaje!) inicia sin que lo elijamos, como hemos dicho. El hombre, pues, vive desterrado en este mundo requiriendo habitar alguna casa, necesidad que, en última instancia, refleja parcialmente el deseo último del ser humano: la felicidad eterna, que sólo se alcanza habitando en Dios.

C.S.Lewis nos añade, retomando a santo Tomás (Suma de Teología I-II, q. I) y a san Agustín (Confesiones I, I) que el corazón del hombre está inquieto de deseos que nunca se sacian del todo, pero que siempre hay algo que los lleva temporalmente a su término. Si hay hambre, hay comida y si hay sed, hay agua, ¿verdad? Bueno, entonces, si hay deseo de Dios… hay Dios.

Como dice en Mero Cristianismo:

«Si encuentro en mí mismo un deseo que nada de este mundo puede satisfacer, la explicación más probable es que fui hecho para otro mundo. Si ninguno de mis placeres terrenales lo satisface, eso no demuestra que el universo es un fraude. Probablemente los placeres terrenales nunca estuvieron destinados a satisfacerlo, sino sólo a excitarlo, a sugerir lo auténtico».

El corazón del hombre, pues, sólo puede encontrar total felicidad en el Señor. Él es el término de nuestro viaje. ¿Qué es, entonces, la Patria? Nada más ni nada menos que el lugar temporal que nos ha tocado (y que hemos, posteriormente, acogido) en la gran novela que es la vida.

¿Qué es la patria…? ¿Por qué amar una bandera?

qué es la patria

Ahora bien, primero se nos obsequia una Patria al nacer y tan sólo después de aquel irreversible suceso podemos acogerla en el corazón. ¿Por qué deberíamos seguir el juego? ¿No podríamos elegir otra? O mejor aún, ¿por qué elegir? ¿Es necesario tener Patria?

¿Por qué no ser como los cosmopolitas, para quienes la división de territorios es simplemente una formalidad ya que todos los hombres formamos parte de una única Nación Universal? ¿O por qué no ser como los anárquicos nómadas, sin lugar fijo, vagando por el mundo siguiendo sus propios intereses, emancipados de todo tipo de lazo profundo con la tierra?

Pues bien, Chesterton nos plantea que la Patria es algo necesario para la integridad espiritual del hombre: «La nacionalidad existe y no tiene nada que ver con la raza. La nacionalidad es algo así como una iglesia o una sociedad secreta; es un producto de la voluntad y el alma humanas. (…) Una nación (…) es un producto puramente espiritual» (Herejes).

Siempre buscamos un hogar en el que instalarnos no por mero capricho sino porque es algo necesario, casi tanto como la comida o la bebida: hemos de establecernos en algún sitio (el que sea) para poder echar raíces y así crecer hacia lo alto, como un árbol. Es en la Patria, cuyo reflejo microscópico es el hogar privado, donde el hombre puede desarrollar a pleno su libertad:

«La propiedad no es más que el arte de la democracia. Significa que cada hombre debería tener algo que pueda formar a su imagen, tal como él está formado a la imagen del cielo» (Lo que está mal en el mundo).

Pero, ¿por qué amar a la Patria?

qué es la patria

Bueno, el origen del afecto es paradójico (¡típico de Chesterton!): la razón del amor patriótico, como la de todo amor, es que no tiene razón. Hay dos errores complementarios y terribles que surgen ante esto. Por un lado, el amar al país sólo cuando sea bueno. Y, por el otro, detestarlo cuando esté en decadencia.

Ante lo primero nos dice Chesterton que la razón por la que algo amado se arruina es frecuentemente porque se lo ama de acuerdo a una razón en particular, y el amante defenderá y priorizará siempre esa razón por encima del bien del amado, ya que sólo ella es la fuente de su amor.

Por ejemplo: si amamos a nuestro país sólo por sus árboles frutales, estaremos dispuestos a entregar absolutamente todo nuestro territorio nacional con la sola condición de que nos dejen conservar estos árboles frutales. Si algo es amado en serio, en cambio, es amado sin razón. El amado es un fin en sí mismo y se le desea lo mejor integralmente.

Chesterton sintetiza esta concepción de la siguiente manera: «Primero la gente le otorgó el honor a un sitio y luego obtuvo la gloria para él. Los hombres no amaron Roma porque fuera grande, ella fue grande porque los hombres la amaron»(Ortodoxia).

Es también muy peligroso decir que la fidelidad hacia la Patria debe acabarse cuando la cosa se pone fea. Esto sólo demostraría que el amor que le teníamos no era tan verdadero como creíamos. Imaginemos esto mismo aplicado al ámbito familiar… ¡Sería una verdadera catástrofe! Es precisamente con este ejemplo que Lewis ilustra el amor patriótico en los momentos difíciles:

«El amor nunca habla así. Es como amar a los hijos «sólo si son buenos» (…) Un hombre que realmente ame a su país lo amará aun arruinado y en decadencia» (Los cuatro amores).

El justo medio

Sin embargo, ¡cuidado! C.S.Lewis nos marca que el santo amor por la Patria mal cuidado puede llegar a convertirse en un demonio. El patriotismo, que es algo sano y necesario en la vida del hombre. Es un justo medio entre dos extremos: uno por defecto (ser un apátrida) y otro por exceso (ser un nacionalista). Esto es algo que siempre debemos estar vigilando.

El peligro de ser apátridas es que rechazamos a la Patria para rechazar compromisos pero sin ver que, aún así, terminaremos comprometidos con otras cosas que, seguramente, nos provocarán cierta insatisfacción, ya que ocupan el lugar que le corresponde al sano patriotismo:

«Cuando los amores naturales se hacen ilícitos, no solamente dañan a otros amores, sino que ellos mismos cesan de ser lo que fueron, dejan completamente de ser amores. El patriotismo, pues, tiene muchas caras. Quienes lo rechazan por completo no parecen haber pensado en lo que le sustituirá, y que ya empieza a sustituirlo (…) Si las personas no quieren derramar ni sudor ni sangre «por su país», hay que hacerles comprender que los derramarán por la justicia, o por la civilización o por la humanidad» (Los cuatro amores).

El peligro de ser nacionalista es, por el contrario, tomar a nuestro país como algo que es superior absolutamente a todos los demás territorios. Por lo tanto, ignoramos o minimizamos todos los males que hay en él, siempre justificandolo en lugar de luchar por su perfeccionamiento:

«La sociedad celestial es también una sociedad terrena. Nuestro patriotismo puramente natural hacia la sociedad terrena puede apoderarse con demasiada facilidad de las exigencias trascendentales de la sociedad celestial, y usarlas para pretender justificar los más abominables crímenes» (Los cuatro amores).

¡Dios nos guarde de caer en cualquiera de estos dos extremos!

La Nueva Jerusalén

qué es la patria

El amor por nuestra Patria debe llevarnos a transformarla en algo superior en mira de lo celestial. Lo natural está bien en tanto tiende a crecer hacia lo sobrenatural. Como nos dice Lewis: «el Amor Divino no «sustituye» al amor natural, como si tuviéramos que deshacernos de la plata para dejar sitio al oro. Los amores naturales están llamados a ser manifestaciones de la caridad, permaneciendo al mismo tiempo como los amores naturales que fueron» (Los cuatro amores).

Asimismo, Chesterton nos explica que en la tarea de construir nuestra Patria, como cuando pintamos un cuadro, debemos tener un modelo sobre el cual basarnos. En este caso, la Ciudad de Dios:

«Hemos dicho que debemos estar encariñados con este mundo, inclusive para cambiarlo. Ahora agregamos que debemos estar encariñados con otro mundo (real o imaginario) para tener algo en qué convertirlo (…). El progreso debiera significar que estamos caminando siempre hacia la nueva Jerusalén» (Ortodoxia).

Entonces, una exhortación: amá al país que te fue asignado. Estoy seguro (como también lo estaban los dos autores de los que tanto hemos hablado), que en él acontecen miles de situaciones difíciles y que sangra de múltiples lesiones. Muchas veces siendo precario en diversos aspectos, es verdad. Sin embargo, nuestra Patria sigue siendo lo mejor que todos nosotros tenemos.

Se nos ha dado la misión de cuidarla, como en su momento tuvieron que hacer nuestros Primeros Padres con aquel delicado jardín. Entonces, ¡no escuchemos a las serpientes! Procuremos dar siempre el buen combate para que podamos arribar todos a buen puerto, coloreando al Empíreo con todas nuestras banderas, bajo el brillo siempre nuevo del Rey de la Nueva Jerusalén. ¡Viva la Patria!